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Santiago Payá: final de temporada... En teoría

Artículo de opinión de Salva Pérez

Salva Pérez

[Img #73112]Hay infraestructuras que avanzan como una autopista alemana y otras que avanzan como Alcoy cuando intenta resolver un problema industrial: a trompicones, con sobresaltos y con una sorprendente capacidad para convertir cada obra en una saga. El acceso al polígono Santiago Payá, por ejemplo, ya va por su temporada número catorce. Y como toda buena serie longeva acaba de anunciar un nuevo giro de guión: más costes, más tiempo, más paciencia.

La serie, que empezó en 2012 cuando el puente cedió con el riesgo de caer sobre las naves industriales— un episodio piloto tan impactante que cualquier plataforma lo habría comprado— ha ido acumulando episodios con la misma constancia que las series que se niegan a terminar. Cuando parecía que esta temporada avanzaba hacía un final digno, apareció un nuevo villano: la ladera. Un personaje secundario que, de repente, exige protagonismo. Las lluvias hicieron su propio cameo dramático, provocando un desplazamiento de tierra. Un cliffhanger perfecto: la obra se para, el terreno se mueve y los ingenieros tienen que reescribir el guión.

La causa del retraso, por tanto, no es un capricho político ni un error administrativo: es pura geología. Contra la madre naturaleza no se pelea, pero sí se puede evitar que te pille desprevenido. Y eso pasa por anticipar los movimientos del terreno antes de que vuelvan a dictar el ritmo de la obra. Y como toda producción de largo recorrido, el presupuesto también reclama su papel: sobrecostes. En Alcoy, los sobrecostes ya no sorprenden: forman parte del paisaje, como la niebla de otoño o los atascos de la Alameda en hora punta.

El calendario, que en esta saga actúa como ese personaje secundario que siempre aparece para complicar la trama, también ha querido su momento de gloria. Cuando parecía que se acercaba el final de temporada, decidió mover ficha y retrasar el desenlace unos capítulos más. En cualquier otra ciudad sería un escándalo; en Alcoy, es simplemente parte del argumento. Aquí los plazos no se cumplen: se interpretan. Y mientras tanto, el polígono sigue esperando su escena final, atrapado en una producción que acumula casi tantas temporadas como L’Alqueria Blanca.

Quizá la verdadera moraleja de esta serie sea que Alcoy no gestiona mal las obras: gestiona mal las prioridades. Lo urgente se aplaza, lo importante se diluye y lo necesario se convierte en un argumento secundario que nunca llega al final de temporada. Y mientras tanto, el calendario— ese personaje secundario que aparece para complicar la trama—, vuelve a entrar en escena para prometer que el acceso llegará en 2027. Pero ya sabemos que las obras, aquí, avanzan como avanzan las series que nunca terminan: siempre dejando al espectador con la sospecha de que habrá otra temporada.

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