Artículo de opinión de Ismael Ortiz Company.
[caption id="attachment_33275" align="alignleft" width="154" caption="Ismael Ortiz Company"]
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¿Cómo actuaremos cuando un familiar enferme de gravedad, cuando tenga que permanecer en la cama, cuando se acerque el momento de la muerte? Son situaciones para las que muchos no estamos preparados, y ante las cuales podemos sentirnos tensos y descolocados.
El enfermo está ahí con sus diferentes reacciones. Cerca de él, pero de diferente forma, están los profesionales sanitarios y los familiares. La familia no puede esconderse detrás de los protocolos clínicos ni de los rituales religiosos. Tiene que dar la cara procurando encauzar de la mejor manera posible los sentimientos que van aflorando en su interior. El tiempo adquiere una densidad especial y la relación es de distancias cortas.
Son momentos intensos y difíciles. No tenemos respuesta para todo, y en algunos momentos la situación nos puede desbordar. Asegurar la presencia, tomar de la mano, no esconderse de las miradas, favorecer la expresión de sentimientos en el familiar enfermo, posibilitar el acompañamiento espiritual, son expresiones del lenguaje de cercanía que nos pide esta etapa. La respuesta es la presencia. Que el familiar enfermo capte el “sigo a tu lado”, pase lo que pase. Que en todo lo que vaya sucediendo siempre mande el amor.
Los adelantos de la medicina hacen que vivamos más años. La prolongación de la vida supone aprender a convivir con las propias limitaciones y con nuevas situaciones. Esos mismos adelantos de la ciencia plantean, como contrapartida, nuevos problemas éticos en el contexto de la actualmente denominada bioética: tratamientos complejos, trasplante de órganos, etc. No es fácil establecer los límites entre tratamientos proporcionados y desproporcionados. No todo lo técnicamente posible es éticamente admisible. Por eso la sociedad va dotándose de protocolos para la denominada muerte digna, que no están exentos de cierta confrontación en razón de la concepción que las personas y los grupos sociales tenemos sobre el nacer, el vivir y el morir.
En medio de la complejidad del vivir, del enfermar, del envejecer, y del morir, tomamos consciencia de que el tiempo apremia. Tendremos más garantías de actuar correctamente cuando en el centro de las decisiones y actuaciones pongamos a la persona, y en todo lo que vamos decidiendo mande el amor por encima de otros intereses. La muerte digna, humanizada y acompañada, no puede separarse del compromiso por la vida digna. Lamentablemente, en algunos casos, la muerte social de la persona nos produce menos alarma que la muerte clínica.
La enfermedad y la muerte es una lección que recuerda nuestra propia fragilidad y finitud, al tiempo que nos invita a no desaprovechar cada momento de nuestra vida. Se trata de vivir cada instante a fondo, con la categoría de eternidad, conscientemente, de modo que nuestra vida –en la salud y en la enfermedad- no esté carente de sentido y sea siempre una bendición para los demás.
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¿Cómo actuaremos cuando un familiar enferme de gravedad, cuando tenga que permanecer en la cama, cuando se acerque el momento de la muerte? Son situaciones para las que muchos no estamos preparados, y ante las cuales podemos sentirnos tensos y descolocados.
El enfermo está ahí con sus diferentes reacciones. Cerca de él, pero de diferente forma, están los profesionales sanitarios y los familiares. La familia no puede esconderse detrás de los protocolos clínicos ni de los rituales religiosos. Tiene que dar la cara procurando encauzar de la mejor manera posible los sentimientos que van aflorando en su interior. El tiempo adquiere una densidad especial y la relación es de distancias cortas.
Son momentos intensos y difíciles. No tenemos respuesta para todo, y en algunos momentos la situación nos puede desbordar. Asegurar la presencia, tomar de la mano, no esconderse de las miradas, favorecer la expresión de sentimientos en el familiar enfermo, posibilitar el acompañamiento espiritual, son expresiones del lenguaje de cercanía que nos pide esta etapa. La respuesta es la presencia. Que el familiar enfermo capte el “sigo a tu lado”, pase lo que pase. Que en todo lo que vaya sucediendo siempre mande el amor.
Los adelantos de la medicina hacen que vivamos más años. La prolongación de la vida supone aprender a convivir con las propias limitaciones y con nuevas situaciones. Esos mismos adelantos de la ciencia plantean, como contrapartida, nuevos problemas éticos en el contexto de la actualmente denominada bioética: tratamientos complejos, trasplante de órganos, etc. No es fácil establecer los límites entre tratamientos proporcionados y desproporcionados. No todo lo técnicamente posible es éticamente admisible. Por eso la sociedad va dotándose de protocolos para la denominada muerte digna, que no están exentos de cierta confrontación en razón de la concepción que las personas y los grupos sociales tenemos sobre el nacer, el vivir y el morir.
En medio de la complejidad del vivir, del enfermar, del envejecer, y del morir, tomamos consciencia de que el tiempo apremia. Tendremos más garantías de actuar correctamente cuando en el centro de las decisiones y actuaciones pongamos a la persona, y en todo lo que vamos decidiendo mande el amor por encima de otros intereses. La muerte digna, humanizada y acompañada, no puede separarse del compromiso por la vida digna. Lamentablemente, en algunos casos, la muerte social de la persona nos produce menos alarma que la muerte clínica.
La enfermedad y la muerte es una lección que recuerda nuestra propia fragilidad y finitud, al tiempo que nos invita a no desaprovechar cada momento de nuestra vida. Se trata de vivir cada instante a fondo, con la categoría de eternidad, conscientemente, de modo que nuestra vida –en la salud y en la enfermedad- no esté carente de sentido y sea siempre una bendición para los demás.





















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