
Una tormenta repentina o el estruendo de los fuegos artificiales activan en el gato una respuesta biológica inmediata. El oído felino intercepta frecuencias de hasta 64.000 Hz, lo que transforma los ruidos fuertes en ondas de choque que el animal siente físicamente a través de sus vibrisas y las almohadillas de sus patas. Cuando el sonido supera el umbral de tolerancia, el cerebro desactiva los comportamientos aprendidos para dar prioridad a movimientos automáticos centrados en la supervivencia. Este fenómeno, conocido como pánico acústico, no es un simple miedo, sino una sobrecarga sensorial que desencadena patrones de huida impredecibles.
El movimiento del gato bajo una situación de shock sigue trayectorias precisas. La huida vertical se manifiesta cuando el animal busca los puntos más altos de la casa, como la parte superior de armarios o estanterías, para distanciarse de una amenaza que percibe como proveniente del suelo. La huida horizontal, en cambio, es una proyección lineal hacia la salida más cercana. Si una puerta o ventana están abiertas, el gato saldrá disparado al exterior ignorando obstáculos, el tráfico o las llamadas del dueño. En esta fase, el animal entra en un estado de 'visión de túnel': la capacidad de mapear el territorio desaparece y el riesgo de desorientación es máximo. Durante una tormenta, la lluvia elimina los rastros de feromonas necesarios para volver, mientras que el pánico por las detonaciones puede empujarlo a kilómetros de distancia en pocos minutos.
Dado que un gato preso del pánico deja de responder a su nombre, la gestión del riesgo debe ser tecnológica. Muchos propietarios optan por integrar la seguridad del microchip con dispositivos GPS activos. Es fundamental no confundirlos: el microchip es un sistema pasivo útil solo tras el hallazgo, mientras que un localizador gps para gatos es una herramienta de búsqueda inmediata. El uso de soluciones, como los collares de Tractive, permite monitorizar la ubicación exacta del gato en tiempo real. Esta precaución es vital porque, tras la carrera frenética, el animal suele entrar en un estado de catatonia defensiva, volviéndose invisible incluso en espacios reducidos. Sin un rastreo satelital, recuperar a un felino que ha decidido ocultarse es un desafío casi imposible.
Cuando el estímulo acústico cesa, aparece el freezing o bloqueo. El gato se queda inmóvil, con el ritmo cardíaco acelerado y las pupilas dilatadas, para evitar la atención de posibles depredadores mientras es vulnerable. En este punto, los niveles de cortisol son tan altos que el animal puede no reconocer a su dueño. La recomendación experta es dejar al gato aislado en una habitación oscura, sin intentar cogerlo en brazos, permitiéndole recuperar el control sensorial sin estímulos externos adicionales.
La protección real se obtiene en dos frentes: uno doméstico, preparando refugios seguros, y uno externo, garantizando la posibilidad de rastrear al animal si las barreras físicas de la casa fallan. La tecnología de localización no es un accesorio, sino una herramienta para remediar una huida repentina y evitar que un episodio de pánico termine en una desaparición definitiva.






















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