[caption id="attachment_11673" align="alignleft" width="224" caption="Ilustración de Antonio Pastor"]
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Es de agradecer que de vez en cuando, en esta imparable ola de revisiones y secuelas, alguien no se dedique a destrozar una peli que ya fue hecha, sino que coja un título imprescindible de la literatura (aunque ya adaptado en otras ocasiones) y exponga su visión, de forma respetuosa y sin pasarse por el forro las ideas del autor, convirtiéndolo en un subproducto.
Nos encontramos ante una adaptación que coje lo más importante de la novela de Oscar Wilde, el significado, y se aleja de la visión más fantástica y sobrenatural que tuvo la última aparición de este personaje en el cine (en esa cosa llamada La Liga de los Hombres Extraordinarios). La feroz crítica a la hipocresía de la clase alta, que condena los pecados mientras los comete a escondidas, es la lectura que queda al ver esta película.
Ben Barnes, al que vimos en Las Crónicas de Narnia, interpreta el papel del hombre que se entrega a una vida de placeres sin envejecer ni resultar afectado físicamente por ella, pero cuya alma sí sufre. Cumple bien, es un actor prometedor. A muy buen nivel están los secundarios Ben Chaplin, que interpreta al pintor del retrato, y especialemente Colin Firth, el mentor de Gray, la voz de Oscar Wilde en la novela. Uno de los puntos fuertes de la película es la ambientación de la Inglaterra de finales del siglo XIX, con un vestuario y unos decorados sobrios, que contribuyen a dar ese tono decadente a la historia.
El final de la película sí cae quizá un tanto en el estereotipo de “pacto con el diablo-fantasma que viene a que lo pagues”, dejándose caer en el lado más “película de terror” de la historia, pero queda compensado por toda la narración que, si bien simplifica la historia de Wilde (algo inevitable), respeta el tono sombrío y decadente y, sobre todo, respeta la moraleja, la idea que tenemos que entresacar de toda la narración.
Antonio Moreno Crespo





















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