Bartolomé Sanz Albiñana, Doctor en Filología Inglesa.
Mi situación vital actual me permite entre otras cosas prestar atención al entorno de un modo empírico. Una vez liberado del trabajo diario de recibir y reenviar emails sin lograr demasiada aquiescencia auditiva, todo hay que decirlo, me siento un hombre nuevo y me permito, con el fin de que desconecten y se despejen un poco, invitarles a que hagan el siguiente experimento. Desplácense a cualquiera de los lugares donde supuestamente se genera conocimiento, es decir, institutos o departamentos universitarios, incluidas las bibliotecas universitarias, donde de algún modo también se produce conocimiento aunque sea de segundo orden. O elijan algún otro lugar al que por su profesión u ocupación tengan fácil acceso y en el que se dirima algún tema de enjundia. Por favor, absténganse de lugares sagrados e inabordables como los consejos de administración de entidades bancarias tipo Bankia o el Consejo General del Poder Judicial, ya que en esos lugares no se crea conocimiento sino que sólo se tratan asuntos relacionados con el interés de los allí congregados. Observarán que indefectiblemente junto al microscopio, probetas o los adminículos propios del área en cuestión, se encuentran perfectamente alineados y vigilantes uno o dos smartphones de última generación dispuestos a suministrar información colateral al objeto de la investigación en curso. Ese es el estado de la cuestión en estos momentos o primer capítulo de cualquier tesis doctoral que se precie. Se detecta, todo hay que decirlo, un notable avance: en mi juventud, a la hora de estudiar, simplemente nos plantificábamos los apuntes delante. Hoy en día nadie que se precie un mínimo se dispone al ritual de la transubstanciación del conocimiento –no obvien en ningún momento el paralelismo con la misa: corporales, cáliz, misal, etc.– sin, al menos, apuntes, portátil y móvil.
El ensayo también se puede llevar a cabo en la calle, en la plaza, en el parque, en gimnasio o centros de secundaria, lugares en los que, en principio, no se genera conocimiento, pero que son fuente de otro tipo de vibraciones. En el fondo lo que parece que se persiga con este modus operandi, camino de convertirse inexorablemente en modus vivendi, es no dar tregua al cerebro ni un minuto al día. ¡Tanto Facebook, Twitter y Whatsapp para al final olvidar el tradicional día de la madre! Incluso, si se paran a pensar, con tanto aparatito entre manos, se han perdido esparcimientos tradicionales como mirar el horizonte, abrir los ojos a lo que nos rodea y la tan castiza costumbre de proferir piropos procaces del tipo “estás como un tren” cuando se presenta la ocasión. La situación no deja de ser preocupante porque se pone en tela de juicio la capacidad de atención del ser humano, o tal vez estemos desarrollando una nueva habilidad consistente en hacer dos o más cosas a la vez sin un grado adecuado de atención: escuchar música estridente y estudiar, cepillarse los dientes y consultar el correo electrónico o hacer la cama, vestirse con la mano derecha y sostener el teléfono móvil con la izquierda, hacer fotocopias y contestar el teléfono tradicional, crear alertas sobre mil temas para luego trasladarlas directamente a la papelera sin abrirlas mientras se escucha la final de la copa del rey, qué sé yo.
El otro día me decía un médico que ante esta situación de difícil solución no resulta extraño que una gran parte de la población esté afectada por constipación, una dolencia que nada tiene que ver con los constipados. El cerebro se está atascando con el bombardeo de tanto mensaje procedente de tanta fuente diferente que al final las tradicionales tuberías evacuatorias se están resintiendo por el desorden que sufren las conexiones neuronales. Y esto sí que es realmente preocupante. Esto y que cada vez también tengamos más dificultad para articular una oración subordinada e incluso los monosílabos sí y no.
Ahora en serio: la dependencia cada vez más creciente e incontrolable de todo tipo de artefactos mientras uno se dispone a estudiar afectarán negativamente en el grado de atención que se requiere para cualquier acto de índole intelectual.
Si cuando era docente propuse a mi CEFIRE la conveniencia de ofertar cursos de formación de defensa personal, dado el peligro a la que estábamos expuestos, ahora que ya no lo soy me atrevería a sugerir que no sería descabellado introducir cursos para desengancharse de internet y de otros artilugios, como si de sustancias malignas se trataran, como el alcohol o el tabaco, pero me dicen que no saben si tendrán CEFIREs el curso que viene, y además Consellería ya no reconoce la formación permanente del profesorado y que sólo se cobra el 50 % del complemento de los sexenios reconocidos. Ya ven, sólo nos dan malas noticias.
Mi situación vital actual me permite entre otras cosas prestar atención al entorno de un modo empírico. Una vez liberado del trabajo diario de recibir y reenviar emails sin lograr demasiada aquiescencia auditiva, todo hay que decirlo, me siento un hombre nuevo y me permito, con el fin de que desconecten y se despejen un poco, invitarles a que hagan el siguiente experimento. Desplácense a cualquiera de los lugares donde supuestamente se genera conocimiento, es decir, institutos o departamentos universitarios, incluidas las bibliotecas universitarias, donde de algún modo también se produce conocimiento aunque sea de segundo orden. O elijan algún otro lugar al que por su profesión u ocupación tengan fácil acceso y en el que se dirima algún tema de enjundia. Por favor, absténganse de lugares sagrados e inabordables como los consejos de administración de entidades bancarias tipo Bankia o el Consejo General del Poder Judicial, ya que en esos lugares no se crea conocimiento sino que sólo se tratan asuntos relacionados con el interés de los allí congregados. Observarán que indefectiblemente junto al microscopio, probetas o los adminículos propios del área en cuestión, se encuentran perfectamente alineados y vigilantes uno o dos smartphones de última generación dispuestos a suministrar información colateral al objeto de la investigación en curso. Ese es el estado de la cuestión en estos momentos o primer capítulo de cualquier tesis doctoral que se precie. Se detecta, todo hay que decirlo, un notable avance: en mi juventud, a la hora de estudiar, simplemente nos plantificábamos los apuntes delante. Hoy en día nadie que se precie un mínimo se dispone al ritual de la transubstanciación del conocimiento –no obvien en ningún momento el paralelismo con la misa: corporales, cáliz, misal, etc.– sin, al menos, apuntes, portátil y móvil.
El ensayo también se puede llevar a cabo en la calle, en la plaza, en el parque, en gimnasio o centros de secundaria, lugares en los que, en principio, no se genera conocimiento, pero que son fuente de otro tipo de vibraciones. En el fondo lo que parece que se persiga con este modus operandi, camino de convertirse inexorablemente en modus vivendi, es no dar tregua al cerebro ni un minuto al día. ¡Tanto Facebook, Twitter y Whatsapp para al final olvidar el tradicional día de la madre! Incluso, si se paran a pensar, con tanto aparatito entre manos, se han perdido esparcimientos tradicionales como mirar el horizonte, abrir los ojos a lo que nos rodea y la tan castiza costumbre de proferir piropos procaces del tipo “estás como un tren” cuando se presenta la ocasión. La situación no deja de ser preocupante porque se pone en tela de juicio la capacidad de atención del ser humano, o tal vez estemos desarrollando una nueva habilidad consistente en hacer dos o más cosas a la vez sin un grado adecuado de atención: escuchar música estridente y estudiar, cepillarse los dientes y consultar el correo electrónico o hacer la cama, vestirse con la mano derecha y sostener el teléfono móvil con la izquierda, hacer fotocopias y contestar el teléfono tradicional, crear alertas sobre mil temas para luego trasladarlas directamente a la papelera sin abrirlas mientras se escucha la final de la copa del rey, qué sé yo.
El otro día me decía un médico que ante esta situación de difícil solución no resulta extraño que una gran parte de la población esté afectada por constipación, una dolencia que nada tiene que ver con los constipados. El cerebro se está atascando con el bombardeo de tanto mensaje procedente de tanta fuente diferente que al final las tradicionales tuberías evacuatorias se están resintiendo por el desorden que sufren las conexiones neuronales. Y esto sí que es realmente preocupante. Esto y que cada vez también tengamos más dificultad para articular una oración subordinada e incluso los monosílabos sí y no.
Ahora en serio: la dependencia cada vez más creciente e incontrolable de todo tipo de artefactos mientras uno se dispone a estudiar afectarán negativamente en el grado de atención que se requiere para cualquier acto de índole intelectual.
Si cuando era docente propuse a mi CEFIRE la conveniencia de ofertar cursos de formación de defensa personal, dado el peligro a la que estábamos expuestos, ahora que ya no lo soy me atrevería a sugerir que no sería descabellado introducir cursos para desengancharse de internet y de otros artilugios, como si de sustancias malignas se trataran, como el alcohol o el tabaco, pero me dicen que no saben si tendrán CEFIREs el curso que viene, y además Consellería ya no reconoce la formación permanente del profesorado y que sólo se cobra el 50 % del complemento de los sexenios reconocidos. Ya ven, sólo nos dan malas noticias.





















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