Bartolomé Sanz Albiñana, Doctor en Filología Inglesa.
Harto del discurso de la crisis, de la recesión y de la prima de riesgo, y plenamente convencido de que otro mundo más bucólico es posible, me adhiero a principios de junio, como un ciudadano más del mundo, a la celebración británica del jubileo de la reina Isabel II. Cuatro días de celebraciones a la vieja usanza, con rancio sabor y abolengo: derby de Empson al que seguramente asistiría Fernando Savater; desfile por el Támesis de una flotilla tipo lienzo de Canaletto; fiestas populares, picnics y fuegos artificiales por doquier; cabalgata con carruajes de la familia real desde Westminster al Palacio de Buckingham; concierto con los sirs Cliff Richard, Tom Jones y Paul McCartney, entre otros muchos; y hasta una red de unas cuatro mil almenaras, antorchas y hogueras repartidas por todos los países que integran la Commowealth rinden el homenaje reservado a los grandes acontecimientos. Y, por supuesto, acción de gracias en la catedral de San Pablo con el primer ministro Cameron leyendo un pasaje del Nuevo Testamento y sermón del Arzobispo de Canterbury, el doctor Rowan Williams.
Que los británicos adoran la monarquía, basta comprobarlo estos días: banderas y más banderas patrióticas, las famosas Union Jack, en lugares que a nosotros nunca se nos ocurriría enarbolar, e himnos como God save the Queen y Land of Hope and Glory que contribuyen a unir a un pueblo y ayudan a levantar los ánimos en estos tiempos difíciles en los que, por ejemplo, el desempleo ronda el 8´3%, mientras en España ya andamos por 21´74 % o más. Todo muy trufado de pompa y circunstancia, y creciendo en el orgullo de que Inglaterra, su pasado y su Imperio eran lo más grande del mundo. La británica sí que es una monarquía, y no lo nuestro. Una familia real con su soberana a la cabeza, que en algún momento de estos días casi llegó a sonreír, aguantando estoicamente bajo la lluvia con una temperatura invernal, sin bostezar, un acto tras otro. Una reina que lleva la corona con distanciamiento brechtiano y profesionalidad aprendida de generación en generación, que le reportan unos dividendos de un 75% de apoyo popular –en nuestro caso la cosa ronda por el 50%-. En fin, la permanencia de la monarquía hay que ganársela a pulso, día a día, actuando con mucha cautela y sin perder de vista que nadie puede asegurar que no puedan venir años malos.
Y si los cuervos parecen reproducirse bien en el Vaticano, aquí la cosa no llega a tanto pero, bajo el ropaje del republicanismo, un reducido grupo de descontentos ejercita su derecho constitucional, en una constitución no está escrita, a manifestarse en contra de lo que ellos consideran una manifestación anacrónica de un privilegio hereditario. Se les considera como una rama de indignados en vías de extinción y, por tanto, no digna de tener en cuenta.
Al tiempo que acabo este artículo compruebo que nuestra guadaña particular de riesgo está a 510 puntos. Esperemos que el rescate haya servido para algo y no sólo para cambiar un poco la tónica a la que ya estamos desagradablemente acostumbrados. Menos mal que a nosotros, a falta de banderas e himnos claros, nos une Rafa Nadal y la Roja. A los que planifican nuestra existencia debemos agradecerles el detalle de haber pedido el rescate en el momento en que empieza la Eurocopa 2012, y posponer su explicación para cuando empecemos las vacaciones de verano y nuestras mentes estén aletargadas cual lagartos en plena hibernación. No obstante, los titulares del The Times hoy no se andan con rodeos: ²Mientras su nación sufre, Rajoy encuentra tiempo para un viaje de fútbol². Yo incluso diría que durante el viaje ha tenido hasta tiempo de repasar el clásico maquiavélico titulado El divino arte de faltar a la verdad, su manual de cabecera.
El pueblo británico y el pueblo español, como es bien sabido, se profesan una admiración ancestral y de tanto en tanto, cuando se presenta la menor ocasión, sacan a relucir su espíritu diplomático bien simulado, al estilo Viriato. Es una especie de cariño envenenado que se juraron hace mucho tiempo. No es de extrañar, por tanto, que estos días las noticias más sobresalientes, en prensa y radio, en el país de Albión sean, por este orden: el rescate de España, las inundaciones en Gales y el alta en el hospital del duque de Edimburgo.


















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