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Comienza un nuevo curso para todos

Redacción - Dimarts, 10 de Setembre del 2013
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Artículo de opiníon de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa. Vayan ustedes a saber por qué, periódicamente acude a mi mente una melodía que a comienzos de los años setenta del siglo XX compuso y adaptó el prolífico compositor y productor Manolo Díaz para Aguaviva, grupo musical que popularizó poemas de Blas de Otero, Gabriel Celaya, García Lorca, Alberti y León Felipe, entre otros. La canción a la que me refiero se titulaba “No nos dejan cantar” y era una adaptación de un poema escrito unos veinte años antes por el turco Nâzim Hikmet, por aquel entonces en la cárcel por ser comunista. El poema se titulaba “Korcu” ( “Miedo”) y era un canto de solidaridad con el cantante y actor afroamericano Paul Robeson, encarcelado por firmar junto con otros intelectuales un manifiesto en el que pedían la liberación del poeta turco. Ahora podemos cantar canciones —que conste que contra Franco se cantaba mucho mejor, y con más ganas — y escribir poemas y no sucede absolutamente nada. En primer lugar, porque con la democracia domada, una vez liberada la voz durante tanto tiempo secuestrada y recuperada la libertad de expresión, ya no llegamos a apreciar los logros del pasado y, en segundo lugar, porque hoy nadie escucha ni lee nada que no sea pura bazofia. No obstante, mientras arrastramos con sufrimiento la pesada cruz de la crisis económica sin que se vislumbre claramente ninguna luz al final del túnel, no está de más, de tanto en tanto, alguna pequeña reflexión a modo de relevo de antorchas de Prometeo que unos a otros nos mostramos en la cima de las montañas. He aquí la antorcha prometeica de hoy. Echando la vista atrás, sería falso y tendencioso no reconocer las metas alcanzadas en las tres décadas y media largas de democracia en materia educativa. Quienes empezamos a trabajar cuando Franco agonizaba y ahora estamos, por tanto, acariciando la merecida jubilación, vemos con preocupación y cierta angustia que lo conseguido con esfuerzo en este tiempo se encuentra en peligro de tirarse por la borda. Así, los avances conseguidos en el plano educativo como, por ejemplo, la práctica erradicación del analfabetismo —en 1975 el porcentaje nacional se situaba en torno al 5 %, mientras que en Alicante el porcentaje estaba en torno al 7´39 %— , tienen un futuro incierto con la política actual de recortes que también afecta a las becas de libros, transporte y comedor, aumento de la ratio (más alumnos para menos profesores), eliminación de los desdobles y de la atención a la diversidad, becas universitarias menos accesibles, subida de matrículas universitarias, desprecio a la investigación, etcétera, percibiéndose una desigualdad social en ascenso entre los españoles. Nuestro rostro lacerado, que tiene su fiel reflejo en el índice de fracaso escolar y los resultados obtenidos en el Informe Pisa, pronto resultará irreconocible. Ante esta situación, nada halagüeña, a todos nos gustaría sacar a flor de piel la moral (alcoyana) puesta de manifiesto por el Príncipe de España tras el duro varapalo recibido en Buenos Aires este fin de semana tras la recomendación tácita del COI : “Olvídense ustedes de esto de momento”. Porque las cosas son como son, ¿qué le vamos a hacer, señor Rajoy? ¿A quién le echamos esta vez la culpa del fracaso, señora Botella? El organismo deportivo internacional habrá sopesado la asignatura pendiente que tenemos con el dopaje y divisado en nuestro horizonte problemas de más envergadura y más apremiantes a los que hacer frente. Gracias por la liberación, COI. En el pasado todos nos discriminaban porque no éramos un país democrático; ahora disfrutamos de elecciones transparentes, de funcionarios y jueces —en principio—independientes, de ciudadanos con mejor formación y conocedores desde la escuela no tanto de sus obligaciones como de sus derechos, de unos partidos políticos que en la última evaluación ciudadana reciben un 12% de aprobación a la gestión realizada, muy cerca de la consideración que merecen los políticos elegidos democráticamente que, situados en el farolillo rojo; obtienen un 6%, etcétera. De cualquier forma, echamos en falta candidatos al liderazgo político en plan cirujano, capaces de emprender reformas contundentes para crear empleo real y erradicar la desilusión y desaliento permanentes en los que estamos instalados. Y como nadie sabe exactamente hacia dónde nos dirigimos, a veces cantamos por no llorar. Tal vez por eso, pero tampoco estoy muy seguro, periódicamente resuena en mi cabeza la melodía a la que aludía al principio: “No nos dejan cantar, Robeson,/ mi canario con alas de águila,/ mi hermano con dientes de perla./ No nos dejan gritar nuestras canciones./ Tienen miedo, Robeson, / tienen miedo del alba, miedo de ver,/ miedo de oír, miedo de tocar./ Tienen miedo de amar,[…]/ Le tienen miedo a la esperanza,/ Robeson, miedo a la esperanza./ Tienen miedo, canario mío, con alas de águila,/ tienen miedo de nuestros cantos, Robeson...”.
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