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De la euforia a la melancolía

Redacción - Dilluns, 24 de Juny del 2013
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Artículo de opinión de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en filología inglesa. En apenas veinte años el termómetro del optimismo nacional se ha desplomado. Si, a raíz de los fastos acaecidos en 1992, este país estaba orgulloso de ser quien era, habiendo pasado página a la noche oscura del franquismo y atravesado el peregrinaje de la Transición con algún sobresalto, en estos momentos el desencanto se ha adueñado de la inmensa mayoría, y no hay mesías ni mirlo blanco a la vista en quien podamos depositar nuestra confianza. Dentro de unos años, cuando se mire en la distancia y con más perspectiva, el caso español será motivo de estudio en las universidades de todo el mundo. Con toda seguridad los hispanistas y viajeros a la antigua usanza de los países vecinos estarán tomando notas en estos momentos del rumbo que toma España. Los hijos de George Borrow, Richard Ford, Gerald Brenan, Raymond Carr, Hugh Thomas, etc., nos estarán diseccionando y concluyendo que no hemos cambiado. Seguramente Ian Gibson, Paul Preston y John Rutherford estarán sonriendo y comentando que somos incorregibles, incapaces de llegar a acuerdos y coaliciones en casi nada y excelentes aprendices de la desafección. ¿Qué ha sucedido para que nos hayamos convertido, después de veinte años y a base de palos, en un país desconfiado que no cree ni en el mesías que ve una luz al final del túnel, ni en el rey con quien se identificaba, ni en el médico de turno que nos asegura que la herida está cicatrizando, ni en brotes verdes ni otras monsergas? Sencillamente que hemos perdido la inocencia de aquel niño a quien le encantaba escuchar cuentos y que a base de desayunarse tres corrupciones nuevas cada semana más las ramificaciones de las de la semana anterior se ha vuelto iracundo. Hemos perdido el horizonte y la ilusión. Eso es lo que pasa. Nos está entrando angustia vital con tanto endeudamiento y tanta corrupción, con tanto despilfarro y tanto recorte, con la justicia de doble filo y la falta de crédito, con el paro y el desempleo, con el futuro incierto y la falta de perspectivas, y con miedo de oir un día de estos: “Y hoy, las pensiones”. Eso es lo que nos pasa. Por eso hemos pasado de la euforia a la melancolía y la decepción. Y poco a poco nos vamos instalando en el descontento, el desánimo y el pesimismo. Uno estaba convencido hasta no hace mucho de que para cambiar este mundo habia dos opciones: o bien hacerse cura o meterse en política. En el primer caso se predicaba un mundo nuevo después de este y la vida eterna, es decir, ilusión en algo que nadie ha visto ni sabe si será mejor. El político gobernante, sea del signo que sea, curiosamente también quiere cambiar el mundo: empieza cambiando el mundo heredado del político anterior y cuando nos damos cuenta está haciendo exactamente lo mismo que criticaba, si es que no lo ha empeorado. En general, aunque lo esté haciendo mal, el político está plenamente convencido de que el proyecto que lleva bajo su brazo es el único válido para cambiar el orden establecido, de modo que hace tabula rasa de toda herencia anterior aplicando la filosofía de todo buen político: “hacer borrón y cuenta nueva”. Si es de signo más radical, entonces entra a saco y sin contemplaciones para fulminar las leyes anteriores y crear “su mundo nuevo de ilusión”. Lo importante es la ilusión. Si no transmites ilusión, no te hagas cura ni te metas en política porque se te verá el plumero y nadie creerá en tí. El problema con que se va a enfrentar el político del futuro es que tendrá pocas opciones de explicar su discurso. Ya ven cómo están las iglesias. Es el discurso el que falla y no llega al pueblo. Sin ilusión por conseguir algo mejor no hay futuro. Sin ilusión no se llenan las iglesias de ninguna religión, ni los políticos pueden diseñar un nuevo orden. Y, francamente, ambos lo tienen mal. Pero los políticos lo tienen peor porque día a día van sembrando la descofianza en el pueblo hasta el extremo que lo único que inspiran y recogen finalmente es lo que siembran: desconfianza. Sí, hemos pasado del optimismo a la decepción. Y los mensajes que recibimos diariamente no parece que vayan a cambiar la tónica, ni aunque se acompañen de sonrisas. Bueno, los políticos ya la han perdido hace tiempo. Y ya saben lo que duró aquel papa que sonreía tanto. Veremos lo que dura la sonrisa de este. Todo esto se podría decir con palabras más elegantes y sofisticadas como hacen los políticos de alto postín o los periodistas de primera división, los profesores universitarios o los jueces cuando dictan sentencia, pero no olviden nunca que Jesucristo utilizaba parábolas para explicar a pescadores sin la ESO acabada la existencia de un mundo mejor.
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