Ismael Ortiz. Ismael Ortiz Company, párroco de Santa María.
“Doctor, haga todo lo posible para que no sufra”. Detrás de esta petición de los familiares y amigos, aparentemente bien intencionada, puede esconderse el miedo a afrontar la relación consciente con el enfermo en su última fase de vida. Son momentos que vivimos con ansiosa dificultad, y de los cuales huimos o nos protegemos, debido al miedo, y a que no hemos sido educados para expresar los sentimientos y las emociones.
Por una parte, queremos proteger al enfermo del dolor y del sufrimiento, pero por otra, también queremos protegernos nosotros evitándonos la dificultad de mirar de frente una situación que parece desbordarnos. Con tal protección, podemos crear un vacio de relación en la etapa final de la vida. La sedación no tiene por qué dormir al enfermo. La sedación más cuidadosa tiene en cuenta todos los aspectos de la persona y evita la inconsciencia del paciente si no es imprescindible. Por el contrario, la sedación menos profesional deja al paciente dormido y se despreocupa de sus necesidades espirituales y materiales.
Otro factor de aislamiento del enfermo puede venir por la denominada “complicidad de silencio” que adoptamos los familiares y el propio enfermo para protegernos mutuamente de una relación difícil. No compartimos lo que todos sabemos, lo silenciamos y llenamos las conversaciones de otros temas, muchos temas, para que no aflore el tema fundamental. Esto hace que no actuemos con naturalidad y al final nos quedamos mal porque no hemos hecho una buena despedida.
Con tales complicidades “matamos” las posibilidades de relación que se nos ofrece en esta fase última de la vida. Nos privamos de la posibilidad de que emerja el mundo interno (agradecimiento, perdón, etc.). Nuestro familiar muere, y nosotros nos quedamos con la sensación de que algo importante ha quedado sin expresar. Algunos sentimientos importantes han quedado ahogados en el mar del silencio. Hemos cuidado su cuerpo pero hemos desatendido su alma.
“Doctor, haga todo lo posible para que no sufra”. Detrás de esta petición de los familiares y amigos, aparentemente bien intencionada, puede esconderse el miedo a afrontar la relación consciente con el enfermo en su última fase de vida. Son momentos que vivimos con ansiosa dificultad, y de los cuales huimos o nos protegemos, debido al miedo, y a que no hemos sido educados para expresar los sentimientos y las emociones.
Por una parte, queremos proteger al enfermo del dolor y del sufrimiento, pero por otra, también queremos protegernos nosotros evitándonos la dificultad de mirar de frente una situación que parece desbordarnos. Con tal protección, podemos crear un vacio de relación en la etapa final de la vida. La sedación no tiene por qué dormir al enfermo. La sedación más cuidadosa tiene en cuenta todos los aspectos de la persona y evita la inconsciencia del paciente si no es imprescindible. Por el contrario, la sedación menos profesional deja al paciente dormido y se despreocupa de sus necesidades espirituales y materiales.
Otro factor de aislamiento del enfermo puede venir por la denominada “complicidad de silencio” que adoptamos los familiares y el propio enfermo para protegernos mutuamente de una relación difícil. No compartimos lo que todos sabemos, lo silenciamos y llenamos las conversaciones de otros temas, muchos temas, para que no aflore el tema fundamental. Esto hace que no actuemos con naturalidad y al final nos quedamos mal porque no hemos hecho una buena despedida.
Con tales complicidades “matamos” las posibilidades de relación que se nos ofrece en esta fase última de la vida. Nos privamos de la posibilidad de que emerja el mundo interno (agradecimiento, perdón, etc.). Nuestro familiar muere, y nosotros nos quedamos con la sensación de que algo importante ha quedado sin expresar. Algunos sentimientos importantes han quedado ahogados en el mar del silencio. Hemos cuidado su cuerpo pero hemos desatendido su alma.


















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