Artículo de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa
Cuando llega la Navidad siempre me pregunto por el origen de tantas y tantas tradiciones de esta época del año no sólo nuestras, sino también de otros países de nuestro entorno cercano o no tan cercano. Hace años mis alumnos del instituto, al amparo de un programa europeo, investigaron la celebración de la navidad en su propio país y a continuación lo intercambiaron con alumnos de otros países: las luces navideñas, la lotería, la misa de Gallo, los mensajes navideños por parte de los jefes de Estado o de gobierno, las inocentadas, Santa Claus o el Papá Noel, el árbol de navidad, las tarjetas, los lugares de concentración para despedir el año viejo y dar la bienvenida al nuevo, las uvas, la flor de pascua, los villancicos (desde la bonita historia tras el Noche de Paz hasta Rudolfo, el reno de nariz roja), las campanadas de nochevieja, el árbol de navidad, los mercados navideños, la zambomba y la pandereta, los belenes, la carta a los reyes, los regalos, el carbón, las medias de lana, el envío de tropecientos mil mensajes a través del teléfono móvil en los últimos minutos del año, etc.
Sólo me voy a detener en tres: la menguante tradición de las tarjetas de navidad, la creciente colonización de Papá Noel, así como la costumbre de colocar los regalos debajo de un árbol. Es decir, cosas sin demasiada importancia que alguien hizo por primera vez y que después, por el fenómeno de ósmosis, todo el mundo copió y que ya forman parte de nuestras vidas.
La tradición de mandar tarjetas ha caído prácticamente en desuso ante el desplazamiento ocasionado por las nuevas tecnología (recuerden que el penúltimo aviso tuvo lugar a comienzos de los ochenta cuando el vídeo mató a la estrella de la radio); pero conviene recordar que las primeras tarjetas navideñas las mandó en 1843 Sir Henry Cole, jefe a la sazón del museo londinense de Victoria y Alberto. Como estaba demasiado ocupado en su trabajo, un amigo pintor le diseñó una ilustración que representaba una escena familiar festiva con la felicitación por todos conocida: “Feliz Navidad y feliz año nuevo”. Las mil tarjetas impresas por la imprenta fueron la semilla de lo que vendría a continuación y que ha permanecido viva hasta hace poco.
A los niños les encanta Papá Noel, conocido en de todo el mundo como Santa Claus, nombre que evolucionó del apodo neerlandés Sinter Klaas, una forma abreviada de Sint Nikolaas. En Italia lo llaman Babbo Natale, en Noruega Julenisse, en Alemania ni lo intenten, en Grecia Ayos Vasilis, en Portugal Pai Natal, etc. Pero háganme caso: olvídense de las leyendas de San Nicolás de Bari como hombre de bien que socorre a los necesitados, porque ése es sólo el principio de la historia; un dibujante sueco del siglo XIX se encargó de darle la pinta de bonachón con que todos lo conocemos hoy día; eso sí, el toque de sofisticación y, en cualquier caso, la imagen última que tenemos hoy se la debemos desde 1931 a Coca Cola, gracias a la mediación ya saben de qué país. Así que de poco sirve documentarse sobre el origen verdadero de un tema, ya que a la primera vuelta de esquina todo se ha pervertido.
El árbol de Navidad adquirió popularidad en Reino Unido en 1841 cuando el marido de la reina Victoria, el príncipe Alberto hizo transportar a ese país un árbol de Alemania y lo instaló en el castillo de Windsor. Se dice que la estrella de la cima representa la estrella de la natividad de Belén que sirvió de orientación a los Reyes Magos, que en estos momentos de crisis y confusión ya no sabemos si venían de Oriente o de Tartessos. No pierdan de vista nunca la amalgama de leyendas a lo largo del tiempo, y cómo unas culturas toman elementos prestados de otras y se los apropian. Lo que parece que esté totalmente demostrado, siento herir sensibilidades, es que Baltasar, el rey negro, iba detrás de Melchor y Gaspar, ya que la discriminación y el racismo tienen un largo rastro que se pierde en la noche de los tiempos. En Alcoy, donde se celebra la cabalgata de reyes más antigua de España, resulta curiosa la mezcolanza de elementos navideños: reyes, moros y cristianos, Belén de Tirisiti, burritas recogiendo cartas, egipcios, negros (otra vez negros, que casualidad) con escaleras, el tío Piam, etc.
En cualquier caso, cuando me vuelvo niño, permanezco fiel al capazo lleno de paja y algarrobas que los niños de mi niñez preparábamos en los balcones de nuestras casas con el fin de que los caballos de los reyes, exhaustos de repartir juguetes a los niños durante toda la noche, pudieran reponer fuerzas. La inocencia en los ojos de los niños en esa noche mágica es uno de regalos más grandes que podemos tener, sobre todo si nos devuelven un poco de nuestra inocencia perdida. Sólo hay que descubrirla en las calles de Alcoy o en cualquier otro pueblo mirándoles con atención. Las leyendas, no obstante, nos elevan a otras categorías como seres humanos y de tanto en tanto conviene que las consideremos como historias reales porque nos devuelven una sensibilidad, en la mayoría de los casos, ya perdida.
Cuando llega la Navidad siempre me pregunto por el origen de tantas y tantas tradiciones de esta época del año no sólo nuestras, sino también de otros países de nuestro entorno cercano o no tan cercano. Hace años mis alumnos del instituto, al amparo de un programa europeo, investigaron la celebración de la navidad en su propio país y a continuación lo intercambiaron con alumnos de otros países: las luces navideñas, la lotería, la misa de Gallo, los mensajes navideños por parte de los jefes de Estado o de gobierno, las inocentadas, Santa Claus o el Papá Noel, el árbol de navidad, las tarjetas, los lugares de concentración para despedir el año viejo y dar la bienvenida al nuevo, las uvas, la flor de pascua, los villancicos (desde la bonita historia tras el Noche de Paz hasta Rudolfo, el reno de nariz roja), las campanadas de nochevieja, el árbol de navidad, los mercados navideños, la zambomba y la pandereta, los belenes, la carta a los reyes, los regalos, el carbón, las medias de lana, el envío de tropecientos mil mensajes a través del teléfono móvil en los últimos minutos del año, etc.
Sólo me voy a detener en tres: la menguante tradición de las tarjetas de navidad, la creciente colonización de Papá Noel, así como la costumbre de colocar los regalos debajo de un árbol. Es decir, cosas sin demasiada importancia que alguien hizo por primera vez y que después, por el fenómeno de ósmosis, todo el mundo copió y que ya forman parte de nuestras vidas.
La tradición de mandar tarjetas ha caído prácticamente en desuso ante el desplazamiento ocasionado por las nuevas tecnología (recuerden que el penúltimo aviso tuvo lugar a comienzos de los ochenta cuando el vídeo mató a la estrella de la radio); pero conviene recordar que las primeras tarjetas navideñas las mandó en 1843 Sir Henry Cole, jefe a la sazón del museo londinense de Victoria y Alberto. Como estaba demasiado ocupado en su trabajo, un amigo pintor le diseñó una ilustración que representaba una escena familiar festiva con la felicitación por todos conocida: “Feliz Navidad y feliz año nuevo”. Las mil tarjetas impresas por la imprenta fueron la semilla de lo que vendría a continuación y que ha permanecido viva hasta hace poco.
A los niños les encanta Papá Noel, conocido en de todo el mundo como Santa Claus, nombre que evolucionó del apodo neerlandés Sinter Klaas, una forma abreviada de Sint Nikolaas. En Italia lo llaman Babbo Natale, en Noruega Julenisse, en Alemania ni lo intenten, en Grecia Ayos Vasilis, en Portugal Pai Natal, etc. Pero háganme caso: olvídense de las leyendas de San Nicolás de Bari como hombre de bien que socorre a los necesitados, porque ése es sólo el principio de la historia; un dibujante sueco del siglo XIX se encargó de darle la pinta de bonachón con que todos lo conocemos hoy día; eso sí, el toque de sofisticación y, en cualquier caso, la imagen última que tenemos hoy se la debemos desde 1931 a Coca Cola, gracias a la mediación ya saben de qué país. Así que de poco sirve documentarse sobre el origen verdadero de un tema, ya que a la primera vuelta de esquina todo se ha pervertido.
El árbol de Navidad adquirió popularidad en Reino Unido en 1841 cuando el marido de la reina Victoria, el príncipe Alberto hizo transportar a ese país un árbol de Alemania y lo instaló en el castillo de Windsor. Se dice que la estrella de la cima representa la estrella de la natividad de Belén que sirvió de orientación a los Reyes Magos, que en estos momentos de crisis y confusión ya no sabemos si venían de Oriente o de Tartessos. No pierdan de vista nunca la amalgama de leyendas a lo largo del tiempo, y cómo unas culturas toman elementos prestados de otras y se los apropian. Lo que parece que esté totalmente demostrado, siento herir sensibilidades, es que Baltasar, el rey negro, iba detrás de Melchor y Gaspar, ya que la discriminación y el racismo tienen un largo rastro que se pierde en la noche de los tiempos. En Alcoy, donde se celebra la cabalgata de reyes más antigua de España, resulta curiosa la mezcolanza de elementos navideños: reyes, moros y cristianos, Belén de Tirisiti, burritas recogiendo cartas, egipcios, negros (otra vez negros, que casualidad) con escaleras, el tío Piam, etc.
En cualquier caso, cuando me vuelvo niño, permanezco fiel al capazo lleno de paja y algarrobas que los niños de mi niñez preparábamos en los balcones de nuestras casas con el fin de que los caballos de los reyes, exhaustos de repartir juguetes a los niños durante toda la noche, pudieran reponer fuerzas. La inocencia en los ojos de los niños en esa noche mágica es uno de regalos más grandes que podemos tener, sobre todo si nos devuelven un poco de nuestra inocencia perdida. Sólo hay que descubrirla en las calles de Alcoy o en cualquier otro pueblo mirándoles con atención. Las leyendas, no obstante, nos elevan a otras categorías como seres humanos y de tanto en tanto conviene que las consideremos como historias reales porque nos devuelven una sensibilidad, en la mayoría de los casos, ya perdida.





















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