Artículo de opinión de Marcos Martínez Coloma.
Hemos asistido durante la pasada campaña y días posteriores a las elecciones al típico baile de declaraciones contradictorias a las que, por desgracia, nos tienen acostumbrados.
Declaraciones como: “Alcoy está al borde de la quiebra” para días después de las urnas decir que “La situación de Alcoy no es tan grave”, o “19 cargos de confianza son insostenibles” para luego, no solo mantenerlos, sino elevarlos a 22, son claros ejemplos de la práctica abusiva del “Donde dije digo…”.
Pero estas cosas acaban siendo meras anécdotas y pasan rápidamente al olvido colectivo. La cosa se complica cuando esta práctica se traslada al quehacer diario de un gobierno, donde nos encontramos con que hoy cortamos una calle los fines de semana y mañana la reabrimos al tráfico y la cortamos a ratitos, hoy derruimos un edificio emblemático y mañana ya no lo tiramos, lo restauramos, cosas que afectan directamente a los ciudadanos y que demuestran la falta de rigor y la incapacidad de un gobierno para tomar decisiones y asumir responsabilidades.
¿Qué pasará el día en que no se le pueda dar al “deshacer” para echar marcha atrás?, ¿ Quién pagará los platos rotos?. Está claro que los de siempre. Y tenemos casos claros y evidentes de ello, como Serelles o La Rosaleda.
Por tanto, no nos valen medias tintas, ni globos sonda, ni nada parecido. Debemos exigir que se trabaje con firmeza, que se estudien seria y exhaustivamente las cosas antes de dar pasos en falso y dejar que las margaritas las deshojen los enamorados.
Hemos asistido durante la pasada campaña y días posteriores a las elecciones al típico baile de declaraciones contradictorias a las que, por desgracia, nos tienen acostumbrados.
Declaraciones como: “Alcoy está al borde de la quiebra” para días después de las urnas decir que “La situación de Alcoy no es tan grave”, o “19 cargos de confianza son insostenibles” para luego, no solo mantenerlos, sino elevarlos a 22, son claros ejemplos de la práctica abusiva del “Donde dije digo…”.
Pero estas cosas acaban siendo meras anécdotas y pasan rápidamente al olvido colectivo. La cosa se complica cuando esta práctica se traslada al quehacer diario de un gobierno, donde nos encontramos con que hoy cortamos una calle los fines de semana y mañana la reabrimos al tráfico y la cortamos a ratitos, hoy derruimos un edificio emblemático y mañana ya no lo tiramos, lo restauramos, cosas que afectan directamente a los ciudadanos y que demuestran la falta de rigor y la incapacidad de un gobierno para tomar decisiones y asumir responsabilidades.
¿Qué pasará el día en que no se le pueda dar al “deshacer” para echar marcha atrás?, ¿ Quién pagará los platos rotos?. Está claro que los de siempre. Y tenemos casos claros y evidentes de ello, como Serelles o La Rosaleda.
Por tanto, no nos valen medias tintas, ni globos sonda, ni nada parecido. Debemos exigir que se trabaje con firmeza, que se estudien seria y exhaustivamente las cosas antes de dar pasos en falso y dejar que las margaritas las deshojen los enamorados.




















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