Artículo de opinión de Ismael Ortíz Company.
[caption id="attachment_33467" align="alignleft" width="220" caption="Ismael Ortiz Company"]
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“Tocamos la flauta y no bailáis; cantamos lamentaciones y no lloráis” (Lc 7, 31-35). Y es que algunas voces que son críticas respecto al despliegue de recursos humanos y materiales que suponen los encuentros de las Jornadas Mundiales de la Juventud, también lo son si la Iglesia pierde capacidad para convocar a los jóvenes. Es aquello de: “Mal si ando, mal si no ando”. ¿En qué quedamos? Mientras tanto, la Iglesia sigue viviendo y proclamando también en sus jóvenes la propuesta de fe, caridad y esperanza que Jesús nos dejó y que el Espíritu Santo sigue alentando en este tiempo de nuestra historia. Porque ni ciencia, ni política, ni economía, aún siendo necesarias, pueden colmar de sentido el corazón del ser humano.
Por lo que hemos visto en los días previos a la JMJ –días en las diócesis- y en la misma realización del JMJ, nos quedamos admirados de que sean tantos miles de jóvenes que acuden desde las diferentes partes del mundo a encontrarse con el Papa y manifestar la universalidad de la fe. Y, más allá de las voces críticas con estos Jornadas Mundiales de la Juventud, habría que preguntar a cada uno de los jóvenes lo que estos encuentros suponen para su vida como cristianos.
“Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la Fe” es el lema de esta JMJ. Las JMJ tienen forma y fondo. Una convocatoria de tal magnitud necesita una eficiente preparación y organización. Hay que darle forma y hay que cuidar toda la infraestructura necesaria para acoger y para realizar un evento de tales dimensiones. Pero la JMJ tiene un fondo precioso: el mensaje que se vive y se comparte. No es un encuentro de los que mueven a gente pero no mueven la vida ni ayudan a crecer en valores. La mayoría de los jóvenes que acuden a la JMJ lo hacen en razón de una fe que están viviendo en sus respectivos lugares, y que les ha puesto en camino para encontrarse con otros jóvenes y compartir su amistad con Jesucristo.
Quienes contemplen estos encuentros al margen de la fe, se quedarán viendo un espectáculo, sin captar el antes y el después de estas convocatorias. Pero los jóvenes que participan dan testimonio de la riqueza que les supone, dando por buenas todas las incomodidades que tengan que vivir, incluidas las críticas y obstáculos de personas y grupos que ven con recelo y animadversión estas convocatorias. Habría que ver qué valores aportan a los jóvenes y a la sociedad otro tipo de convocatorias.
Los miles de jóvenes que asisten a la JMJ, como dice el obispo Santiago Agrelo, participan en algo más que un espectáculo: “los jóvenes convocados a Madrid no asisten a una función, sino que son sujeto primero y principal de un acontecimiento. Lo que ellos se disponen a vivir es un capítulo más, que no un capítulo cualquiera, de una historia que esos jóvenes van escribiendo desde hace tiempo, que están cumpliendo con generosidad, y que ahora culminan con ilusión, con libertad, con esperanza de que este encuentro represente para todos un tiempo de confirmación en la fe”.
Las JMJ son la expresión de la universalidad de la Iglesia, un reflejo de que el mensaje de Jesucristo es una oferta de amistad que rompe fronteras. La JMJ, además de ser una vivencia de fe, es un canto a la hospitalidad: miles de voluntarios preparando y organizando, y numerosas familias, parroquias, colegios e instituciones, que sin complejos abren las puertas para acoger a los peregrinos. Las JMJ son, como dice el mismo Santiago Agrelo: “Un martillo de indiferencias, una llamada a la entrega de la propia vida, un recordatorio perenne de que hombres y mujeres son para Dios una familia de hermanos en Cristo Jesús”.
Y también somos muchos los que sin ir a las IMJ acompañamos con nuestra adhesión y oración esta Jornada Mundial de Jóvenes que se celebra en Madrid del 15 al 21 de Agosto de 2011.
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“Tocamos la flauta y no bailáis; cantamos lamentaciones y no lloráis” (Lc 7, 31-35). Y es que algunas voces que son críticas respecto al despliegue de recursos humanos y materiales que suponen los encuentros de las Jornadas Mundiales de la Juventud, también lo son si la Iglesia pierde capacidad para convocar a los jóvenes. Es aquello de: “Mal si ando, mal si no ando”. ¿En qué quedamos? Mientras tanto, la Iglesia sigue viviendo y proclamando también en sus jóvenes la propuesta de fe, caridad y esperanza que Jesús nos dejó y que el Espíritu Santo sigue alentando en este tiempo de nuestra historia. Porque ni ciencia, ni política, ni economía, aún siendo necesarias, pueden colmar de sentido el corazón del ser humano.
Por lo que hemos visto en los días previos a la JMJ –días en las diócesis- y en la misma realización del JMJ, nos quedamos admirados de que sean tantos miles de jóvenes que acuden desde las diferentes partes del mundo a encontrarse con el Papa y manifestar la universalidad de la fe. Y, más allá de las voces críticas con estos Jornadas Mundiales de la Juventud, habría que preguntar a cada uno de los jóvenes lo que estos encuentros suponen para su vida como cristianos.
“Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la Fe” es el lema de esta JMJ. Las JMJ tienen forma y fondo. Una convocatoria de tal magnitud necesita una eficiente preparación y organización. Hay que darle forma y hay que cuidar toda la infraestructura necesaria para acoger y para realizar un evento de tales dimensiones. Pero la JMJ tiene un fondo precioso: el mensaje que se vive y se comparte. No es un encuentro de los que mueven a gente pero no mueven la vida ni ayudan a crecer en valores. La mayoría de los jóvenes que acuden a la JMJ lo hacen en razón de una fe que están viviendo en sus respectivos lugares, y que les ha puesto en camino para encontrarse con otros jóvenes y compartir su amistad con Jesucristo.
Quienes contemplen estos encuentros al margen de la fe, se quedarán viendo un espectáculo, sin captar el antes y el después de estas convocatorias. Pero los jóvenes que participan dan testimonio de la riqueza que les supone, dando por buenas todas las incomodidades que tengan que vivir, incluidas las críticas y obstáculos de personas y grupos que ven con recelo y animadversión estas convocatorias. Habría que ver qué valores aportan a los jóvenes y a la sociedad otro tipo de convocatorias.
Los miles de jóvenes que asisten a la JMJ, como dice el obispo Santiago Agrelo, participan en algo más que un espectáculo: “los jóvenes convocados a Madrid no asisten a una función, sino que son sujeto primero y principal de un acontecimiento. Lo que ellos se disponen a vivir es un capítulo más, que no un capítulo cualquiera, de una historia que esos jóvenes van escribiendo desde hace tiempo, que están cumpliendo con generosidad, y que ahora culminan con ilusión, con libertad, con esperanza de que este encuentro represente para todos un tiempo de confirmación en la fe”.
Las JMJ son la expresión de la universalidad de la Iglesia, un reflejo de que el mensaje de Jesucristo es una oferta de amistad que rompe fronteras. La JMJ, además de ser una vivencia de fe, es un canto a la hospitalidad: miles de voluntarios preparando y organizando, y numerosas familias, parroquias, colegios e instituciones, que sin complejos abren las puertas para acoger a los peregrinos. Las JMJ son, como dice el mismo Santiago Agrelo: “Un martillo de indiferencias, una llamada a la entrega de la propia vida, un recordatorio perenne de que hombres y mujeres son para Dios una familia de hermanos en Cristo Jesús”.
Y también somos muchos los que sin ir a las IMJ acompañamos con nuestra adhesión y oración esta Jornada Mundial de Jóvenes que se celebra en Madrid del 15 al 21 de Agosto de 2011.




















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