El sangrante índice de paro
Artículo de opinión de Bartolomé Sanz Albiñana.
No entiendo una palabra de economía ni de muchísimas otras cosas. No por ello, como cualquier ciudadano de a pie, me encuentro handicapado para expresar mi opinión, sobre todo aquello que me llama la atención. Por cierto, handicapado no significa que me hayan capado a mano. Y lo cierto es que una de las cosas que no deja de llamarme la atención, lo mismo que a ustedes y seguramente también al Gobierno, es el sangrante índice de paro que, a pesar de recortes, ajustes y reformas, seguimos soportando, sobre todo si lo comparamos con los índices de los países que mueven la locomotora europea.
No he leído aún la ley de la reforma laboral española. Ni esa ley ni muchas otras, para qué voy a mentirles. Tampoco en eso me distingo de la mayoría de ustedes. Ese hecho no me impide ver la realidad, el mismo espejo en que ustedes se miran cada día. Y si he de serles franco, esa realidad no ha cambiado un ápice, ya que diariamente continúo viendo morir a gente trampeando la crisis. Morir trampeando la crisis significa, por ejemplo, que hace un año uno podía ser autónomo con la limosna que le pagaban en el subempleo en el que le tenían cogido por los mismísimos, y ahora, a comienzos de 2014, no lo puede hacer porque tiene que pagar una hipoteca en la que se encuentra entrampado, tiene que subalimentarse y pagar la poca energía eléctrica que puede consumir para no tener que hibernar. Yo finalmente me he prometido fielmente no votar ni en primarias, ni secundarias, ni europeas hasta que no me paguen unas ayudas para rehabilitación y adquisición de la vivienda que me aprobaron hace unos cuantos años. Ya sé que el año que viene el pleno empleo será una realidad. Aunque soy joven, esa cantinela que cantan y cuentan los políticos cuando se acercan las elecciones me la conozco al dedillo. Antes era incauto, pero ahora la vida me ha abierto los ojos. No habrá cantos de sirena esta vez que me tienten a depositar un voto en una urna.
No habrá estrategias que me hagan cambiar de pensamiento. Lo siento. Pueden contarme lo que quieran. Por ejemplo, que en el futuro las empresas formularán un juramento por el cual intentarán no despedir a nadie y reducirán la jornada laboral de sus trabajadores con el fin de que todos prueben el pastel y que, además, el gobierno asumirá y compensará, no se sabe cómo, las pérdidas salariales de los trabajadores.
Seguramente, con lo que llevamos de crisis, se habrá creado alguna subcomisión de sabios —de esas que se crean todos los días para que todo siga exactamente igual—, y habrá hecho un estudio serio de la situación en la que se encuentra nuestro mercado laboral para concluir que la única forma de salir de este embrollo económico-vital es que cada uno se haga empresario de sí mismo.
Sé de buena tinta que los cabeza pensantes de dentro y fuera del país quieren que en el futuro todos seamos empresarios. Para ello, dicen, van a poner una asignatura en los coles sobre cómo hacerse empresario. Yo, por más que lo he intentado desde hace unos años, no lo he conseguido. Y cuando vengan a explicármelo, seguramente será tarde. Mientras tanto, voy a contarle más detalladamente mi situación personal al Presidente del Gobierno, Complejo de la Moncloa, Avenida de Puerta de Hierro, s/n, 28071 Madrid.


















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