Artículo de opinión de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa.
[caption id="attachment_43201" align="alignleft" width="300" caption="Bartolomé Sanz"]
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Atrás queda la Navidad, una época del año que, en el imaginario británico y por extensión en el anglosajón, en cierto modo contribuyó a crear Charles Dickens, cuyo segundo centenario del nacimiento se conmemora el 7 de febrero. Pero la aportación de este escritor a la literatura anglosajona trasciende los relatos navideños y adquiere relevancia universal con la creación de personajes arquetípicos que perduran —ahí reside la trascendencia, vigencia y relevancia de un escritor canónico— en diversos ámbitos de la cultura, pasando a formar parte del imaginario colectivo universal.
Viene esto a cuento de que, vista la afición que algún político muestra por la lectura, incluso durante la celebración de su juicio, no estaría de más que toda la clase política se sumergiera en alguna novela de este escritor, no olvidando nunca que la literatura supera a la vida (Harold Boom, entre otros, dixit) y aprendiera, de paso, que los valores no solo forman parte del patrimonio curricular de escolares desmotivados, sino que tiene una dimensión urbi et orbi. Así, por ejemplo, leyendo David Copperfield (1850) uno interioriza que no puede se puede gastar más de lo que se ingresa, tal como Mr. Micawber aconseja a Copperfield: “Annual income twenty pounds, annual expenditure nineteen nineteen six, result happiness. Annual income twenty pounds, annual expenditure twenty pounds nought and six, result misery.” La literatura, por tanto, —olvidémonos ahora del debate sobre de la devaluación y la cuasi nula valoración social en que se hallan las Humanidades— debe tener un componente instructivo, que en el caso concreto de la cita anterior viene como anillo al dedo para quienes se muestran proclives a gastar alegremente por encima de los ingresos.
Dickens conoció en carne propia la explotación infantil como mano de obra barata trabajando en una fábrica de betún de calzado en jornadas diarias de diez horas y recibiendo el equivalente en la actualidad a 30 euros semanales. Abrió los ojos a su alrededor y descubrió la miseria, la humillación, la pobreza, la inocencia robada, la desigualdad, el desamparo y la injusticia, y con este caldo de cultivo construyó una literatura sólida y rica en valores que continúa sorprendiéndonos en este mundo y en este tiempo de mañanas inciertos, en esta época de precariedad económica y existencial. Como pocos, hizo de la literatura su forma de vida, muy lucrativa, por cierto. Se podría decir, sin exageración, que vivió de la literatura y para la literatura hasta que la literatura acabó con él.
Resulta curioso, por otra parte, observar la diferente lectura que de la realidad coyuntural realiza un escritor popular como Dickens, que maneja magistralmente la fibra sentimental, y un filósofo como Karl Marx, que disecciona las clases sociales con la intención revolucionaria de erradicar las desigualdades existentes. Ambos parten de la observación y análisis de un objeto común: la clase obrera que surge tras la Revolución Industrial. El producto final que presentan tras su observación es totalmente distinto, si bien el denominador común en ambos es claramente la denuncia social.
Dickens es, en cualquier caso, un escritor que te atrapa y que despierta conmiseración por aquellos que sufren, que nunca te deja indiferente, incluso cuando sus obras pasan por el tamiz del cine, como me ha sucedido a mí con El misterio de Edwin Drood, novela inacabada, que ví en formato de miniserie en una cadena de la televisión británica el mes pasado.
Demos un salto en el tiempo y aterricemos en la realidad presente. Aceptemos, aunque no muy gratamente, paquetes de medidas para todos; pero también paquetes (esta vez teniendo en cuenta la acepción número 9 recogida por Manuel Seco en su DEA) para quienes no siguen el consejo de Mr Micawber, es decir, los que gastan más de lo que ingresan. Es un valor muy importante que Educación, tanto la central como la autonómica, debe incorporar urgentemente en los currículos transversales de Educación para la Ciudadanía o el nombre que legislatura tras legislatura reciba esta materia. Es una lección básica que se debe transmitir desde el seno materno e incorporar al yo lo antes posible, y una lección vital para los responsables de los fondos nacionales, autonómicos, municipales y, por supuesto, domésticos. Me perdonarán que muestre mi escepticismo ante la propuesta del ministro Montoro de llevar a los tribunales a los políticos que se nieguen a aprender la lección de Mr Micawber, pero lo creeré cuando se lleve a la práctica. De lo contrario, los gobernantes, con los impuestos de los ciudadanos, continuarán con los desmanes conocidos: una vez con aeropuertos sin aviones, otra con aeropuertos para aviones jumbo que no despiertan el mínimo interés de ninguna línea aérea; establecimientos penitenciarios sin presos en un lugar, y en otro, centros culturales con circo incluido, siguiendo la táctica del panem et circenses del poeta satírico Juvenal, por no hablar de la ambición megalómana de algunos políticos, tentados por el canto embrujador de las sirenas de los grandes eventos.
Recuerdo las palabras que un profesor de religión solía repetir una y otra vez hace más de cuarenta años —no en balde lo sustancial conviene repetirlo hasta el agotamiento: así lo hacen los sacerdotes de cualquier religión—, seguramente emulando a algún ministro tardofranquista del Opus: “Todo lo político es social, y todo lo social es político”. Bello apotegma que los políticos deberían enmarcar en una pared de sus despachos y observarla de tanto en tanto, aunque sea de soslayo, en un momento en el que el sentido común dicta priorizar y optimizar los cada vez más mermados recursos. Los ciudadanos lo agradecerán enormemente.
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Atrás queda la Navidad, una época del año que, en el imaginario británico y por extensión en el anglosajón, en cierto modo contribuyó a crear Charles Dickens, cuyo segundo centenario del nacimiento se conmemora el 7 de febrero. Pero la aportación de este escritor a la literatura anglosajona trasciende los relatos navideños y adquiere relevancia universal con la creación de personajes arquetípicos que perduran —ahí reside la trascendencia, vigencia y relevancia de un escritor canónico— en diversos ámbitos de la cultura, pasando a formar parte del imaginario colectivo universal.
Viene esto a cuento de que, vista la afición que algún político muestra por la lectura, incluso durante la celebración de su juicio, no estaría de más que toda la clase política se sumergiera en alguna novela de este escritor, no olvidando nunca que la literatura supera a la vida (Harold Boom, entre otros, dixit) y aprendiera, de paso, que los valores no solo forman parte del patrimonio curricular de escolares desmotivados, sino que tiene una dimensión urbi et orbi. Así, por ejemplo, leyendo David Copperfield (1850) uno interioriza que no puede se puede gastar más de lo que se ingresa, tal como Mr. Micawber aconseja a Copperfield: “Annual income twenty pounds, annual expenditure nineteen nineteen six, result happiness. Annual income twenty pounds, annual expenditure twenty pounds nought and six, result misery.” La literatura, por tanto, —olvidémonos ahora del debate sobre de la devaluación y la cuasi nula valoración social en que se hallan las Humanidades— debe tener un componente instructivo, que en el caso concreto de la cita anterior viene como anillo al dedo para quienes se muestran proclives a gastar alegremente por encima de los ingresos.
Dickens conoció en carne propia la explotación infantil como mano de obra barata trabajando en una fábrica de betún de calzado en jornadas diarias de diez horas y recibiendo el equivalente en la actualidad a 30 euros semanales. Abrió los ojos a su alrededor y descubrió la miseria, la humillación, la pobreza, la inocencia robada, la desigualdad, el desamparo y la injusticia, y con este caldo de cultivo construyó una literatura sólida y rica en valores que continúa sorprendiéndonos en este mundo y en este tiempo de mañanas inciertos, en esta época de precariedad económica y existencial. Como pocos, hizo de la literatura su forma de vida, muy lucrativa, por cierto. Se podría decir, sin exageración, que vivió de la literatura y para la literatura hasta que la literatura acabó con él.
Resulta curioso, por otra parte, observar la diferente lectura que de la realidad coyuntural realiza un escritor popular como Dickens, que maneja magistralmente la fibra sentimental, y un filósofo como Karl Marx, que disecciona las clases sociales con la intención revolucionaria de erradicar las desigualdades existentes. Ambos parten de la observación y análisis de un objeto común: la clase obrera que surge tras la Revolución Industrial. El producto final que presentan tras su observación es totalmente distinto, si bien el denominador común en ambos es claramente la denuncia social.
Dickens es, en cualquier caso, un escritor que te atrapa y que despierta conmiseración por aquellos que sufren, que nunca te deja indiferente, incluso cuando sus obras pasan por el tamiz del cine, como me ha sucedido a mí con El misterio de Edwin Drood, novela inacabada, que ví en formato de miniserie en una cadena de la televisión británica el mes pasado.
Demos un salto en el tiempo y aterricemos en la realidad presente. Aceptemos, aunque no muy gratamente, paquetes de medidas para todos; pero también paquetes (esta vez teniendo en cuenta la acepción número 9 recogida por Manuel Seco en su DEA) para quienes no siguen el consejo de Mr Micawber, es decir, los que gastan más de lo que ingresan. Es un valor muy importante que Educación, tanto la central como la autonómica, debe incorporar urgentemente en los currículos transversales de Educación para la Ciudadanía o el nombre que legislatura tras legislatura reciba esta materia. Es una lección básica que se debe transmitir desde el seno materno e incorporar al yo lo antes posible, y una lección vital para los responsables de los fondos nacionales, autonómicos, municipales y, por supuesto, domésticos. Me perdonarán que muestre mi escepticismo ante la propuesta del ministro Montoro de llevar a los tribunales a los políticos que se nieguen a aprender la lección de Mr Micawber, pero lo creeré cuando se lleve a la práctica. De lo contrario, los gobernantes, con los impuestos de los ciudadanos, continuarán con los desmanes conocidos: una vez con aeropuertos sin aviones, otra con aeropuertos para aviones jumbo que no despiertan el mínimo interés de ninguna línea aérea; establecimientos penitenciarios sin presos en un lugar, y en otro, centros culturales con circo incluido, siguiendo la táctica del panem et circenses del poeta satírico Juvenal, por no hablar de la ambición megalómana de algunos políticos, tentados por el canto embrujador de las sirenas de los grandes eventos.
Recuerdo las palabras que un profesor de religión solía repetir una y otra vez hace más de cuarenta años —no en balde lo sustancial conviene repetirlo hasta el agotamiento: así lo hacen los sacerdotes de cualquier religión—, seguramente emulando a algún ministro tardofranquista del Opus: “Todo lo político es social, y todo lo social es político”. Bello apotegma que los políticos deberían enmarcar en una pared de sus despachos y observarla de tanto en tanto, aunque sea de soslayo, en un momento en el que el sentido común dicta priorizar y optimizar los cada vez más mermados recursos. Los ciudadanos lo agradecerán enormemente.



















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