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El lenguaje de la política como argot

Redacción - Dimarts, 27 de novembre del 2012
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Artículo de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa. La cortesía de muchos políticos está íntimamente relacionada con su tacto o diplomacia. El político juicioso intenta por todos los medios ser discreto, en cuyo caso apenas si abre la boca con el fin de no ofrecer pistas sobre dónde se encuentra o qué piensa, y a menudo huye despavorido de quien le persigue para sonsacarle alguna verdad que anida en su interior. Ser diplomático es ser mago en ocultar la verdad, consciente de que la verdad puede resultar ofensiva al otro o al menos afligirle. Así, no resulta nada extraño que la inmensa mayoría de ciudadanos tenga una sensación creciente de que los políticos hablan un argot que les es completamente incomprensible; porque el argot, al fin y al cabo, es un lenguaje familiar en cuanto a estilo y generalmente restringido a los miembros de un grupo social, en este caso los políticos. Este cripticismo lo asemeja a otros lenguajes marginales como el argot sexual, el de la prostitución, el de la homosexualidad, el de la drogadicción, el de la dipsomanía o el de la germanía. Día tras día algunos políticos parecen decirnos entre dientes: “Ojalá no supiera la mitad de cosas que sé, ya que de esa manera no sería cómplice de esto o de lo otro”. Solo con observar fotos de prensa local, regional, nacional o internacional llegamos a saber mucho más del interior de estos profesionales que lo que realmente puedan manifestar en sus ruedas de prensa con palabras, en la mayoría de ocasiones, plagadas de eufemismos con tal de no herir nuestra susceptibilidad. Ahora, en vez de reconocer con valentía que la situación actual es catastrófica –y si no que se lo pregunten a los que no encuentran trabajo y a quienes no ven de ninguna de las maneras la luz al final del túnel que prometía nuestro mesías nacional–, unas veces nos cuentan que están apareciendo brotes verdes –hasta nuestro rey los ve– no se sabe exactamente dónde, y otras nos alivian con aquello de “lo peor ya ha pasado”. Resulta admirable la forma en que nuestros políticos enmascaran su discurso con tal de que no suframos. Todo menos utilizar un lenguaje claro y directo: “No tenemos idea de cómo dar solución a los problemas desde que en 2007 la peste negra de la crisis económica irrumpiera en nuestras vidas.” Pero siguen empeñados en cautivarnos con la solemnidad de su verbo; buena prueba de ello es que no encontrarán ningún discurso inaugural de ningún presidente de EE.UU. cuya carga de motividad no llegue a tocarnos alguna fibra interior y nos haga vislumbrar un mundo nuevo y salvífico. Y si la situación mejora en algún momento, lo más seguro no es que sea gracias al trabajo de los políticos, sino a que la coyuntura internacional –sea eso lo que fuere– de una vez por todas ha cambiado de dirección y nos trae las tan esperadas vacas gordas. Mientras tanto, lo único que tienen consensuado es no dar mucho la cara por si acaso sufren algún accidente. No es para menos, puesto que la indignación y el descontento social contra tanta medida de austeridad y los recortes educativos y sanitarios van en aumento, pero lo la única verdad palpable es que el termómetro económico no sale de la zona de recesión y la actividad económica está aletargada. Ante esta situación, la diplomacia política es la mejor arma para continuar aferrado a un sillón que, aunque se dice efímero, para algunos se convierte en eterno. Pero la triste realidad la dibujaba El Roto hace unos días con la habitual sabiduría del sagaz Salomón: “Cierran el hospital y nos van a llevar a trabajar a un tanatorio”.  
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