Doctor en Filología Inglesa.
Un mundo que hemos perdido
Artículo de opinión de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa.
Hace unos años cayó en mis manos un librito titulado La vida española, escrito a mediados del siglo pasado. Leí con nostalgia varios capítulos y recordé cosas ya olvidadas de mi niñez y primera juventud. Por ejemplo, lo que sucedía en los pueblos a la hora del paseo: “Los mozos, en grupos ruidosos, acuden puntualmente al paseo y lanzan a las muchachas miradas, bromas y piropos que ellas reciben con la más estudiada indiferencia. […] Las mujeres maduras, casi siempre de negro, prefieren sentarse a la puerta de alguna vecina y […] hacer calceta o puntilla o lamentar alguna desgracia doméstica o lo mal que están los tiempos”.
Hoy, en los pueblos, los jóvenes ya no pasean; se sientan por el suelo en grupos, miran absortos sus smartphones y mandan whatsaps. Algunos mayores —cada vez menos— salen con sus sillas a la puerta de casa a tomar el fresco después de cenar, se quejan de que no hacen “res de trellat” en la tele y comentan el caso de corrupción del día.
Los que vamos entrando en años o nos vamos jubilando, sin embargo, recordamos el pasado. “Cuando yo era niño…”, “Cuando yo era joven…”, “Cuando yo empecé trabajar… ” —esto último, desgraciadamente, no sé muy bien cuándo lo podrán decir muchos jóvenes—. Bueno, las frases anteriores suelen acabar así: “… había más respeto”, “… no había Internet, ni teléfonos móviles, ni redes sociales”, etc.
Nuestros abuelos o nuestros padres —perdonen que en lo sucesivo no recurra a los desdoblamientos ridículos para referirme a ambos sexos— nos contaban sus historias de cuando estuvieron en el frente de Teruel, de cuando iban al río a lavar la ropa o de cuando tenían que caminar todo el día para intercambiar unas cestas de mimbre por unos puñados de lentejas. A nuestros hijos todas estas historias les deben sonar a parte de la prehistoria.
La buena cuestión es que todo ha cambiado rápidamente, sin apenas darnos cuenta. Ahora ya no son los maestros los que pegan a los alumnos; son los alumnos quienes, acompañados a veces de sus progenitores, pegan a los maestros. Cuando se cuentan anécdotas de este tipo, siempre sale alguien que concluye: “Esto con Franco no pasaba”. Y Franco, a quien pronto hará cuarenta años que enterramos, para más de media España ocupa en el imaginario colectivo prácticamente el mismo lugar que los Reyes Católicos. O quizás se tengan más conocimientos de estos últimos, por mor de la influencia de las series televisivas, que del caudillo dictador que gobernó durante cuarenta años aquella España que aspiraba a ser “Una, Grande y Libre”.
Ahora un paréntesis un poco elevado, pero nada que se parezca a reflexiones filosóficas del tipo de quién soy yo y qué hago en este mundo. Los antropólogos coinciden en que las costumbres forman parte de la cultura. Sin embargo, ustedes sacarán sus propias conclusiones de los ejemplos que se mencionan en esta colaboración o los de su propia colección, y finalmente considerarán si forman parte de la cultura o simplemente son indicios de que vivimos mejor (de forma diferente). Dicen los expertos que la cultura se adquiere mediante trabajo, esfuerzo, observación y estudio; se comparte con otros miembros de la sociedad; se transmite de generación en generación; etcétera, etcétera, etcétera. Para verlo claro, podemos aplicar todas estas características, por ejemplo, a las lenguas: las adquirimos a través del estudio, las compartimos con otros y sirven para comunicarnos, las transmitimos de padres a hijos, etc. Así pues, la cultura se identifica con lo que tiene valor para la sociedad y es digno de transmitirse de generación en generación. Las comodidades de hoy en día comparadas con las estrecheces del pasado son otra cosa.
Pongamos ejemplos nostálgicos o no tanto de cosas que hemos visto. Las calles sin asfaltar, las casas sin agua corriente ni duchas y con unos retretes sui generis; el pelargón, la zarzaparrilla y la media barra de hielo de los domingos; el pa amb oli i sal, el bollo de chocolate o el mantecover tricolor para merendar. ¿Y qué me dicen de la revolución del pexiglas? (Por cierto, mi abuela lo llamaba “persiglás”).
Ahora las mujeres ya no barren la fachada de sus casas con escobas de retama, ni bordan a la puerta de la calle, ni hacen bolillos ni jerseys de lana. Ni se cogen puntos en las medias: las medias con carreras van directamente al cubo de basura. Ya no se remienda la ropa. Lentamente todo va desapareciendo: profesiones y lugares. Afiladores, “embogadores”, lavaderos públicos, eras, vareadores de lana de aquellos colchones olvidados. Cosas que ya no se hacen a mano: segar el trigo, ordeñar, desgranar el maíz. ¿Quién va a por leche a casa del lechero con una lechera, o cuelga los melones o la uva para Navidad? Ya no se venden helados, ni horchata, ni altramuces por las calles.
Cambiar, hemos cambiado, pero no significa que tengamos más cultura. Cada día tenemos más artilugios que nos hacen la vida más cómoda, y que los jóvenes creen que siempre han estado ahí, a la vuelta de la esquina.



















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