Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa.
Leo en un prestigioso rotativo británico que el ministro de educación de ese país culpa a los profesores y a los equipos de orientación de la falta de ambición de muchos alumnos y de imbuirles mensajes respecto a que determinadas aspiraciones están por encima de sus posibilidades. Aquí esa ocurrencia aún no ha echado a andar, pero ya llegará. Existe una creencia consolidada consistente en que los males del sistema educativo hay que achacarlos a quienes llevan las riendas más cercanas al alumnado. En ese sentido siempre resulta más fácil culpar al profesorado que a las autoridades educativas del fracaso escolar, del abandono temprano, de nuestros resultados en PISA, etcétera. Ahora resulta que, además de tener que cumplir con las programaciones, de tener que explicar los contenidos correspondientes y dedicar cada vez más tiempo a reuniones, a comisiones y a una burocracia cada vez más asfixiante, a pesar de la introducción de las nuevas tecnologías, nuestros colegas británicos parece que dispongan de tiempo para fomentar entre los alumnos la idea de que la excelencia en las calificaciones, la consecución de plazas en determinadas universidades de élite y ciertas carreras profesionales no están a su alcance por más que se esfuercen.
Para acabar con este orden de cosas y de paso mejorar el status de esta profesión el ministerio de educación de aquel país pretende captar a los mejores candidatos subiendo el listón de quienes van a acceder a la docencia –en un país que tiene ya problemas para encontrar profesores en determinadas materias– con la promesa de rebajar la burocracia y de fomentar la innovación educativa. La primera prueba que tendrán que superar los futuros profesores será la de competencia en
numeracy y
literacy, es decir, saber de números y de letra, como se decía antiguamente –ni más ni menos que lo que se nos pedía a los chavales de 10 años para el examen de ingreso en los años sesenta–. Nada de calculadoras: vuelta a las multiplicaciones y divisiones de toda la vida, y saber sumar y restar de cabeza. Y, por supuesto, escribir correctamente y sin faltas de ortografía. Nadie recuerda ya en qué momento del pasado se acordó que estas destrezas ya no eran importantes, pasándose acto seguido a sentimentalismos que consistían en que nadie tenía derecho a frustrar las aspiraciones de nadie y que no hacía falta una educación tan rigurosa si uno finalmente se iba a ganar la vida ejerciendo un oficio tradicional.
Pero si nos detenemos a pensar un poco, ninguno de nosotros debe nada a las instituciones por las que hemos pasado a lo largo del tiempo, ni incluso a los sistemas educativos siempre cambiantes que hemos sufrido en cada momento –hay quien incluso aprende a pesar de todo eso–, sino a los profesores con auténtica vocación y afán de superación que, como si de una lotería se tratara, nos tocaron en un momento determinado de nuestras vidas. No obstante, siempre habrá alguien que despotrique incluso contra eso, como el caso de una presentadora de un canal inglés que se quejaba estos días de la institución donde había estudiado y de sus profesores por sugerirle que se dedicara a la peluquería y que se olvidara de la carrera de medicina en la que había depositado sus esperanzas. Aunque resulte muy difícil en esas circunstancias, uno debe mostrar siempre ambición ante la vida, de lo contrario la carrera está perdida antes del pistoletazo de salida. Esta lección hay que aprenderla cuanto antes, incluso a pesar de los profesores.
En estos momentos resulta difícil que unas ideas en unos países y otras en otros ayuden a mejorar las relaciones ya de por sí tensas de los agentes implicados cuando asoman por el horizante nuevas reformas con mensajes que, lejos de facilitar la movilidad social de las clases más necesitadas, presentan encefalograma plano. Y lo más grave no es eso, sino que la oposición no tome iniciativas decididas y visibles a favor de cambios que faciliten, por ejemplo, una política agresiva de becas para estudiantes universitarios procedentes de entornos desfavorecidos con deseos de cambiar su destino. Resulta difícil entender también cómo se puede mejorar el status del profesor o del médico en este país cuando no se les reconoce al primero los sexenios de formación y al segundo su carrera professional, o el del
police constable inglés (el policía raso) que lleva esperando cinco años para tener la oportunidad de escender a sargento. Parece que se trate de una nueva forma de entender la mejora del status professional a nivel global. Asistimos, pues, a un paréntesis del sueño americano: aquella ilusión por la que creíamos que con el esfuerzo cualquiera podía triunfar.
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