Ismael Ortiz Company, párroco de Santa María.
Ayudar no ha de ser nunca anular o sustituir los recursos y posibilidades que hay en cada persona. Hay una manera de ayudar que deja de ser saludable cuando impide que la persona a la que ayudamos desarrolle las posibilidades y recursos que tiene. Un principio de la ayuda saludable es no hacer nunca lo que el otro puede hacer por sí mismo. La ayuda buena es la que se convierte en empuje y estimulo para que el otro despegue con sus propias posibilidades. Nunca es buena la ayuda que cronifica a la persona en la dependencia.
Pitágoras dijo: “Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no te consideres obligado a llevársela”. Entre otras cosas, porque llevársela, cuando él mismo la puede llevar, es anular las posibilidades de la persona e impedir su crecimiento y promoción. Se trata de ayudar a que el otro sea él mismo, y tome, en todo lo que sea posible, las riendas de su propia vida.
“Mejor dar una caña y enseñar a pescar”, se suele decir cuando nos referimos a una ayuda promocional que no crea dependencias. Los programas de ayuda bien planteados, a pequeña o a gran escala, son aquellos que persiguen la promoción de las personas y de las colectividades. Cuando uno cae en un pozo, necesita una mano amiga para salir del mismo, pero el que está en el pozo tiene que alargar todo lo que pueda su brazo para agarrarse a la mano que se le tiende.
Con toda razón, dice la Didakhé, un texto cristiano primitivo: «Que la limosna sude en tu mano hasta que sepas a quién se la das”. Con ello se nos está diciendo que la ayuda, además de tener corazón, ha de tener una orientación promocional respecto a la persona ayudada. La ayuda será más realista, certera y adecuada cuando parta del necesario conocimiento de la realidad de la persona a la que ayudamos.
Esta filosofía de la ayuda inspira la actuación de instituciones como Manos Unidas, y de otras muchas, en sus múltiples proyectos de promoción. Es un enfoque fundamental para las diferentes profesiones de ayuda, que también debe de estar presente en el ámbito de la familia cuando los padres ejercen como tales en la noble tarea de acompañar y formar a sus hijos.
Ayudar no ha de ser nunca anular o sustituir los recursos y posibilidades que hay en cada persona. Hay una manera de ayudar que deja de ser saludable cuando impide que la persona a la que ayudamos desarrolle las posibilidades y recursos que tiene. Un principio de la ayuda saludable es no hacer nunca lo que el otro puede hacer por sí mismo. La ayuda buena es la que se convierte en empuje y estimulo para que el otro despegue con sus propias posibilidades. Nunca es buena la ayuda que cronifica a la persona en la dependencia.
Pitágoras dijo: “Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no te consideres obligado a llevársela”. Entre otras cosas, porque llevársela, cuando él mismo la puede llevar, es anular las posibilidades de la persona e impedir su crecimiento y promoción. Se trata de ayudar a que el otro sea él mismo, y tome, en todo lo que sea posible, las riendas de su propia vida.
“Mejor dar una caña y enseñar a pescar”, se suele decir cuando nos referimos a una ayuda promocional que no crea dependencias. Los programas de ayuda bien planteados, a pequeña o a gran escala, son aquellos que persiguen la promoción de las personas y de las colectividades. Cuando uno cae en un pozo, necesita una mano amiga para salir del mismo, pero el que está en el pozo tiene que alargar todo lo que pueda su brazo para agarrarse a la mano que se le tiende.
Con toda razón, dice la Didakhé, un texto cristiano primitivo: «Que la limosna sude en tu mano hasta que sepas a quién se la das”. Con ello se nos está diciendo que la ayuda, además de tener corazón, ha de tener una orientación promocional respecto a la persona ayudada. La ayuda será más realista, certera y adecuada cuando parta del necesario conocimiento de la realidad de la persona a la que ayudamos.
Esta filosofía de la ayuda inspira la actuación de instituciones como Manos Unidas, y de otras muchas, en sus múltiples proyectos de promoción. Es un enfoque fundamental para las diferentes profesiones de ayuda, que también debe de estar presente en el ámbito de la familia cuando los padres ejercen como tales en la noble tarea de acompañar y formar a sus hijos.




















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