Artículo de opinión de Ximo Llorens, periodista.
El título de este artículo es un plagio. No es mío. Es de Kenneth O’Toole, un novelista fallecido que no va a reclamarme nada. Ni creo que sus herederos tampoco. Pero he preferido la opción del plagio a cualquier pobre invención mía porque no se me ocurre un título mejor para definir lo que se desata en esta ciudad cada 1 de abril por la tarde, a las puertas del Ayuntamiento.
El mérito es de Sanus, el alcalde a quien se le ocurrió esta iniciativa que ya es del todo imprescindible para arrancar el mes de abril con la hoguera encendida. Es divertido, no me lo negarán, porque da pie a las discusiones, a las opiniones enfrentadas, a la polémica viva, y también a la conjura anual de los necios de este pueblo. No llamo necios a quienes disienten o critican el cartel de fiestas desde la sana exposición de su punto de vista, sino a toda esa sarta de energúmenos que aprovechando el carácter de ‘dominio público’ del cartel sueltan toda su bilis, toda su envidia, toda su ira, toda su memez y toda su gilipollez infinita. Llamo necios a esos que al hilo del cartel se comportan como los hinchas descerebrados en cualquier campo de fútbol, Collao incluido, que consideran al árbitro o al rival como ‘dominio público’ hasta el punto de que si no lo linchan es porque no les dejan. No estoy llamando necios a quienes toman el cartel y lo reelaboran caricaturizándolo y colgándolo en el ciberespacio; eso, lo agradece hasta el mismo artista, lo puedo asegurar. Para ellos, los artistas, ver su obra vuelta chiste gráfico es divertido, no hiriente. Ni llamo tampoco necios a quienes están acusando a Paco Grau de haber utilizado una fotografía suya no inédita como punto de partida para su cartel. Estos, descalifican el resultado final por muy bien hecho que esté al considerar que la imagen debería ser completamente original, nueva. Bien. Es un argumento manifestado desde la honestidad en la opinión, y por ahí vamos estupendamente. La discusión y el debate siempre serán instructivos y edificantes.
En mi opinión, si aceptamos ese argumento tendremos que descalificar casi todos los carteles de fiestas, porque todos son esencialmente plagio de la propia fiesta. No nos la cojamos con papel de fumar a estas horas, por favor. Los críticos bienintencionados llaman plagio a lo que es en realidad, referencia. Estamos hablando de cartelismo, ¿no? Antoni Miró tomó como referencia una tabla medieval que se conserva en el Victoria & Albert Museum de Londres para su cartel; Rafael Armengol tomó como referencia una fotografía del mismísimo Paco Grau para hacer el suyo, ¿lo recuerdan?, aquel cartel de un moro y un cristiano que podía verse con gafas 3D, y por cierto, ni a Armengol se le ocurrió pedir permiso a Grau para usar su foto, ni a Grau le importó lo más mínimo que no lo hiciera. Al contrario. Nunca me lo ha dicho, pero supongo que se sentiría halagado. El escudo hiperrealista de Heras también era una referencia sacada de una imagen de nuestra fiesta, y ¿qué quieren que les diga de la coraza de Juana de Arco que pintó Ignacio Trelis?, por tamaña herejía hubo quien quiso quemarle en la Plaça de Dins con pólvora del Alardo. Y etcétera etcétera etcétera. Cuando le encargan a un artista un cartel no es en modo alguno extraño que repase la iconografía festera, y no para buscar el plagio, sino para llenarse la cabeza de imágenes e ideas. La sencilla y profunda imagen del cartel de Genovès la hemos visto todos desde los balcones, y sin embargo, Genovès también se ‘plagió’ a sí mismo porque el artista valenciano tiene unos trescientos cuadros ‘más o menos iguales’, de gente como hormiguitas agolpándose, manifestándose, o huyendo. Pero cuando se colgó el cartel de Genovès los necios no le acusaron de plagio, aunque claro, esos necios a los que me refiero no habían visto en su vida una obra de Genovès, sería pedirles demasiado.
La importancia que le da Paco Grau al hecho de que la imagen ya haya sido publicada es exactamente ninguna. Él llega a la conclusión de que esa imagen es la que le sirve –e inéditas ha de tener unos cuantos miles- por una serie de razones y circunstancias que la hacen ideal para su propósito. El encuadre limpio, la relevancia del metal, la mirada del adolescente y la calidad técnica de la toma, entre muchísimas otras. Pensar que un fotógrafo al cual se le encarga el cartel se va a limitar a ampliar una foto ya hecha es de ingenuos. Y si el fotógrafo lo hiciera, el primer ingenuo sería él. Para eso no es necesario encargar a un fotógrafo el cartel. En l’Associació debe haber unos cuantos millones de fotos festeras que podrían ser carteles. Es tan sencillo como repasar el archivo, y sin emplear demasiado tiempo en la elección además. Esa imagen de Paco Grau ya utilizada, y expuesta a la vista de todos en el zaguán del Ayuntamiento señalando cuándo y dónde se publicó, no era más que el campo de labranza de lo que quería hacer. También hay quien mete el tema de los honorarios acusándole de que se ha embolsado una pasta con una foto ya explotada comercialmente. A estos sólo puedo decirles, me crean o no, que conociendo a Paco Grau ya les digo de antemano que se habrá gastado más dinero con el cartel de lo que le ha presupuestado el Ayuntamiento. Siempre hace lo mismo.
Y esto es a vuela pluma lo que les diría a los críticos bienintencionados. Pero a esa jauría de necios conjurados, inflamados, indignados, encendidos, que le llaman sinvergüenza, o ladrón, o cara dura, a esos, les diría otra cosa. Les diría que manifiestan claramente lo pésimo de este pueblo: señalan al malintencionado y al ignorante más supino. Y no sé qué es peor, la verdad. Aunque al malintencionado le puedes desenmascarar, pero ante el ignorante más supino, es decir, al burro, frente a ese es que no se puede hacer nada, sólo desesperarse. Y sufrirlo.
El título de este artículo es un plagio. No es mío. Es de Kenneth O’Toole, un novelista fallecido que no va a reclamarme nada. Ni creo que sus herederos tampoco. Pero he preferido la opción del plagio a cualquier pobre invención mía porque no se me ocurre un título mejor para definir lo que se desata en esta ciudad cada 1 de abril por la tarde, a las puertas del Ayuntamiento.
El mérito es de Sanus, el alcalde a quien se le ocurrió esta iniciativa que ya es del todo imprescindible para arrancar el mes de abril con la hoguera encendida. Es divertido, no me lo negarán, porque da pie a las discusiones, a las opiniones enfrentadas, a la polémica viva, y también a la conjura anual de los necios de este pueblo. No llamo necios a quienes disienten o critican el cartel de fiestas desde la sana exposición de su punto de vista, sino a toda esa sarta de energúmenos que aprovechando el carácter de ‘dominio público’ del cartel sueltan toda su bilis, toda su envidia, toda su ira, toda su memez y toda su gilipollez infinita. Llamo necios a esos que al hilo del cartel se comportan como los hinchas descerebrados en cualquier campo de fútbol, Collao incluido, que consideran al árbitro o al rival como ‘dominio público’ hasta el punto de que si no lo linchan es porque no les dejan. No estoy llamando necios a quienes toman el cartel y lo reelaboran caricaturizándolo y colgándolo en el ciberespacio; eso, lo agradece hasta el mismo artista, lo puedo asegurar. Para ellos, los artistas, ver su obra vuelta chiste gráfico es divertido, no hiriente. Ni llamo tampoco necios a quienes están acusando a Paco Grau de haber utilizado una fotografía suya no inédita como punto de partida para su cartel. Estos, descalifican el resultado final por muy bien hecho que esté al considerar que la imagen debería ser completamente original, nueva. Bien. Es un argumento manifestado desde la honestidad en la opinión, y por ahí vamos estupendamente. La discusión y el debate siempre serán instructivos y edificantes.
En mi opinión, si aceptamos ese argumento tendremos que descalificar casi todos los carteles de fiestas, porque todos son esencialmente plagio de la propia fiesta. No nos la cojamos con papel de fumar a estas horas, por favor. Los críticos bienintencionados llaman plagio a lo que es en realidad, referencia. Estamos hablando de cartelismo, ¿no? Antoni Miró tomó como referencia una tabla medieval que se conserva en el Victoria & Albert Museum de Londres para su cartel; Rafael Armengol tomó como referencia una fotografía del mismísimo Paco Grau para hacer el suyo, ¿lo recuerdan?, aquel cartel de un moro y un cristiano que podía verse con gafas 3D, y por cierto, ni a Armengol se le ocurrió pedir permiso a Grau para usar su foto, ni a Grau le importó lo más mínimo que no lo hiciera. Al contrario. Nunca me lo ha dicho, pero supongo que se sentiría halagado. El escudo hiperrealista de Heras también era una referencia sacada de una imagen de nuestra fiesta, y ¿qué quieren que les diga de la coraza de Juana de Arco que pintó Ignacio Trelis?, por tamaña herejía hubo quien quiso quemarle en la Plaça de Dins con pólvora del Alardo. Y etcétera etcétera etcétera. Cuando le encargan a un artista un cartel no es en modo alguno extraño que repase la iconografía festera, y no para buscar el plagio, sino para llenarse la cabeza de imágenes e ideas. La sencilla y profunda imagen del cartel de Genovès la hemos visto todos desde los balcones, y sin embargo, Genovès también se ‘plagió’ a sí mismo porque el artista valenciano tiene unos trescientos cuadros ‘más o menos iguales’, de gente como hormiguitas agolpándose, manifestándose, o huyendo. Pero cuando se colgó el cartel de Genovès los necios no le acusaron de plagio, aunque claro, esos necios a los que me refiero no habían visto en su vida una obra de Genovès, sería pedirles demasiado.
La importancia que le da Paco Grau al hecho de que la imagen ya haya sido publicada es exactamente ninguna. Él llega a la conclusión de que esa imagen es la que le sirve –e inéditas ha de tener unos cuantos miles- por una serie de razones y circunstancias que la hacen ideal para su propósito. El encuadre limpio, la relevancia del metal, la mirada del adolescente y la calidad técnica de la toma, entre muchísimas otras. Pensar que un fotógrafo al cual se le encarga el cartel se va a limitar a ampliar una foto ya hecha es de ingenuos. Y si el fotógrafo lo hiciera, el primer ingenuo sería él. Para eso no es necesario encargar a un fotógrafo el cartel. En l’Associació debe haber unos cuantos millones de fotos festeras que podrían ser carteles. Es tan sencillo como repasar el archivo, y sin emplear demasiado tiempo en la elección además. Esa imagen de Paco Grau ya utilizada, y expuesta a la vista de todos en el zaguán del Ayuntamiento señalando cuándo y dónde se publicó, no era más que el campo de labranza de lo que quería hacer. También hay quien mete el tema de los honorarios acusándole de que se ha embolsado una pasta con una foto ya explotada comercialmente. A estos sólo puedo decirles, me crean o no, que conociendo a Paco Grau ya les digo de antemano que se habrá gastado más dinero con el cartel de lo que le ha presupuestado el Ayuntamiento. Siempre hace lo mismo.
Y esto es a vuela pluma lo que les diría a los críticos bienintencionados. Pero a esa jauría de necios conjurados, inflamados, indignados, encendidos, que le llaman sinvergüenza, o ladrón, o cara dura, a esos, les diría otra cosa. Les diría que manifiestan claramente lo pésimo de este pueblo: señalan al malintencionado y al ignorante más supino. Y no sé qué es peor, la verdad. Aunque al malintencionado le puedes desenmascarar, pero ante el ignorante más supino, es decir, al burro, frente a ese es que no se puede hacer nada, sólo desesperarse. Y sufrirlo.




















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