Artículo de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa.
Hace ahora dos años, en plena primavera árabe, dos expediciones de responsables en materia educativa y docentes de diferentes ciudades turcas visitaron la ciudad en la que vivo, del mismo modo que podrían haber visitado la suya. En aquellos días las plazas españolas estaban repletas de tiendas de campaña improvisadas y de indignados que verbalizaban su discurso político al resto de la ciudadanía. De repente me encontré explicándoles lo que perseguía el movimiento 15-M y el significado de los lemas de las pancartas que exhibían: “No hay pan para tanto chorizo”, “Nos mean y dicen que llueve”, “¿Dónde está la izquierda? Al fondo, a la derecha”, “Me sobra mes a final de sueldo”, “No falta el dinero; sobran ladrones”, “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”, etc., lemas que proliferaban aquellos días y que resumían mejor que mis palabras la filosofía de la indignación.
De la visita al Museo de la Fiesta de Alcoi aprendieron que nosotros fuimos musulmanes antes que ellos. En la Ciudad de la Artes y la Ciencias, con vasos de horchata entre manos, descubrieron que todos esos edificios cuestan dinero y que los valencianos estaremos pagándolos durante mucho tiempo. Charlamos sobre el genocidio armenio y de sus aspiraciones a ingresar en la Unión Europea. De las diferentes culturas y costumbres de los pueblos del Mediterráneo. De la Alianza de Civilizaciones, de la que nadie recuerda qué se fizo. Que a nosotros nos encantaba el jamón, el vino y la cerveza, pero que ellos lo tenían prohibido. De su poca tolerancia y respeto por la minorías cristianas, de la imposibilidad de construir iglesias en su país y de que los cristianos accedieran a cargos públicos civiles o militares. De la convivencia de lo tradicional con lo moderno. Cosas muy al margen de los proyectos que compartíamos, pero que ayudan a los ciudadanos corrientes de Europa a conocerse mejor, sobre todo si tienen in mente incorporarse a un club europeo.
Por entonces yo había estado en Turquía algunas veces, siempre bajo el gobierno del partido islamista moderado AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo), con un país muy encauzado y con pocas opciones de salirse del camino trazado. Conocía Capadocia, Anatolia y, sobre todo, la provincia de Adiyamán, en pleno enclave kurdo. También tuve pruebas de primera mano de la magnífica hospitalidad de este pueblo. Mi primera experiencia turca, sin embargo, había sido en Kirşehir, en el centro de Turquía, donde compartí habitación, aguas termales, refriado y Ramadán con mi amigo Bekir. Me levantaba como él a desayunar a las cuatro de la madrugada (él me contaba que, como la mayoría, lo hacía por tradición, no por convicciones religiosas) y también como él, yo enseñaba mis manos a Alá varias veces al día. Poco me faltó para convertirme al islamismo tras los cánticos que el almuecín desgranaba varias veces al día y que incluso a ellos resultaban incomprensibles.
Una mañana, en el transcurso de esa visita, me encontré en la plaza donde está la mezquita del filósofo predicador Ahi Evran (1169-1261), invadida de descomunales banderas turcas y de imágenes de Mustafá Kemal Atatürk: música tradicional turca aderezada con bailes y atavíos de diferentes partes del país, danzas derviches, y una escenificación en la que unos aprendices de fabricantes de tejidos presentaban sus productos a un pequeño grupo de expertos (nuestros maestros gremiales) para que evaluaran la calidad de los mismos. Una y otra vez los productos de estos aprendices eran rechazados y solo cuando el producto alcanzaba la calidad adecuada se les daba la licencia para fabricar y comercializar sus productos. Todo esto sucedía bajo la atenta mirada no del omnipresente Atatürk, sino de soldados con bayonetas en lo alto del minarete que me recordaban los versos del siglo anterior: “Las mezquitas son nuestros cuarteles, sus cúpulas son nuestras lanzas, sus minaretes nuestras bayonetas y la fe, nuestros soldados”, versos que habían costado a Erdogan varios meses de cárcel tras haberlos pronunciado en público en 1998. El olor de disciplina militar que se respiraba en la plaza transmitía el mensaje de que todo estaba atado y bien atado. Esta no era la Turquía profunda, que también existe, y daba la sensación de que lo que más tarde se conocería como primavera árabe no iba con ellos, que ellos eran diferentes del resto de los países árabes y que tenían un alto nivel de democracia. Por cierto, también yo creía que el picudo rojo no atacaría mis palmeras salvajes y en un año he visto cómo caían fulminadas una tras otra.
Mis queridos Mehmet, Halil, Bekir, Ahmet, Hasan, Abduhrraman, … , parece que vuestro país, después de un mes, ha dejado de ser noticia. Espero que vuestros hijos jueguen con cromos de Iglepigle y de Pepa Pig, como el resto de niños de este mundo globalizado, y que vuestros escolares se olviden un poco del padre de la patria y de sus diferentes indumentarias a través del tiempo. Pero sobre todo, mientras escucho la música del Trío Taksim y su virtuoso clarinetista Hüsnü Selendirici, deseo que encontréis vuestro rumbo y que lleguéis a buen puerto. Desde aquí, al otro lado del Mediterráneo, observamos con atención cómo remáis vuestra propia nave en el embravecido mar de la libertad donde respirar, a veces, se interpreta como como conspirar. Nadie lo hará por vosotros. Y no olvidéis que también nosotros, hace tiempo, tuvimos un dictador que pocos meses antes de morir seguía ejecutando sin contemplaciones a quien consideraba hostil, y hablaba repetidamente, no ya de una conspiración occidental como en vuestro caso, sino de “una conjuración masónica internacional”. Suerte.
Hace ahora dos años, en plena primavera árabe, dos expediciones de responsables en materia educativa y docentes de diferentes ciudades turcas visitaron la ciudad en la que vivo, del mismo modo que podrían haber visitado la suya. En aquellos días las plazas españolas estaban repletas de tiendas de campaña improvisadas y de indignados que verbalizaban su discurso político al resto de la ciudadanía. De repente me encontré explicándoles lo que perseguía el movimiento 15-M y el significado de los lemas de las pancartas que exhibían: “No hay pan para tanto chorizo”, “Nos mean y dicen que llueve”, “¿Dónde está la izquierda? Al fondo, a la derecha”, “Me sobra mes a final de sueldo”, “No falta el dinero; sobran ladrones”, “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”, etc., lemas que proliferaban aquellos días y que resumían mejor que mis palabras la filosofía de la indignación.
De la visita al Museo de la Fiesta de Alcoi aprendieron que nosotros fuimos musulmanes antes que ellos. En la Ciudad de la Artes y la Ciencias, con vasos de horchata entre manos, descubrieron que todos esos edificios cuestan dinero y que los valencianos estaremos pagándolos durante mucho tiempo. Charlamos sobre el genocidio armenio y de sus aspiraciones a ingresar en la Unión Europea. De las diferentes culturas y costumbres de los pueblos del Mediterráneo. De la Alianza de Civilizaciones, de la que nadie recuerda qué se fizo. Que a nosotros nos encantaba el jamón, el vino y la cerveza, pero que ellos lo tenían prohibido. De su poca tolerancia y respeto por la minorías cristianas, de la imposibilidad de construir iglesias en su país y de que los cristianos accedieran a cargos públicos civiles o militares. De la convivencia de lo tradicional con lo moderno. Cosas muy al margen de los proyectos que compartíamos, pero que ayudan a los ciudadanos corrientes de Europa a conocerse mejor, sobre todo si tienen in mente incorporarse a un club europeo.
Por entonces yo había estado en Turquía algunas veces, siempre bajo el gobierno del partido islamista moderado AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo), con un país muy encauzado y con pocas opciones de salirse del camino trazado. Conocía Capadocia, Anatolia y, sobre todo, la provincia de Adiyamán, en pleno enclave kurdo. También tuve pruebas de primera mano de la magnífica hospitalidad de este pueblo. Mi primera experiencia turca, sin embargo, había sido en Kirşehir, en el centro de Turquía, donde compartí habitación, aguas termales, refriado y Ramadán con mi amigo Bekir. Me levantaba como él a desayunar a las cuatro de la madrugada (él me contaba que, como la mayoría, lo hacía por tradición, no por convicciones religiosas) y también como él, yo enseñaba mis manos a Alá varias veces al día. Poco me faltó para convertirme al islamismo tras los cánticos que el almuecín desgranaba varias veces al día y que incluso a ellos resultaban incomprensibles.
Una mañana, en el transcurso de esa visita, me encontré en la plaza donde está la mezquita del filósofo predicador Ahi Evran (1169-1261), invadida de descomunales banderas turcas y de imágenes de Mustafá Kemal Atatürk: música tradicional turca aderezada con bailes y atavíos de diferentes partes del país, danzas derviches, y una escenificación en la que unos aprendices de fabricantes de tejidos presentaban sus productos a un pequeño grupo de expertos (nuestros maestros gremiales) para que evaluaran la calidad de los mismos. Una y otra vez los productos de estos aprendices eran rechazados y solo cuando el producto alcanzaba la calidad adecuada se les daba la licencia para fabricar y comercializar sus productos. Todo esto sucedía bajo la atenta mirada no del omnipresente Atatürk, sino de soldados con bayonetas en lo alto del minarete que me recordaban los versos del siglo anterior: “Las mezquitas son nuestros cuarteles, sus cúpulas son nuestras lanzas, sus minaretes nuestras bayonetas y la fe, nuestros soldados”, versos que habían costado a Erdogan varios meses de cárcel tras haberlos pronunciado en público en 1998. El olor de disciplina militar que se respiraba en la plaza transmitía el mensaje de que todo estaba atado y bien atado. Esta no era la Turquía profunda, que también existe, y daba la sensación de que lo que más tarde se conocería como primavera árabe no iba con ellos, que ellos eran diferentes del resto de los países árabes y que tenían un alto nivel de democracia. Por cierto, también yo creía que el picudo rojo no atacaría mis palmeras salvajes y en un año he visto cómo caían fulminadas una tras otra.
Mis queridos Mehmet, Halil, Bekir, Ahmet, Hasan, Abduhrraman, … , parece que vuestro país, después de un mes, ha dejado de ser noticia. Espero que vuestros hijos jueguen con cromos de Iglepigle y de Pepa Pig, como el resto de niños de este mundo globalizado, y que vuestros escolares se olviden un poco del padre de la patria y de sus diferentes indumentarias a través del tiempo. Pero sobre todo, mientras escucho la música del Trío Taksim y su virtuoso clarinetista Hüsnü Selendirici, deseo que encontréis vuestro rumbo y que lleguéis a buen puerto. Desde aquí, al otro lado del Mediterráneo, observamos con atención cómo remáis vuestra propia nave en el embravecido mar de la libertad donde respirar, a veces, se interpreta como como conspirar. Nadie lo hará por vosotros. Y no olvidéis que también nosotros, hace tiempo, tuvimos un dictador que pocos meses antes de morir seguía ejecutando sin contemplaciones a quien consideraba hostil, y hablaba repetidamente, no ya de una conspiración occidental como en vuestro caso, sino de “una conjuración masónica internacional”. Suerte.





















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