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Lecciones olímpicas

Redacción - Dimecres, 15 de Agost del 2012
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Artículo de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa. Quise escribir unas líneas al comienzo de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, pero el calor veraniego me apelmaza como a las iguanas y me deja prácticamente inmóvil. La situación climática, lejos de mejorar, ha empeorado y las olimpiadas han llegado a su fin. En cualquier caso, aun a pesar de mi espíritu disperso en cuanto a acontecimientos deportivos se refiere, ahí van unas cuantas reflexiones domésticas pergeñadas en los momentos en que encendía esporádicamente el televisor y observaba algunas pruebas. La primera reflexión, siguiendo alguna carrera de atletismo, es que siempre me preguntaba por qué hay tan poca gente corriendo los 100 o 200 metros y tantísima gente en la grada observando. La metáfora de las olimpiadas nos sirve para entender un poco la metáfora de la vida, si es que alguna vez logramos entender este último misterio. Y continuaban más preguntas. ¿Por qué unos niños obtienen resultados olímpicos en su desarrollo (de cualquier índole) y otros no? ¿Está todo supeditado a la herencia genética? Afortunadamente no solo de genes vive el hombre (y la mujer, por supuesto). ¿Por qué unos niños aprenden a leer a los cuatro años y otros muchísimo más tarde? ¿Por qué determinados profesores suspenden a muchos alumnos? ¿Por qué hay alumnos que obtienen calificaciones excelentes en cualquier materia? ¿Por qué algunos aprenden aun a pesar de los profesores? ¿Por qué unos llegarán ser Picassos y sus obras se colgarán en las salas de los museos para deleite de la humanidad y otros se convertirán en Ronaldos o Messis? ¿Por qué unos serán capaces de escribir el Quijote o Hamlet y otros compondrán como Mozart o The Beatles? ¿Por qué solo unos cuantos elegidos seguirán la estela de Einstein, Santiago Ramón y Cajal o Severo Ochoa? “¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio? Corran, entonces, de manera que lo consigan”, recomienda el apóstol Pablo a los cristianos de Corinto. Así pues, corre, corre y esfuérzate. Ese es el mensaje. ¡Corre como los atletas! ¡Entrénate antes como hacen ellos! ¡Lucha conforme al reglamento! ¡Esfuérzate por conseguir la corona de laurel! ¡No te canses y sigue hasta el fin!... No importa que no ganes: al menos habrás adelantado todo lo que has corrido. ¿Qué hacen los británicos, no tan lejos de nosotros geográficamente, para obtener 65 medallas y nosotros quedarnos con 17, es decir, una cuarta parte de las que ellos consiguen? ¿Y por qué la mayoría somos meros espectadores de espectáculos tan diversos como los que hemos visto? ¿En fin, cuánto se debe al material genético que arrastramos, cuánto al entorno social y familiar y cuánto al esfuerzo personal? Seguramente habrá métodos científicos para investigar estas cuestiones del mismo modo que existen métodos para averiguar cómo crecen y se desarrollan los niños y lo que es mejor para su desarrollo como ya investigaron Freud, Piaget y una legión de discípulos en lo que se llama psicología del desarrollo. La psicología nos dice, por ejemplo, que el 90% de los niños son capaces de hacer esto o lo otro (gatear, sentarse, ponerse de pie o caminar, por ejemplo) a unos meses determinados, pero no nos dice si un niño en particular será uno de ese 90% o no. Finalmente fruncimos el ceño y nos quedamos pensativos hasta que pasan otros cuatro años y llega una nueva reválida olímpica. A pesar de todo lo expuesto anteriormente, afortunadamente los individuos (padres y madres, ustedes y yo) podemos actuar sensata y sabiamente sin tener grandes conocimientos de psicología, simplemente intentando poner en práctica sus recomendaciones, ya que estas, a fin de cuentas, se basan en multitud de observaciones, tests, y no en intuiciones de ojo clínico y bisbiseos. Finalmente, lo que no me he perdido han sido las ceremonias de apertura y clausura de estos Juegos Olímpicos, vistas por no sé cuantos miles de millones de espectadores, que es donde al fin y al cabo el país organizador trasmite su feeling particular y la idiosincrasia propia al resto del mundo. Y entre las herencias recibidas de los británicos, como en su momento recibimos otras de los romanos, sobresale la invención de la música que nos gusta. En ese campo el resto del mundo no tiene ni su nivel, ni su gusto, ni su tradición. Y buena prueba de ello es que desde las celebraciones del jubileo de la reina Isabel II el pasado junio, muy concienzuda y meditadamente, nos lo recuerdan en cada ocasión que se les presenta. Otra vez surgen la pregunta: ¿Por qué los británicos inventaron la música que nos gusta? Por supuesto que ustedes tienen la respuesta a muchas de las preguntas planteadas en este artículo. No obstante, a mí continuarán martilleándome el cerebelo y los dos hemisferios cerebrales estas y otras preguntas más.  
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