Artículo de opinión de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en filología inglesa.
Esta vez no se me ha escapado. Hacía tiempo que perseguía pescar algún palabro en el mar revuelto del discurso político y por fin lo he conseguido. Y además lo tengo documentado. Seguramente alguien se me habrá adelantado, pero no me importa. Me estoy refiriendo a la palabra emprendimiento, que desde hace algún tiempo se ha puesto en circulación para ver si cuaja y algún lexicógrafo la presenta a la RAE, para finalmente icluirla en la que parece va a ser la última edición en papel del Diccionario, en 2014.
Los padrinos de la nueva lexía por mí detectada han sido, en primer lugar, la consellera de Educación de la Comunidad Valenciana, María José Catalá (4 de diciembre de 2012 a las 23:28 en RNE), seguida de la ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Bañez (el 28 de enero de este año, a las 20:08); y por último, Mariano Rajoy en el transcurso de su primer debate del Estado de la Nación como presidente del Gobierno (20 de febrero, a las 12:48 horas).
Una vez realizada la tarea de documentación, pasemos a la de valoración. No sé si a ustedes les sucederá lo que a mí, que tengo la impresión de que cuando algo no acaba de arrancar, cual es el caso de la creación de empleo, sobre todo el primer empleo para los jóvenes en edad de incorporarse al mundo del trabajo, aparece entonces el Estado –en manos del Gobierno que cada cierto tiempo democráticamente elegimos– y lanza un concurso de ideas para que cada cual se las arregle como pueda. En este caso, vista la incapacidad manifiesta del sistema que tenemos para crear empleo, al Estado se le ocurre que nos inventemos nosotros mismos nuestros empleos: el que más nos guste, con tal que sea económicamente sostenible. El mensaje esta vez es el siguiente: “Espabilen ustedes. Y no estén todo el día con los brazos cruzados. Arriésguense a hacer algo, a ver qué pasa. Y si tenemos fondos, recibirán alguna subvención, pero no les podemos prometer nada.”
Hace escasamente dos semanas en un país europeo que va por delante de nosotros en todo, empleo y medallas olímpicas incluidas, oí de boca de un líder político lo siguiente: “Los mayores de sesenta años deberían volver a la universidad a reciclarse, pues hay que trabajar mucho más antes de la jubilación”. A continuación de esta declaración de intenciones, otro ministro añadió que el éxito del futuro económico de un país dependerá a corto plazo de las destrezas y las aportaciones de los trabajadores más mayores. En una palabra: de su experiencia previa.
Me volví corriendo a mi país, realmente asustado. Si esa es la forma de fomentar empleo para quienes aún no lo han encontrado, lo tienen claro. Lo que en verdad se temen, en todas partes, es que dentro de veinte años el creciente colectivo de jubilados se convierta en una carga insostenible para los contribuyentes, a no ser que la gente en edad de pensar en la jubilación, tenga que cambiar de opinión y alargar su vida laboral. Pero una cosa es cierta: ningún líder político de ningún país sabe a qué edad se podrá jubilar quien en estos momentos tiene treinta años y tiene la suerte de estar trabajando. Nada de universidades seniors con visitas culturales; lo que quieren es que este colectivo se recicle y continúe produciendo hasta la muerte bajo el pretexto envenenado de que mediante esa estrategia se crea “un modelo más saludable” (una forma eufemística muy manida para hacernos creer que el trabajo es bueno para la salud).
A esta alturas, como aditamento cultural, está bien saber que los protestantes tienen una ética muy diferente a la nuestra y que, en su concepción del mundo y de la vida, el trabajo dignifica al hombre y todo eso; pero nosotros somos de tradición católica, donde el trabajo se entiende como una maldición divina y, además, nuestro ADN cultural lleva una impronta hedonista de la que es imposible deshacernos y a la que, para colmo, se le une la doble moral a la que ya estamos acostumbrados con casos y más casos de corrupción y de fraude fiscal.
Nadie está en contra del aprendizaje permanente a lo largo de toda la vida, pero a ciertas edades, al menos, se debería dar total libertad para aprender lo que a uno le apetezca, si es que esta ocupación mantiene a raya de algún modo las enfermedades degenerativas. Me parece fenomenal que los mayores de sesenta años se matriculen en cursos con objetivos recreativos, pero de ahí a que se tenga intención de reincorporarlos al mundo laboral hay un abismo. Cualquier persona tiene derecho a descubrir el mundo del arte, de la literatura o del cine a esas edades. Bueno, y si además le conceden una beca para esto, no cabe la menor duda de que el nivel cultural del país crecerá mucho más que si se les aparca en bares a jugar a cartas o al dominó, con todos mis respetos a quienes practiquen estos esparcimientos que, por cirto, también desarrollan habilidades sociales mentales.
En un país como Inglaterra donde la matrícula universitaria ronda este curso este año la friolera cifra de 9.000 libras esterlinas y en donde los estudiantes sólo tienen que devolver los préstamos que solicitan, una vez se han graduado y si encuentran trabajo con un salario de más de 21.000 libras, puede que esto no represente ningún problema especial. Además, como las pensiones medias se sitúan alrededor de 15.300 libras al año, resulta improbable que tengan que devolver el dinero que se les concede para matricularse en un curso universitario. ¿Considerarían ustedes una buena inversión invertir 27.000 libras para un grado universitario de tres cursos? ¿Sienten ustedes la tentación de pisar un campus repleto de jóvenes a esa edad? No hace falta decir que los pensionistas de ese país prefieren también ir a pasear el perro, porque existe también un tipo de discriminación por edad, que los líderes políticos no parecen haber tenido en cuenta: el encontrarse fuera de lugar. Además, ¿quién está interesado en contratar a alguien de 60 o 65 años? La buena cuestión es que en 2028 la edad de jubilación habrá alcanzado el listón de los 67 años, de modo que hay que ir ensayando estrategias para los que está a la vuelta de le esquina.
Resulta curioso la forma en que se entiende la cultura del emprendimiento, tan en boga ahora, en diferentes países.
Esta vez no se me ha escapado. Hacía tiempo que perseguía pescar algún palabro en el mar revuelto del discurso político y por fin lo he conseguido. Y además lo tengo documentado. Seguramente alguien se me habrá adelantado, pero no me importa. Me estoy refiriendo a la palabra emprendimiento, que desde hace algún tiempo se ha puesto en circulación para ver si cuaja y algún lexicógrafo la presenta a la RAE, para finalmente icluirla en la que parece va a ser la última edición en papel del Diccionario, en 2014.
Los padrinos de la nueva lexía por mí detectada han sido, en primer lugar, la consellera de Educación de la Comunidad Valenciana, María José Catalá (4 de diciembre de 2012 a las 23:28 en RNE), seguida de la ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Bañez (el 28 de enero de este año, a las 20:08); y por último, Mariano Rajoy en el transcurso de su primer debate del Estado de la Nación como presidente del Gobierno (20 de febrero, a las 12:48 horas).
Una vez realizada la tarea de documentación, pasemos a la de valoración. No sé si a ustedes les sucederá lo que a mí, que tengo la impresión de que cuando algo no acaba de arrancar, cual es el caso de la creación de empleo, sobre todo el primer empleo para los jóvenes en edad de incorporarse al mundo del trabajo, aparece entonces el Estado –en manos del Gobierno que cada cierto tiempo democráticamente elegimos– y lanza un concurso de ideas para que cada cual se las arregle como pueda. En este caso, vista la incapacidad manifiesta del sistema que tenemos para crear empleo, al Estado se le ocurre que nos inventemos nosotros mismos nuestros empleos: el que más nos guste, con tal que sea económicamente sostenible. El mensaje esta vez es el siguiente: “Espabilen ustedes. Y no estén todo el día con los brazos cruzados. Arriésguense a hacer algo, a ver qué pasa. Y si tenemos fondos, recibirán alguna subvención, pero no les podemos prometer nada.”
Hace escasamente dos semanas en un país europeo que va por delante de nosotros en todo, empleo y medallas olímpicas incluidas, oí de boca de un líder político lo siguiente: “Los mayores de sesenta años deberían volver a la universidad a reciclarse, pues hay que trabajar mucho más antes de la jubilación”. A continuación de esta declaración de intenciones, otro ministro añadió que el éxito del futuro económico de un país dependerá a corto plazo de las destrezas y las aportaciones de los trabajadores más mayores. En una palabra: de su experiencia previa.
Me volví corriendo a mi país, realmente asustado. Si esa es la forma de fomentar empleo para quienes aún no lo han encontrado, lo tienen claro. Lo que en verdad se temen, en todas partes, es que dentro de veinte años el creciente colectivo de jubilados se convierta en una carga insostenible para los contribuyentes, a no ser que la gente en edad de pensar en la jubilación, tenga que cambiar de opinión y alargar su vida laboral. Pero una cosa es cierta: ningún líder político de ningún país sabe a qué edad se podrá jubilar quien en estos momentos tiene treinta años y tiene la suerte de estar trabajando. Nada de universidades seniors con visitas culturales; lo que quieren es que este colectivo se recicle y continúe produciendo hasta la muerte bajo el pretexto envenenado de que mediante esa estrategia se crea “un modelo más saludable” (una forma eufemística muy manida para hacernos creer que el trabajo es bueno para la salud).
A esta alturas, como aditamento cultural, está bien saber que los protestantes tienen una ética muy diferente a la nuestra y que, en su concepción del mundo y de la vida, el trabajo dignifica al hombre y todo eso; pero nosotros somos de tradición católica, donde el trabajo se entiende como una maldición divina y, además, nuestro ADN cultural lleva una impronta hedonista de la que es imposible deshacernos y a la que, para colmo, se le une la doble moral a la que ya estamos acostumbrados con casos y más casos de corrupción y de fraude fiscal.
Nadie está en contra del aprendizaje permanente a lo largo de toda la vida, pero a ciertas edades, al menos, se debería dar total libertad para aprender lo que a uno le apetezca, si es que esta ocupación mantiene a raya de algún modo las enfermedades degenerativas. Me parece fenomenal que los mayores de sesenta años se matriculen en cursos con objetivos recreativos, pero de ahí a que se tenga intención de reincorporarlos al mundo laboral hay un abismo. Cualquier persona tiene derecho a descubrir el mundo del arte, de la literatura o del cine a esas edades. Bueno, y si además le conceden una beca para esto, no cabe la menor duda de que el nivel cultural del país crecerá mucho más que si se les aparca en bares a jugar a cartas o al dominó, con todos mis respetos a quienes practiquen estos esparcimientos que, por cirto, también desarrollan habilidades sociales mentales.
En un país como Inglaterra donde la matrícula universitaria ronda este curso este año la friolera cifra de 9.000 libras esterlinas y en donde los estudiantes sólo tienen que devolver los préstamos que solicitan, una vez se han graduado y si encuentran trabajo con un salario de más de 21.000 libras, puede que esto no represente ningún problema especial. Además, como las pensiones medias se sitúan alrededor de 15.300 libras al año, resulta improbable que tengan que devolver el dinero que se les concede para matricularse en un curso universitario. ¿Considerarían ustedes una buena inversión invertir 27.000 libras para un grado universitario de tres cursos? ¿Sienten ustedes la tentación de pisar un campus repleto de jóvenes a esa edad? No hace falta decir que los pensionistas de ese país prefieren también ir a pasear el perro, porque existe también un tipo de discriminación por edad, que los líderes políticos no parecen haber tenido en cuenta: el encontrarse fuera de lugar. Además, ¿quién está interesado en contratar a alguien de 60 o 65 años? La buena cuestión es que en 2028 la edad de jubilación habrá alcanzado el listón de los 67 años, de modo que hay que ir ensayando estrategias para los que está a la vuelta de le esquina.
Resulta curioso la forma en que se entiende la cultura del emprendimiento, tan en boga ahora, en diferentes países.





















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