Desde que nacemos sometemos al pie a una serie de factores externos para los que no está destinado, empezando con el calzado (principal agresor del pie) hasta el terreno por el que nos movemos, que provocan una serie de alteraciones que predisponen al pie a deformarse de varias maneras durante su desarrollo. El pie es el gran olvidado y el primero en ser recordado una vez se ha deformado o comienza a doler.
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El calzado es el principal agresor ya que el hecho de cubrir el pie antes en comenzar a caminar debería tener como finalidad la protección de agentes externos, ya que los pies tienen una función sensorial equivalente a las manos, sin embargo introducimos el pie en un calzado más bien rígido sin importarnos la temperatura ambiente evitando de este modo un correcto desarrollo motor.
El pie está diseñado para adaptarse a todo tipo de terrenos, en especial el irregular, por esta razón es necesario moverse por este tipo de terrenos para poder realizar una correcta estimulación de todas las estructuras encargadas de la marcha, y es aquí donde volvemos a errar ya que para caminar por la montaña compramos un calzado rígido que no permite la movilidad del tobillo ni la adaptación a las irregularidades del terreno y sin embargo cuando caminamos en un terreno liso sin ningún tipo de irregularidad (que es el mas habitual) calzamos al niño con un zapato blando sin sujeción que no controla al pie.
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Otro error muy común es el número de zapato que utilizamos, este ha de ser un través de dedo más largo entre el dedo más largo y la punta del calzado, para esto debemos de saber que tenemos 3 tipos de pies; griego (el segundo dedo es más largo que el primero), egipcio (el primer dedo es el más largo) y cuadrado (primero, segundo y tercer dedo tienen prácticamente la misma longitud).
En niños la forma más sencilla de saber que número calza, es encarar la suela del zapato con la planta del pie contrario contando con las costuras y comprobar que el zapato no es ni demasiado grande ni justo; otra forma de valorar el número adecuado es extraer la palmilla del propio calzado (si está suelta), poner al niño de pié sobre esta y añadir el través de dedo, si la palmilla no se puede extraer se puede cortar una palmilla en casa colocando el pie sobre un papel y pintando el contorno contando con el través de más, recortarla e introducirla en el calzado, ha de quedar perfecto de longitud.
En la Consulta Podológica Sampablo creeemos que la obsesión por la deambulación precoz de nuestros hijos es otro problema digno de mención. Cada individuo tiene un proceso de maduración determinado, el empujar a nuestros hijos a caminar antes de que su sistema musculoesquelético esté preparado, provoca alteraciones que no vamos a poder corregir en un futuro (alteraciones de cadera, tibias varas, alteraciones rotacionales…).
A parte de estos factores de riesgo, se suman la predisposición genética o la existencia de afecciones musculoesqueléticas o neurológicas que favorecen la aparición de alteraciones o deformaciones del miembro inferior, en muchos casos podemos prevenir, mejorar e incluso corregirlas de manera temprana, pero para esto es básica la realización de una revisión por medio del podólogo que realizará una exploración biomecánica de la que extraerá conclusiones y decidirá la necesidad o no de la aplicación de algún tipo de tratamiento o si son necesarias revisiones o controles pautados. La edad adecuada para esta primera visita son los 5-6 años y a medida que aumente la edad de la primera visita más difícil se hará el tratamiento o la corrección si fuera posible.
Un artículo de Leonor Sampablo, de la Consulta Podológica Sampablo.






















