Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa.
Amparándose en lo dispuesto en el artículo 86 de la Constitución Española y atentos a las antifonías de la dureza y profundidad de la crisis económica que se entonan en las instituciones europeas, desde hace dos años nuestros gobernantes nos obsequian periódicamente con mantras de recortes en versión nacional, autonómica y local. No resulta por tanto extraño que los preámbulos de cualquier decreto ley empiecen por eso de “Dadas las especiales circunstancias financieras que soporta (pongan ustedes aquí el nombre del organismo del que dependan más directamente), en el marco de la profunda crisis económica vigente, etcétera.”, y suelan concluir con “este organismo se ve obligado a revisar sus políticas de gasto y a priorizar las obligaciones de pago, con el fin de evitar mayores desequilibrios que puedan agravar la situación vigente”.
En medio, a modo de autoflagelo, los versículos incluyen voces y expresiones del muy productivo campo semántico de la crisis: recortes, medidas de ajuste, el esfuerzo de austeridad que toda la sociedad debe realizar (sobre todo en sanidad y educación), esfuerzos de contención y reducción de gasto, la persistencia de las circunstancias económicas extraordinarias actuales, la necesidad de ajustarse a la senda de reducción del déficit, etcétera. Otros cantos que se perciben en el ambiente son el deterioro del empleo, la próxima recesión, el bajo consumo, el euroescepticismo, el retraimiento del crecimiento, el no a los eurobonos, la crisis bancaria, etc. Pero la canción del verano seguramente será la de “el euro es irreversible”, que podría convertirse en éxito eurovisivo fuera de temporada, si bien es cierto que quienes la entonan lo hacen sin mucho convencimiento. En fin, todo el panorama descrito anteriormente anticipa un paisaje apocalíptico que se asemeja bastante al que pintaban los predicadores de las cuaresmas de mi infancia.
Todo este escenario influye negativamente en mi grado presente de optimismo. Repaso, no obstante, definiciones de las voces optimismo y optimista en distintos diccionarios, por si acaso descubro alguna acepción que se acomode a mi estado de ánimo y contribuya de algún modo a cambiarlo. Finalmente me quedo con la de «persona que confía en que los hechos tomen un giro favorable». Ya me dirán ustedes. Mi actitud vital continúa anclada en la cualidad contraria, y llego a la conclusión de que mis aspiraciones son inalcanzable, con lo que aumenta mi grado de frustación.
Sé que es un estado que no me conviene porque me predispone a un runrún mental y de noria que, unido a los acúfenos que sufro, forman una sinfonía que contribuye a distorsionar la realidad esperpénticamente. Los especialistas que he visitado me han aconsejado en primer lugar que abandone urgentemente la lectura de las secciones económicas de los diarios y que deje de preocuparme por la evolución de la prima de riesgo. No obstante, tampoco descartan que sea un problema hereditario que tenga que ver con los genes y esas cosas.
Preocupado por el tema y en busca de una solución se me ha ocurrido que quizás el filósofo José Antonio Marina o Eduardo Punset hayan escrito algo al respecto porque ellos escriben sobre esas cosas, pero aún no he tenido tiempo de consultarlo en la biblioteca municipal o bucear por internet. Pero bien pensado, ahora que me acuerdo, mi abuelo Tomeu era un hombre optimista que con tal de alimentar a la prole en los difíciles años de la posguerra empezó a criar vacas y gallinas en casa hasta el punto que en un momento los animales los expusaron a todos de casa.
En fin, a ver si Paris y Berlín encuentran en Bruselas la luz al final del túnel antes de que se apague; esa misma luz que Madrid viene buscando desde finales de 2011. Y dejémonos de monsergas y galimatías con eso de que el mal viene de Almansa; el mal viene de lo mal que funcionan las instituciones europeas, que no solucionan absolutamente nada. Demasiadas cumbres borrascosas y poco grano hasta ahora. ¿No resulta curioso que nuestro estado de ánimo dependa estos días más del hecho de que un balón rebase la línea de gol del equipo contrario que de lo que pueda pasar en Bruselas? A los líderes políticos les debe pasar exactamente lo mismo, pero no tienen la valentía de decírnoslo.




















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