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Del Paseo de Cervantes al río...en el ascensor de Willy Wonka

Artículo de opinión de Salva Pérez

Salva Pérez

[Img #71310]En nuestra ciudad, estamos acostumbrados a salvar barrancos con puentes y estructuras ingeniosas. Barrancos, rampas y cauces han condicionado el urbanismo desde los albores de la ciudad. Sus desniveles condicionan la movilidad y la vida cotidiana, en especial a las personas mayores o con movilidad reducida. En este sentido, cualquier infraestructura que facilite el acceso a ciertos lugares de la ciudad puede interpretarse como avance.

Una nueva pieza de ingeniería urbana aparecerá en el Paseo de Cervantes y lo conectará con el Paseo Juana Moreno: un ascensor panorámico con mirador urbano sobre el río y el casco histórico.

Me es inevitable, al ver la estructura metálica y el cerramiento acristalado, que aparezca en mi mente el ascensor de cristal de Charlie y la fábrica de chocolate, pilotado por un entusiasmado Willy Wonka. Su ascensor no solo sube y baja, puede moverse de lado, en diagonal, hacia delante, hacia atrás e incluso atravesar techos. Con el del Paseo de Cervantes nos conformamos que baje y suba.

Ahora bien, el de Willy formaba parte de un universo donde lo extraordinario era la norma. Pero Alcoy no vive en una fantasía victoriana llena de cascadas de chocolate. Vive en un equilibrio delicado entre patrimonio, paisaje y presupuesto. Este ascensor no debería limitarse a ser otra forma de coser alturas.

El riesgo no es instalar un ascensor, si forma parte de un plan global de accesibilidad y movilidad. El riesgo es venderlo como si fuera el billete dorado que transformará la ciudad. Una ciudad no se transforma vendiendo una atracción turística. Se transforma con decisiones que, más que sorprender, consoliden. La cuestión es si este ascensor nos eleva como ciudad o simplemente nos desplaza unos metros hacia arriba sin cambiar nada esencial.

Tal vez, dentro de unos años, los alcoyanos suban y bajen por ese ascensor con total normalidad, sin pensar demasiado en él. O quizá, se convierta en una de esas infraestructuras que uno mira y se pregunta: ¿Y esto quién lo pidió?

Hasta entonces, el nuevo ascensor tiene algo de promesa cinematográfica: una cabina de cristal esperando que alguien pulse el botón. Y quién sabe. A lo mejor, no nos lleva a una fábrica de chocolate, pero podría llevarnos a redescubrir el río que siempre ha estado debajo de la ciudad… y que durante décadas hemos preferido no mirar.

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