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Generación chav

Redacción - Miércoles, 06 de Febrero de 2013
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Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa. Como a esto esto no se le ve solución, al menos a corto plazo (y todo el mundo sabe perfectamente a qué sustituye ese pronombre demostrativo, paradigma de las categorías deícticas), ha llegado el momento de centrar nuestra atención en las consecuencias, no sé si a corto o a largo plazo, de todo lo que subyace detrás del “esto” y de su discurso de runrún día tras día, del que empezamos a estar hastiados. La primera consecuencia, y hoy solo me centraré en esa (de trasfondo apocalíptico, lamento decirlo), será la aparición de una nueva generación de jóvenes iracundos, semejante a la surgida en Reino Unido en los años sesenta y setenta del siglo XX, que plantó cara con rebeldía al establishment con su particular grito de “basta ya”. El caldo de cultivo que se ha ido gestando a lo largo de los últimos años presagia un escenario que no difiere mucho de aquel. Como no soy sociólogo ni adivino, ignoro si va se va consolidar un nuevo movimiento, una corriente juvenil, una generación literaria o una nueva movida madrileña de tintes más funestos. Quién sabe si incluso ya se está gestando mientras escribo estas líneas. Lo que sí sabemos es que la antorcha de Prometeo hizo su aparición con los acontecimientos de la primavera árabe, del movimiento 15–M y del verano caliente inglés de 2011. Fueron indicios, de eso no cabe duda. Así, todo lo que pueda suceder en el futuro es la respuesta al estímulo que este particular perro de Pavlov, que es la sociedad actual, lleva soportando desde hace un tiempo y que nadie sabe muy bien cuánto va a durar antes de que finalmente explote. Porque una cosa está clara: a estas alturas ya no nos fiamos de quien articula metafóricamente el discurso político en beneficio propio del mismo modo que quien duerme a un niño con el sonsonete de un cuento tradicional simplemente con el fin de poder descansar tranquilamente a continuación. Nuestra sociedad está cansada de engaños, y lo que está apareciendo es una generación de rebeldes e inadaptados que pronto será patrimonio de varios países: jóvenes sin mochila ideológica que sólo tienen fe en sus smartphones, que desconfian con toda razón de las instituciones y en el futuro que sus padres, con buena voluntad, habían diseñado para ellos y que consistía en formarse sin saber muy bien para qué, pedir préstamos, hipotecarse, reproducirse y morir. Hablamos de una generación que no tiene ninguna intención de integrarse en el modelo de sociedad que aparece diariamente en las portadas de los diarios, de una legión de fracasados que trata de enfrentarse con la adversidad diaria sin apenas instrumentos a su alcance, de todos aquellos desmoralizados que de la noche a la mañana cambian de actitud ante la vida, hartos de un mundo hostil cuyo único modelo a seguir es el de la corrupción. El escenario aquí es el mismo que hace cincuenta años en Reino Unido; solo que la indumentaria se ha sofisticado con el paso del tiempo: los pantalones de franela de los sesenta han sido reemplazados por la ropa y chándals con capucha de marca, gorras de béisbol, zapatillas deportivas blancas, tatuajes, cadenas y anillos de oro y escupitajos por la calle. Sus pasatiempos preferidos consistes en robar coches, quemar contenedores y fumar algún porro de tanto en tanto. La violencia como norma de conducta va ser el nuevo lenguaje de negociación. Una subclase de delincuentes sin formación (los escoceses los llaman neds: non educated delinquents; otros los llaman scallies, kevs, o asbos: anti–social behaviour order) está haciendo su aparición y a las señas de identidad apuntadas cabe añadir su placer por causar la anarquía callejera. De entre todas estas tribus urbanas los chavs van ganando territorios en el sur de Inglaterra. Ya se sabe lo que sucede con los regueros de pólvora. No todos, por desgracia, ven luz al final del túnel, ni brotes verdes en los recodos del camino.
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