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Redacción
Lunes, 16 de abril de 2018
MIRADA ATRÁS

Puente Fernando Reig: 31 años menos doce días antes

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Noticia clasificada en: Puente Fernando Reig

Lo que un símbolo hubiera representado y (casi) no fue.

Hoy podría ser el día en el que empezó todo, de nuevo. O no. Lo que es seguro es que hoy hace 31 años menos doce días que explotó la última carcasa.

 

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Noche del lunes 27 de abril de 1987. Pasaban tres días desde que Ignacio Sempere lanzaba su última flecha. Estaba a punto de ser retirado el moro de Manolo Boix que anunciaba la fiesta con un dedo apuntando, quién sabe, al Fernando Reig. Eran años de estrenos y obras. Tras uno de los mayores castillos de fuegos artificiales jamás recordados en un año de concursos pirotécnicos sufragrados por los grandes proveedores municipales, la muchedumbre cruzaba los 246 metros de la plataforma del que a partir de ese instante heredaría el título de ‘pont nou’. El ministro de Obras Públicas, Javier Sáinz de Cosculluela, y el alcalde, José Sanus, encabezaban aquella comitiva en un recorrido que abría una etapa repleta de posibilidades de futuro poco aprovechadas.

 

Era el ‘superpuente de Alcoy’, tal y como había publicado El País apenas un mes antes. Se trataba de uno de los puentes urbanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX en España. Fue el viaducto atirantado con mayor luz del mundo construido mediante tablero prefabricado. Entre  otros galardones, tuvo el de la mejor obra civil.

 

Como ‘Arco Triunfal’ de 273 metros lo concibió su autor, el ingeniero José Antonio Fernández Ordóñez, hermano del varias veces ministro Francisco y también de Miguel Ángel, quien fuera gobernador Banco de España. Fernández Ordóñez intentó conseguir que la infraestructura se convirtiera en “gran monumento” para la ciudad, como también buscó poco después con la construcción del puente atirantado sobre el Guadalquivir en Sevilla.

 

“Es una obra de la que estamos muy orgullosos” declaraba el gran día Manuel Romillo, consejero delegado de la empresa constructora, Dragados y Construcciones. No era para menos, el proyecto financiado en su totalidad por el Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo se había adjudicado en 1984 por 876 millones de pesetas, aunque el coste final fue de 1.000, unos 6 millones de euros. Dragados, hoy del grupo ACS de Florentino Fernández, consiguió la obra en competición con otras seis empresas. El plazo de ejecución previsto era de 18  meses, que se alargaron a dos años. Entre las incidencias que justificaron el retraso, la gota fría de octubre de 1986 que destrozó el polígono Sembenet, a los pies del puente. Se da la circunstancia de que el ingeniero al que se dedicó el nuevo viaducto, el alcoyano Fernando Reig, proyectó un embalse en la cabecera del río Barxell que hubiera disminuido los daños de aquel temporal.

 

Eran momentos de cambio en España. La obra pública trataba de poner al país en el año en el que se estaba y alejarlo del retraso social y económico. Autovías, renovación ferroviaria, variantes… y puentes. El ministro Sáez Cosculluela era pieza fundamental en aquel tercer Ejecutivo de Felipe González con nombres como los de Guerra, Serra, Solana, Fernández Ordóñez, Múgica, Solchaga, Barrionuevo Semprún, Chaves, Almunia o Solbes. La importancia de la construcción alcoyana la demuestra que la de la inauguración no fue visita única a la ciudad, sino que previamente ya se había interesado por la obra. El gran día el ministro señaló cómo el Fernando Reig “entronca con la tradición de ingeniería de Alcoy y se incorpora a su patrimonio cultural”, muestra de que con su realización se buscaba más que la utilidad funcional.

 

“Y decían que no era necesario el puente nuevo” hemos escuchado más en privado que en público decir al alcalde de Alcoy del  momento, José Sanus. Muchas voces no entendían para qué abrir una vía entre el final de una calle de barrio sin uso y fuera del circuito tradicional de ir y venir, a doble sentido, de la carretera que cruzaba Alzamora y La Alameda. Poco después llegó la reordenación completa del tránsito con sentidos únicos en las vías principales y una nueva forma de entender los itinerarios, diversificando las comunicaciones internas de la ciudad. El cierre por obras del puente en estos veinte meses ha supuesto la demostración palpable de que ha sido útil.

 

Ahora faltaría analizar si realmente la construcción del puente Fernando Reig ha cumplido con la expectativa de suponer más que el desdoblamiento de la Nacional 340 para convertirse en el elemento que Alcoy necesitaba para progresar y romper su aislamiento social. El esfuerzo inversor que supuso su construcción dejó en la ciudad un símbolo único capaz de haber proyectado a la economía local a la modernidad. Quizás, los usos y costumbres, el apego a la tradición en el hacer, en el pensar y en el sentir hayan tomado los tirantes del puente como asidero de inmovilidad en lugar subir a los 90 metros de la pilastra central para ver desde arriba los nuevos tiempos que vinieron y se marcharon porque nadie les hizo caso. Treinta y un años después puede que el nuevo blanco del Fernando Reig nos esté invitando a una segunda oportunidad. De nuestra mentalidad depende vivir en 2018.

 

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