Bartolomé Sanz Albiñana, Doctor en Filología Inglesa.
Leyendo la prensa día tras día uno siente la tentación de escribir un poema perfecto si no fuera indecente hacerlo en estos tiempos, y de pelearse con endecasílabos de gaita gallega o versos heterosilábicos con ritmos binarios o ternarios, y confraternizar con figuras de naturaleza polisémica escurridiza y volcánica. Pero hay gente que se adelanta, lo cual confirma la sensación que siempre he tenido de llegar tarde a todo. Para empezar, prestemos atención a la predisposición de nuestro presidente por el recurso retórico de la metáfora, ese tropo que consiste en el uso de un término concreto para expresar una noción abstracta mediante una sustitución analógica, sin que exista un elemento que introduzca una comparación. Si durante la campaña electoral ya adquirió aire de juanevangelista con lo de “yo soy la luz al final de túnel”, anticipándose como redentor de todo mal pasado y venidero, ahora nos sorprende con una figura de connotación taurina, ya que que lo vemos dispuesto a “coger el toro por los cuernos”, en alusión a ese jinete apocalíptico llamado crisis. Llevamos solo dos meses de andadura legislativa, pero a este paso los departamentos universitarios de lengua y literatura española van a tener material suficiente para futuros trabajos de investigación y tesis en torno a la “Realidad y retórica en la era Rajoy” –observen la aliteración–. Abandonado el toque amable en el discurso político del anterior jefe del gobierno, hemos pasado sin solución de continuidad a uno más bronco con el “si no estás conmigo, estás contra mí”, dirigido sobre todo a los sindicatos. Y mientras tanto contemplamos recortes sociales, desahucios, empresas cerradas, más parados, más malestar y crispación social, y tiendas y lugares de ocio semivacíos.
Ante esta situación no llego a entender cómo el titular de economía se atreve a declarar que “la población española asume con alivio el programa de reformas del gobierno”. ¿Es esto también una metáfora? Lo que está claro es que los gobernantes no perciben la realidad del mismo modo que los ciudadanos. ¿Acaso el ministro Luis de Guindos no se habrá enterado de los acontecimientos de Valencia, con los estudiantes vapuleados como en los mejores tiempos de franquismo? ¿No vería las manifestaciones ciudadanas en las cerca de sesenta ciudades de nuestro país el día 19 de febrero? No llego a entender a qué tipo de alivio se refiere, pues ni los parados ni los jóvenes que aún no saben lo que es el trabajo llegan a percibir ese alivio como sinónimo de porvenir, futuro y vuelta al crecimiento económico. ¿Y los que tienen trabajo son aliviados con la subida de impuestos y el abaratamiento del despido? Rajoy es el ejemplo perfecto del retórico en el discurso y contundente en la acción. Lamentablemente lo que la gente percibe es que quienes gozan de ingresos desorbitados, aun en tiempos de crisis, continúan sin colaborar fiscalmente de acuerdo con esos ingresos, y son los trabajadores de a pie quienes tienen que arrimar el hombro y tirar del carro, como siempre. No resulta extraño, por otra parte, que el ministro Wert se refiera Rajoy como Santiago el Mayor –ahora se recurre a la comparación o símil, figura retórica mediante la cual se compara a otro más conocido con el fin de remarcar la cualidad de aquel–. En fin, vamos por buen camino después de la invocación litúrgica cristiana referida a la reforma laboral y calificada como “buena, justa y necesaria”, que presagia, a meses luz, la invocación de este año al apóstol Santiago. O tal vez no, porque el cambio gratuito de temarios de oposiciones, empezado el curso, no resulta grato a quienes llevan meses preparándolas, como tampoco la demostración de fuerza cambiando la EpC por instrucción cívica o algo así, y que contrastan con la etapa de sensatez ministerial educativa anterior –en la ciertamente se adelantó poco– y anuncian meses de movilizaciones.
Y ante este panorama resulta que a nuestro presidente lo que le preocupa es la imagen que da Valencia ante el mundo, olvidando la imagen que la corrupción y las maniobras empresariales turbias de nuestros políticos (algunos sentados en hemiciclos) y no políticos producen en el exterior. A nuestro presidente central no parece importarle la imagen exterior que nuestro presidente autonómico pueda causar volviendo a casa (hemiciclo) después de siete meses de ausencia. ¿Qué nos hubiera pasado a cualquiera de nosotros si hubiéramos faltado dos días a nuestro trabajo? ¿Es que todavía existe una vara diferente de medir las actuaciones de los políticos y las de los ciudadanos? Si esto es así, el Síndic de Greuges debería recibir todos los días camiones de cartas con quejas.
Y todavía hay gente que se extraña que los jóvenes y no tan jóvenes salgan a la calle a manifestarse. Algunos políticos parecen olvidar que los ciudadanos tiene derecho constitucional a quejarse con una pancarta, con una panfletada, con un libro en la mano, con unos folios clavados en la puerta de la catedral, con un artículo periodístico, con una canción o simplemente codo con codo con otros en la calle. El mundo no se acaba porque haya manifestaciones: en otros lugares, como en el Reino Unido en el verano de 2011, los jóvenes se manifestaron de una manera más tajante y, ya que vamos de metáforas, las aguas volvieron a su cauce.
Vamos a ver lo que pasa en los próximos meses y si las viejas metáforas a las que vivimos irremediablemente aferrados, a falta de acciones que realmente produzcan alivio, continúan gobernando nuestras vidas.



















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de Página66.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.220