Bartolomé Sanz Albiñana, Doctor en Filología Inglesa.
Todos los hemos visto y los reconocemos sin dificultad, ustedes y yo. Son una especie inherente al sistema, sin la cual este se encuentra fosilizado, inerte y amorfo, y resulta inodoro, incoloro e insípido para el resto. Habita en los departamentos universitarios, en las empresas, en los colegios, en los partidos políticos (sobre todo en los cónclaves congresuales), en las órdenes religiosas, en los organismos públicos y privados, y hasta en las pandillas de adolescentes; en pocas palabras, en cualquier reducto donde se manifieste y asiente el poder adoptando diversas naturalezas. La adulación, dicen los expertos en conducta humana, vive parásitamente adherida al poder y rara vez se manifiesta sin su presencia y reclamo. Forman un matrimonio perfecto y se comportan como las plantas saprofitas de los manuales de ciencias naturales.
Aprovechan la mínima ocasión para entonar cánticos de alabanza y recitar las proezas memorizadas a lo largo del tiempo. Les faltan manos para tocar las notas del salterio, del que han aprendido todas las melodías posibles. Pero sobre todo actúan cuando se acaba un ciclo, momento en el cual exteriorizan su vena poética aletargada. En ese instante, viendo también que parte de su vida se desvanece, se levantan, toman la palabra y ensalzan al todopoderoso con lindezas como: “Oh gran timonel, sin cuya dirección no habríamos sido capaces de llegar al puerto apropiado, etcétera” o tal vez, “Oh luz, sin la cual aún habitaríamos en la oscuridad dando tumbos por túneles sin salida, etcétera”. Entonces sacan a relucir su servilismo instititivo e innato, y su bisexualidad largamente disimulada. Componen panegíricos empalagosos para encomiar la labor del líder, que en breve cambia de emplazamiento y desea que su memoria perdure in secula seculorum.
Son, ustedes ya lo han adivinado y seguramente ubicado a alguno en su entorno, los turiferarios de turno.




















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