Artículo de opinión de Ismael Ortiz Company, párroco de Santa María.
La muerte de un ser querido deja siempre un gran vacío. Nos cuesta acostumbrarnos a su ausencia, y constantemente resuena el eco de su presencia en aquellos lugares y costumbres que eran habituales: la silla que ocupaba y su lugar en la mesa, la cama y su habitación, sus pequeñas costumbres domésticas, el tono de su voz y sus frases propias, etc.
La ausencia por la muerte se convierte en duelo para los familiares. Se necesita tiempo para elaborar la pérdida, para recomponer las cosas, para recolocar su ausencia en la casa familiar. La separación que produce la muerte se vive como desgarro interior y cada persona vive el duelo según las vivencias que se han compartido. En un primer momento los sentimientos se agolpan y se empujan unos a otros. Querríamos negar la realidad, pero la evidencia va imponiéndose. Con el paso del tiempo el recuerdo se hace más sereno. Son experiencias vitales que tiene un profundo eco en el interior de las personas.
La muerte de un ser querido nos recuerda que nuestra vida es frágil y en cualquier momento puede romperse. Siempre es una llamada al realismo y a la responsabilidad. No podemos vivir de cualquier manera las relaciones, porque el tiempo apremia. Cada momento merece vivirse con la intensidad de lo que será último y definitivo. Hay que vivir esa intensidad hoy, porque no sabemos si habrá mañana.
Para los creyentes todas las realidades de la vida adquieren la perspectiva propia de la fe. La fe nos ayuda a vivir la muerte con esperanza. Vivimos en precario, todo es provisional, pero nuestra frágil condición humana está ungida de eternidad. Cristo va delante abriendo camino y nos prepara sitio, porque “después de esta vida, Dios mismo será nuestro lugar” (San Agustín). El recuerdo de la persona que ha muerto, unido a la fe y a la esperanza, se convierte en un silencio habitado.
La muerte de un ser querido deja siempre un gran vacío. Nos cuesta acostumbrarnos a su ausencia, y constantemente resuena el eco de su presencia en aquellos lugares y costumbres que eran habituales: la silla que ocupaba y su lugar en la mesa, la cama y su habitación, sus pequeñas costumbres domésticas, el tono de su voz y sus frases propias, etc.
La ausencia por la muerte se convierte en duelo para los familiares. Se necesita tiempo para elaborar la pérdida, para recomponer las cosas, para recolocar su ausencia en la casa familiar. La separación que produce la muerte se vive como desgarro interior y cada persona vive el duelo según las vivencias que se han compartido. En un primer momento los sentimientos se agolpan y se empujan unos a otros. Querríamos negar la realidad, pero la evidencia va imponiéndose. Con el paso del tiempo el recuerdo se hace más sereno. Son experiencias vitales que tiene un profundo eco en el interior de las personas.
La muerte de un ser querido nos recuerda que nuestra vida es frágil y en cualquier momento puede romperse. Siempre es una llamada al realismo y a la responsabilidad. No podemos vivir de cualquier manera las relaciones, porque el tiempo apremia. Cada momento merece vivirse con la intensidad de lo que será último y definitivo. Hay que vivir esa intensidad hoy, porque no sabemos si habrá mañana.
Para los creyentes todas las realidades de la vida adquieren la perspectiva propia de la fe. La fe nos ayuda a vivir la muerte con esperanza. Vivimos en precario, todo es provisional, pero nuestra frágil condición humana está ungida de eternidad. Cristo va delante abriendo camino y nos prepara sitio, porque “después de esta vida, Dios mismo será nuestro lugar” (San Agustín). El recuerdo de la persona que ha muerto, unido a la fe y a la esperanza, se convierte en un silencio habitado.



















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