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Habemus Papam humanum atque non divinum

Redacción - Diumenge, 17 de Març del 2013
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Artículo de opinión de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa. Mientras repasaba y ordenaba los conocimientos adquiridos desde la renuncia de Benedicto XVI, entre ellos el vocabulario pasivo que se vuelve activo durante unas semanas —Vatileaks, cuervos, congregaciones generales, dicasterios, prefectos, prelaturas, curia, camarlengo, extra omnes, protodiácono y muchas otras—, me he enterado de la fumata blanca y de la elección del papa Francisco, jesuita y argentino. Desde Pío XII tengo a los papas ubicados en algún rincón de mi cerebro, a todos menos a Benedicto XVI, cuya elección me cogió en un país ortodoxo; el escándalo de la pederastia sacerdotal, en la católica Irlanda; el traspié de equiparar Islam con vilencia, en un país donde el 99% es musulmán; y, por último, su reciente renuncia en un país protestante. Sin embargo, el gesto de la renuncia al ministerio de obispo de Roma lo sitúa en un lugar excepcional e inaudito. No renuncia al sacerdocio (“Tu es sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech”), sino al pontificado, seguramente teniendo presente la larga agonía de su antecesor, tan difícil de olvidar. Al nuevo papa lo recordaré, en primer lugar, por la hora larga de espera en conocer su identidad. He de reconocer también que el guiño a san Francisco me ha gustado, como también el gesto de la doble petición de rezar por él, de rezar el papa anterior y todos los demás rezos. Ya sabemos que se hace la comida, que coge el autobús y va en metro, que visita a los enfermos en los hospitales e incluso que no vive en ningún palacio arzobispal, todo lo cual lo hace humano. Una vez acabadas las oraciones preceptivas de estos días, la Iglesia global le va a pedir acciones. Una cosa está al menos clara: el cardenal Bergoglio ya no pescará en las aguas argentinas, ni tampoco sabemos cuándo volverá a su tierra, puesto que ahora su reto es el agitado mar global y los rebaños internacionales revueltos. Y como somos humanos y malvados, pasado mañana ya se estará investigando dónde se encontraba y qué hacía día a día durante la dictadura argentina. Bueno. El misterio encerrará eternamente todo lo que sucede en el Vaticano. Existe un pacto ancestral de guardar silencio ante la corrupción, las intrigas y las conspiraciones. Son liturgias aprendidas y transmitidas de generación en generación que impiden que trasciendan incluso al segundo escalafón, y no digamos ya a los curas de pueblo. Los cardenales están donde están para poner cada cosa en su sitio: la píldora, el preservativo, el matrimonio homosexual, el aborto, la educación y cualquier otra cosa que se nos pueda ocurrir a los humanos. Están elegidos a conciencia para evitar que la Iglesia resbale si intenta avanzar un milímetro. Cada nuevo papa aprende de los errores del anterior, los medita y los interioriza. Esa era mi lectura de lo que pasaría por su cabeza mientras, con rostro más bien hierático, hacía su primera aparición en el balcón ante los fieles. Seguramente, junto a los problemas apuntados, el papa veía en la distancia otros que asomaban al final de la plaza de San Pedro: ¿mujeres y homosexuales en la Iglesia?, ¿celibato opcional?, ¿preservativos para evitar el SIDA?, ¿laicismo y modernidad?, ¿tantos jabalíes en la viña del Señor y tan pocos jornaleros jóvenes?, ¿más pecados mortales además de los de la riqueza, la genética, las drogas y los atentados contra el medio ambiente? Y creo que también vió la sombra de Benedicto XVI, con gesto cansado y abatido, el día que recogía las redes en aguas turbulentas y rumiaba para sí cabizbajo “Per totam noctem laborantes et nihil coepimus” y al pastor que en medio de una manada de lobos, dejaba al rebaño solo. Creo sinceramente que miraba en esa dirección—ni más ni menos que la que señala la sociedad—, aun cuando a muchos cardenales les habría gustado que mirara al otro lado.  
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