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El faro de Harold Bloom

Redacción - Dimarts, 01 de Maig del 2012
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Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa.

Estamos salvados en este mundo. Los chefs afamados nos aconsejan qué ingerir equilibradamente, los grandes modistos cómo ataviarnos, los medios de comunicación cómo entretenernos, algunos manuales especializados cómo ligar, el gobierno de turno la forma de apretarnos el cinturón, las iglesias y sus ministros el camino de la salvación eterna y Harold Bloom qué leer. Por tanto, no hay nada que temer por ahora. Centrémonos en Bloom, que como erudito  y crítico literario es único. A sus 82 años continúa pontificando desde sus cátedras en  Yale o Nueva York  con  halo, todo hay que decirlo, de infalibilidad anglocéntrica, un pecado que hay que saber perdonarle. Tal vez esté catalogogado como excéntrico, pero ¿qué genio no lo está? ¿Y acaso no encontramos seres excéntricos y polémicos en los popes de las profesiones mencionadas y en otras?

Su doctrina se caracteriza por una  capacidad inigualable para  trazar mapas de influencias de unos escritores sobre otros y para establecer relaciones entre ellos. La pesadilla de la influencia —el leitmotiv de su crítica literaria— empieza a fraguarse durante la gestación de su tesis sobre Shelley y le ha perseguido toda su vida de manera obsesiva. Y como no podría ser de otro  modo —así ha quedado patente en sus encíclicas desde La ansiedad de la influencia (1973) hasta  la Anatomía de la influencia (2011), pasando por el Canon occidental  (1994) y Shakespeare, la invención de lo humano (1998)— en la catedral  de Bloom,  Shakespeare es el titular que preside el altar mayor, y en las capillas adyacentes, con altares dedicados a otras cultos, se hallan otras divinidades  que perfectamente podrían arrebatarle la titularidad: Dante, Chaucer, Cervantes, Tolstói, Proust, Goethe, Whitman, Joyce, Kafka, Freud, Montaigne, etcétera, siguiendo en esto la idea de Ezra Pound de que la historia universal de la literatura  se reduce a diez escritores. No lejos de la catedral, y a imagen y semejanza de esta, ha ido edificando a lo largo del tiempo otros templos dedicados al ensayo, a la novela, a la filosofía, al teatro, a la poesía, al cuento,  etcétera, con sus capillas correspondientes. Ahora bien, en la doctrina crítica de Bloom quien no comulga con su credo y su cosmovisión literaria corre el peligro de quedar anatemizado y catalogado como crítico resentido, es decir,  perteneciente a la “Escuela del Resentimiento”, una corriente creada también por él. Esa es la suerte que corrieron las iglesias multiculturalistas que Bloom, en su apocalipsis particular, vislumbró como una bestia de seis cabezas: aquellos que se autodenominan feministas, neomarxistas, neohistoricistas, lacanianos, deconstructivistas y semióticos, y que proliferaban sobre todo en las universidades estadounidenses y británicas centradas en los conceptos de raza, género y colonialismo. Afortunadamente para él y también para muchos, los apóstoles resentidos se fueron quedando en el camino y sus aportaciones y teorías, dicho sea de paso,  no resultaron todo lo claras que hubiera sido deseable. Bloom es  un crítico literario todoterreno que lo mismo pone  en la balanza a Jesús y Yahavé que a Bush, que igual  habla de ángeles que de Satanás, pero al menos oímos su voz de tanto en tanto ya que, al fin y al cabo,  la mayoría de lectores, apremiados   por la falta de tiempo, quiere saber exactamente qué y cómo leer, por qué hacerlo y dónde se encuentran la sabiduría y los genios, es decir, las pepitas de oro que nos sirven de viático espiritual para el día a día. Y una cosa está clara: el viejo profesor, a juzgar por el volumen de ventas de  sus obras,  tiene más predicamento que el resto de críticos literarios vivos,  y tenaz, como los papas, seguramente imparta sabiduría urbi et orbi  mientras le quede aliento sin importarle los contramaestres de barrera que ya en 2002  intentaron denigrarle con la publicación de  un libro colectivo titulado  Harold Bloom´s Shakespeare,  en el que la mayor parte de los 18 ensayistas ponía en tela de juicio sus approaches particulares en torno a  un escritor, Shakespeare,  donde cada palabra tiene su propia historia. Las descalificaciones  que soportó en ese momento iban desde racista hasta misógino, pero no se desalentó, como tampoco le entró depresión al descubrir que su departamento universitario solo estaba formado por él. Su periplo vital siempre ha consistido en nadar contra corriente. Como crítico perspicaz adivina retoños de personajes  en otras obras (el Satanás de Paraíso perdido tiene ecos de Hamlet),  ve en don Quijote a un cristiano y coincide  con Unamuno en que la verdadera religión española es el quijotismo,  y percibe  un Falstaff tan lleno de vida que se sale de las obras en las que aparece. Bloom, en fin, es un ser privilegiado como pocos por su capacidad de lectura.   Memoriza poemas, los rumia en sueños y cuando despierta puede recitar a Walt Whitman sin parar. Esa  capacidad le permite  no solo identificar  al doctor Samuel Johnson como el más grande de los críticos literarios de todos los tiempos, sino también la mejor escena de Shakespeare, e incluso de la literatura: El rey Lear (4.6). ¿Habrá alguien en el mundo que se haya leído ciento veinte veces el Cuento de una barrica de Jonathan Swift? Pues él lo ha hecho y además se lo sabe de memoria. Si Vargas Llosa en su último libro alerta del peligro de la civilización  actual en dar prioridad a la imagen, a la trivialidad  y al espectáculo  fútil,   relegando cualquier pensamiento reflexivo a un segundo plano, Bloom advirtió ya hace mucho que lectores están en peligro de desaparición; así pues,  todo su empeño en esta vida ha consistido en tratar de paliar esa situación emitiendo destellos intermitentes desde su faro. Ahora solo falta lo de siempre: ponerse manos a la obra. Y, por supuesto, agradecerle en vida los servicios prestados.
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