Artículo de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa.
Conviene recordarlo porque pertenecemos a una especie que con facilidad olvida las cosas, incluso las recientes. Conviene recordarlo, digo, sobre todo a quienes se van incorporando al mercado laboral, suponiendo que esto último no se convierta pronto en una entelequia metafísica que se explique, no sin cierta dificultad, en las carreras de humanidades.
Hace unos siete años una chica, con su flamante título de licenciada bajo el brazo, escribía una carta a un diario de tirada nacional, que con el paso del tiempo se iba a convertir, por desgracia, en el retrato robot de toda una generación que se asía a empleos precarios y con salarios no acordes con su formación. Era la tarjeta de presentación de una joven que había dedicado un tiempo a la introspección: “Soy una mileurista; aunque estoy sobrecualificada, mi futuro es incierto y con pocas garantías de independizarme”. Los progenitores, desde hacía tiempo, venían haciéndose cargo de la situación y, de hecho, algunos ya habían perdido esa capacidad innata de “empujar con una patadita” a los polluelos fuera del nido paterno para que se inicien en el aprendizaje del vuelo y la búsqueda del sustento. Y habían perdido esa capacidad porque quizás ellos mismos, con más experiencia, sabían perfectamente que el páramo laboral alrededor del nido estaba yermo.
En aquellos momentos el jinete apocalíptico de la crisis aún no había enseñado su guadaña con toda su crueldad, pero era un presagio, un mensaje y un aldabonazo para la conciencia política, suponiendo que determinados miembros de esa clase posean eso que en cualquier diccionario viene definido como “conocimiento claro de la realidad, esp. asumiendo la responsabilidad correspondiente”. Ahora el horizonte es incluso más sombrío, y los jóvenes se miran unos a otros y comentan: “¿Te acuerdas cuando éramos mileuristas? Ahora tan solo somos curriculomandantes a tiempo completo”. “Antes la gente trabajaba, se entrampaba con un piso y se casaba”. “Pues ahora dicen que con eso de la reforma laboral vamos a tener trabajo aunque nos paguen poco”. “Yo quería irme a Finlandia, pero me han dicho que además de inglés tendré que aprender finlandés”.
Parece que nuestro destino sea la emigración. Continuaremos emigrando: unos a la vendimia de Francia —como toda la vida—; otros, más al norte, a hacer realidad la filosofía del aprendizaje permanente a lo largo de toda la vida, pues algo habrá que hacer cuando se acaba el subsidio y la prestación por desempleo, o se declara un ere doméstico.
En fin, no sabemos exactamente si finalmente España va a ser rescatada un día de estos, —en quiebra técnica ya estamos—. No sabemos quién va a evitar que los mercados se ceben sobre nuestra prima de riesgo. Y a mí, ni a ustedes, que nadie nos pregunte si el actual problema de crecimiento se debe a un problema de déficits comerciales o de déficits presupuestarios. En todo caso que se lo pregunten a los políticos con conciencia. Nosotros lo único que sabemos es que hace unos años este era un país de mileuristas, y ahora de “nimis”.
Conviene recordarlo porque pertenecemos a una especie que con facilidad olvida las cosas, incluso las recientes. Conviene recordarlo, digo, sobre todo a quienes se van incorporando al mercado laboral, suponiendo que esto último no se convierta pronto en una entelequia metafísica que se explique, no sin cierta dificultad, en las carreras de humanidades.
Hace unos siete años una chica, con su flamante título de licenciada bajo el brazo, escribía una carta a un diario de tirada nacional, que con el paso del tiempo se iba a convertir, por desgracia, en el retrato robot de toda una generación que se asía a empleos precarios y con salarios no acordes con su formación. Era la tarjeta de presentación de una joven que había dedicado un tiempo a la introspección: “Soy una mileurista; aunque estoy sobrecualificada, mi futuro es incierto y con pocas garantías de independizarme”. Los progenitores, desde hacía tiempo, venían haciéndose cargo de la situación y, de hecho, algunos ya habían perdido esa capacidad innata de “empujar con una patadita” a los polluelos fuera del nido paterno para que se inicien en el aprendizaje del vuelo y la búsqueda del sustento. Y habían perdido esa capacidad porque quizás ellos mismos, con más experiencia, sabían perfectamente que el páramo laboral alrededor del nido estaba yermo.
En aquellos momentos el jinete apocalíptico de la crisis aún no había enseñado su guadaña con toda su crueldad, pero era un presagio, un mensaje y un aldabonazo para la conciencia política, suponiendo que determinados miembros de esa clase posean eso que en cualquier diccionario viene definido como “conocimiento claro de la realidad, esp. asumiendo la responsabilidad correspondiente”. Ahora el horizonte es incluso más sombrío, y los jóvenes se miran unos a otros y comentan: “¿Te acuerdas cuando éramos mileuristas? Ahora tan solo somos curriculomandantes a tiempo completo”. “Antes la gente trabajaba, se entrampaba con un piso y se casaba”. “Pues ahora dicen que con eso de la reforma laboral vamos a tener trabajo aunque nos paguen poco”. “Yo quería irme a Finlandia, pero me han dicho que además de inglés tendré que aprender finlandés”.
Parece que nuestro destino sea la emigración. Continuaremos emigrando: unos a la vendimia de Francia —como toda la vida—; otros, más al norte, a hacer realidad la filosofía del aprendizaje permanente a lo largo de toda la vida, pues algo habrá que hacer cuando se acaba el subsidio y la prestación por desempleo, o se declara un ere doméstico.
En fin, no sabemos exactamente si finalmente España va a ser rescatada un día de estos, —en quiebra técnica ya estamos—. No sabemos quién va a evitar que los mercados se ceben sobre nuestra prima de riesgo. Y a mí, ni a ustedes, que nadie nos pregunte si el actual problema de crecimiento se debe a un problema de déficits comerciales o de déficits presupuestarios. En todo caso que se lo pregunten a los políticos con conciencia. Nosotros lo único que sabemos es que hace unos años este era un país de mileuristas, y ahora de “nimis”.



















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de Página66.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.65