Reflexiones sobre la educación de los adolescentes.
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Manolo Pastor, gerente de Academia Da Vinci[/caption]
Tradicionalmente, se ha definido la adolescencia como un periodo de transición entre la niñez y la madurez. Un periodo de reorganización personal de todo lo vivido hasta ese momento, de turbulencia y de descubrimiento; de movimientos hacia una nueva identidad y de un nuevo conocimiento de uno mismo.
Generalmente, al preguntar a los padres por las características que definen esta época en la vida de sus hijos, se suele decir que los adolescentes son rebeldes, desordenados y exagerados, que no respetan la autoridad, que son muy amigos de sus amigos, son demasiado susceptibles, con cambios de humor exacerbados, etc…. Y se suele, al mismo tiempo, tratar al adolescente como un “bicho raro”, casi como un extraterrestre venido de otro planeta. Es entonces cuando viene la pregunta del millón:
¿Acaso usted, señor/a padre/madre, nunca, en su vida adulta, ha sido rebelde, exagerado o demasiado susceptible?, ¿No tiene usted cambios de humor?, ¿No es usted muy amigo de sus amigos? ¿Me dice usted que siempre, absolutamente siempre, respeta la autoridad?...
Parece evidente que la respuesta a todas las preguntas formuladas es que NO. Las características que nos sirve para definir a los adolescentes también sirven para definir a los adultos. Los rasgos de un adolescente, lo que nos sirve para definirlo, también sirve para definirnos a nosotros “los adultos”, entre otras cosas, porque son características que definen a las personas de cualquier territorio, sociedad, cultura o país. Es condición humana, simplemente.
Entonces, ¿dónde está la diferencia entre un adolescente y una persona adulta? La respuesta está en el grado, en la medida, en el matiz, en la cantidad. En definitiva, en la madurez. Un adolescente no deja de ser una persona exactamente igual que usted ó yo. La diferencia es que usted, como ha tenido la oportunidad de ver de todo, como tiene ya las espaldas anchas, SABE MEDIR. Ellos, sin embargo, todavía no tienen herramientas psicológicas para medir sus sentimientos. Por eso, en la adolescencia se exagera, no se matiza y todo, o se hace al 100% o no se hace. No hay medias tintas. Esa es la diferencia entre un adolescente y usted.
A partir de ahora, querido padre y querida madre, piense que su hijo adolescente no es un bicho raro ni un extraterrestre, piense que siente y padece como usted y que usted no es tan distinto a él o a ella. Piense que sus reacciones y las de usted no son diferentes. La única diferencia entre sus sentimientos y los de su hijo o los de su hija están en la intensidad de los mismos. Sólo eso.
El primer paso para educar, formar y entender a un adolescente no pasa por que usted sea su enemigo. No pasa, en ningún caso por “tu obedeces y yo mando”.
La próxima semana, seguiremos reflexionando sobre este mundo sin fin al que llamamos adolescencia.
Manolo Pastor, gerente de Academia Da Vinci
Manolo Pastor, gerente de Academia Da Vinci[/caption]
Tradicionalmente, se ha definido la adolescencia como un periodo de transición entre la niñez y la madurez. Un periodo de reorganización personal de todo lo vivido hasta ese momento, de turbulencia y de descubrimiento; de movimientos hacia una nueva identidad y de un nuevo conocimiento de uno mismo.
Generalmente, al preguntar a los padres por las características que definen esta época en la vida de sus hijos, se suele decir que los adolescentes son rebeldes, desordenados y exagerados, que no respetan la autoridad, que son muy amigos de sus amigos, son demasiado susceptibles, con cambios de humor exacerbados, etc…. Y se suele, al mismo tiempo, tratar al adolescente como un “bicho raro”, casi como un extraterrestre venido de otro planeta. Es entonces cuando viene la pregunta del millón:
¿Acaso usted, señor/a padre/madre, nunca, en su vida adulta, ha sido rebelde, exagerado o demasiado susceptible?, ¿No tiene usted cambios de humor?, ¿No es usted muy amigo de sus amigos? ¿Me dice usted que siempre, absolutamente siempre, respeta la autoridad?...
Parece evidente que la respuesta a todas las preguntas formuladas es que NO. Las características que nos sirve para definir a los adolescentes también sirven para definir a los adultos. Los rasgos de un adolescente, lo que nos sirve para definirlo, también sirve para definirnos a nosotros “los adultos”, entre otras cosas, porque son características que definen a las personas de cualquier territorio, sociedad, cultura o país. Es condición humana, simplemente.
Entonces, ¿dónde está la diferencia entre un adolescente y una persona adulta? La respuesta está en el grado, en la medida, en el matiz, en la cantidad. En definitiva, en la madurez. Un adolescente no deja de ser una persona exactamente igual que usted ó yo. La diferencia es que usted, como ha tenido la oportunidad de ver de todo, como tiene ya las espaldas anchas, SABE MEDIR. Ellos, sin embargo, todavía no tienen herramientas psicológicas para medir sus sentimientos. Por eso, en la adolescencia se exagera, no se matiza y todo, o se hace al 100% o no se hace. No hay medias tintas. Esa es la diferencia entre un adolescente y usted.
A partir de ahora, querido padre y querida madre, piense que su hijo adolescente no es un bicho raro ni un extraterrestre, piense que siente y padece como usted y que usted no es tan distinto a él o a ella. Piense que sus reacciones y las de usted no son diferentes. La única diferencia entre sus sentimientos y los de su hijo o los de su hija están en la intensidad de los mismos. Sólo eso.
El primer paso para educar, formar y entender a un adolescente no pasa por que usted sea su enemigo. No pasa, en ningún caso por “tu obedeces y yo mando”.
La próxima semana, seguiremos reflexionando sobre este mundo sin fin al que llamamos adolescencia.
Manolo Pastor, gerente de Academia Da Vinci



















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