Artículo de opinión de Ismael Ortiz Company, párroco de Santa Maria - vicari de Sant Jordi
Cuando éramos pequeños y las lecciones de catequesis funcionaban con el automatismo de pregunta-respuesta, aprendimos que la cruz era la señal del cristiano. ¿Señal de qué? Es la señal de un fracaso y de un triunfo. Desde los parámetros humanos, la muerte de Jesucristo en la cruz fue un rotundo fracaso. Lo que para unos era escándalo, locura o necedad, san Pablo lo interpreta como fuerza y sabiduría de Dios. En la cruz los cristianos vieron la señal del amor de Dios manifestado en la muerte de su Hijo por todos.
Hay un día del año –el Viernes Santo- en que, por única vez, el centro de la liturgia de la Iglesia y su momento culminante no es la Eucaristía sino la cruz; o sea, no el sacramento, sino el acontecimiento. Nacieron así, ya en el siglo IV, los ritos de la adoración de la cruz del Viernes Santo, que estaban destinados a ejercer a lo largo de los siglos un influjo tan determinante en la fe y en la devoción del pueblo cristiano. La cruz forma parte del paisaje en los países de cultura cristiana, y ha impregnado la memoria de los pueblos que han forjado su historia desde una fuerte impronta cristiana.
Cuando un grupo de peregrinos hacíamos el viacrucis por la Vía Dolorosa de Jerusalén llevando una gran cruz de madera, muchas personas pasaban junto a nosotros con indiferencia, unos judíos ortodoxos se tapaban los oídos ante nuestros cantos y miraban hacia otro lado, algunos niños se burlaban y escupían. El guía ya nos previno de estas reacciones, indicándonos que así sucedió cuando Jesús pasó arrastrando su cruz hasta el monte Calvario.
Para los cristianos la cruz es algo más que un madero. Todos tenemos en casa objetos cuyo valor no está en lo material sino en las experiencias y vivencias que nos evocan. Son cosas ungidas que nos recuerdan acontecimientos, lugares, personas, etc. Las guardamos con afecto. La cruz para los cristianos es más que un recuerdo.
Cuando algunos propugnan la eliminación de la cruz de los espacios públicos, una cruz singular llegará a nuestra ciudad de Alcoy. Y mientras muchos jóvenes y adultos quedarán indiferentes, otros la acogerán y meditarán junto a ella; la llevarán con sus manos a la parroquia de san Roque, al monasterio del Santo Sepulcro y al colegio salesiano San Vicente Ferrer. Es la cruz peregrina en su camino hacia la Jornada Mundial de los Jóvenes que este año se celebra en Madrid.
La Cruz Peregrina es algo más que un madero. Es la señal del acontecimiento por el que se inició una nueva manera de vivir y el calendario cristiano hace 2011 años. Es también la cruz que Juan Pablo II entregó a los jóvenes en 1984 para acompañar las Jornadas Mundiales de la Juventud con esta petición: “Os confío la cruz de Cristo. Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor a la humanidad y anunciad a todos que solo en Cristo muerto y resucitado hay salvación”. Es la cruz que ha peregrinado por los cinco continentes. Es la cruz que llega a nuestra ciudad de Alcoy el miércoles 16 de febrero.
Cuando éramos pequeños y las lecciones de catequesis funcionaban con el automatismo de pregunta-respuesta, aprendimos que la cruz era la señal del cristiano. ¿Señal de qué? Es la señal de un fracaso y de un triunfo. Desde los parámetros humanos, la muerte de Jesucristo en la cruz fue un rotundo fracaso. Lo que para unos era escándalo, locura o necedad, san Pablo lo interpreta como fuerza y sabiduría de Dios. En la cruz los cristianos vieron la señal del amor de Dios manifestado en la muerte de su Hijo por todos.
Hay un día del año –el Viernes Santo- en que, por única vez, el centro de la liturgia de la Iglesia y su momento culminante no es la Eucaristía sino la cruz; o sea, no el sacramento, sino el acontecimiento. Nacieron así, ya en el siglo IV, los ritos de la adoración de la cruz del Viernes Santo, que estaban destinados a ejercer a lo largo de los siglos un influjo tan determinante en la fe y en la devoción del pueblo cristiano. La cruz forma parte del paisaje en los países de cultura cristiana, y ha impregnado la memoria de los pueblos que han forjado su historia desde una fuerte impronta cristiana.
Cuando un grupo de peregrinos hacíamos el viacrucis por la Vía Dolorosa de Jerusalén llevando una gran cruz de madera, muchas personas pasaban junto a nosotros con indiferencia, unos judíos ortodoxos se tapaban los oídos ante nuestros cantos y miraban hacia otro lado, algunos niños se burlaban y escupían. El guía ya nos previno de estas reacciones, indicándonos que así sucedió cuando Jesús pasó arrastrando su cruz hasta el monte Calvario.
Para los cristianos la cruz es algo más que un madero. Todos tenemos en casa objetos cuyo valor no está en lo material sino en las experiencias y vivencias que nos evocan. Son cosas ungidas que nos recuerdan acontecimientos, lugares, personas, etc. Las guardamos con afecto. La cruz para los cristianos es más que un recuerdo.
Cuando algunos propugnan la eliminación de la cruz de los espacios públicos, una cruz singular llegará a nuestra ciudad de Alcoy. Y mientras muchos jóvenes y adultos quedarán indiferentes, otros la acogerán y meditarán junto a ella; la llevarán con sus manos a la parroquia de san Roque, al monasterio del Santo Sepulcro y al colegio salesiano San Vicente Ferrer. Es la cruz peregrina en su camino hacia la Jornada Mundial de los Jóvenes que este año se celebra en Madrid.
La Cruz Peregrina es algo más que un madero. Es la señal del acontecimiento por el que se inició una nueva manera de vivir y el calendario cristiano hace 2011 años. Es también la cruz que Juan Pablo II entregó a los jóvenes en 1984 para acompañar las Jornadas Mundiales de la Juventud con esta petición: “Os confío la cruz de Cristo. Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor a la humanidad y anunciad a todos que solo en Cristo muerto y resucitado hay salvación”. Es la cruz que ha peregrinado por los cinco continentes. Es la cruz que llega a nuestra ciudad de Alcoy el miércoles 16 de febrero.



















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