Atículo de opinión de Alejandro Roselló.
Si Platón levantara la cabeza, ¿qué diría de los indignados? ¿Y de su vindicación de una democracia real? La democracia alemana llevó al poder al malo de Hitler. Siglos antes, la democracia ateniense condenó a muerte al bueno de Sócrates. ¿Cómo puede funcionar bien una democracia si el pueblo que ha de tomar las decisiones políticas y elegir a sus representantes carece de los conocimientos adecuados y la formación moral necesaria y, salvo contadas ocasiones, es incapaz de mirar más allá de sus propios intereses y de los de los suyos? ¿Qué pasa si la masa no quiere ser ilustrada y prefiere vivir en la comodidad perezosa de su ignorancia y en la cobardía de su lavado de cerebro? ¿Y qué decir de la vieja máxima de que el poder corrompe? ¿Puede que la democracia no sea tan buena como nos la han vendido en una sociedad ideal?
Preguntas incómodas eran las que hacía ese charlatán terrible, feo, bajo y gordo que molestaba como una mosca cojonera a quien se le cruzara por medio. Sócrates no solo tomó la plaza, también las calles y los mercados de la Atenas del s. V a. C. y fue muy conocido -ya en su época- por su incontinencia verbal y fina ironía. Pero sobre todo fue famoso por Platón, discípulo y amigo, que le hizo protagonista de unos diálogos que todavía –y de momento- siguen estudiando y examinándose para bien nuestros jóvenes pre-universitarios. La injusta muerte de su amigo y maestro hace a Platón el primer indignado declarado de la historia. En la Carta VII un Platón ya maduro y menos idealista confiesa que en su juventud se sintió desencantado por la política de su tiempo, por la ambición y corrupción de los diferentes gobiernos que le tocó vivir. Platón nos dice que viendo tales cosas se alejó de las “torpezas de aquel período... lleno de indignación”. Y unas líneas más adelante nos cuenta cómo tras una revuelta popular se reinstauró la democracia ateniense que, tras volver al poder, acusó al pesado anciano Sócrates de impiedad y de corromper a los jóvenes con sus métodos educativos, condenándole finalmente a tomar la cicuta. Aquí es cuando Platón explota y, tras un ataque de “vértigo” ante tanta injusticia y desmadre, llega al convencimiento de que “todos los Estados actuales están sin excepción mal gobernados”. Y así dedicó el resto de su vida a encontrar el mejor gobierno posible. Su solución es aún reconocida, para la mayoría como utópica: que los intelectuales sean hombres de acción, y que el mejor de los filósofos, el más sabio, sea rey. Bien entendida la filósofocracia es una suerte de aristocracia del talento, el poder para los mejores en virtud; una élite, sí, pero no una oligarquía de unos cuantos ricos ni tampoco –más que pese al poder horizontal- una inmensa masa ignorante y manipulada que sólo quiere “pan y circo”. ¿Y qué pasa cuando ya no hay pan para tanto chorizo y en vez de gladiadores-futbolistas tenemos a payasos por políticos como principal circo? ¿No sabes tú ya la respuesta? ¿Por qué?
La clave práctica para Platón está en una educación pública y de calidad pues sólo una formación intelectual y moral del mayor número de ciudadanos posibilitaría una democracia saludable, como el menor de los males posibles. Pero también una educación selectiva, pues los individuos más capaces tendrán que recibir una formación especial con el objetivo de ser los futuros gobernantes. El problema es claro para PP y/o PSOE: ¿quién elige o forma a los mejores? ¿Y quién forma a los formadores? ¿No tendremos que ser cada uno de nosotros en última instancia autodidactas? Sé tú el cambio que quieras para el mundo – dijo Gandhi, ejemplo a seguir de sabio en acción.
El sabio de Pitágoras, al que Platón admiraba profundamente, ya se dio cuenta de esto en el s. VI a. C. cuando dijo: “educad bien a los niños y no hará falta castigar a los hombres”. Ante los recortes brutales en educación, me pregunto cuántos castigos brutales recibirá nuestra nueva generación… Si tu hijo no es Pinocho y cae enfermo, ¿lo llevarías al carpintero? Quizá no tenga otra si no APAGA la tele YA!
Si Platón levantara la cabeza, ¿qué diría de los indignados? ¿Y de su vindicación de una democracia real? La democracia alemana llevó al poder al malo de Hitler. Siglos antes, la democracia ateniense condenó a muerte al bueno de Sócrates. ¿Cómo puede funcionar bien una democracia si el pueblo que ha de tomar las decisiones políticas y elegir a sus representantes carece de los conocimientos adecuados y la formación moral necesaria y, salvo contadas ocasiones, es incapaz de mirar más allá de sus propios intereses y de los de los suyos? ¿Qué pasa si la masa no quiere ser ilustrada y prefiere vivir en la comodidad perezosa de su ignorancia y en la cobardía de su lavado de cerebro? ¿Y qué decir de la vieja máxima de que el poder corrompe? ¿Puede que la democracia no sea tan buena como nos la han vendido en una sociedad ideal?
Preguntas incómodas eran las que hacía ese charlatán terrible, feo, bajo y gordo que molestaba como una mosca cojonera a quien se le cruzara por medio. Sócrates no solo tomó la plaza, también las calles y los mercados de la Atenas del s. V a. C. y fue muy conocido -ya en su época- por su incontinencia verbal y fina ironía. Pero sobre todo fue famoso por Platón, discípulo y amigo, que le hizo protagonista de unos diálogos que todavía –y de momento- siguen estudiando y examinándose para bien nuestros jóvenes pre-universitarios. La injusta muerte de su amigo y maestro hace a Platón el primer indignado declarado de la historia. En la Carta VII un Platón ya maduro y menos idealista confiesa que en su juventud se sintió desencantado por la política de su tiempo, por la ambición y corrupción de los diferentes gobiernos que le tocó vivir. Platón nos dice que viendo tales cosas se alejó de las “torpezas de aquel período... lleno de indignación”. Y unas líneas más adelante nos cuenta cómo tras una revuelta popular se reinstauró la democracia ateniense que, tras volver al poder, acusó al pesado anciano Sócrates de impiedad y de corromper a los jóvenes con sus métodos educativos, condenándole finalmente a tomar la cicuta. Aquí es cuando Platón explota y, tras un ataque de “vértigo” ante tanta injusticia y desmadre, llega al convencimiento de que “todos los Estados actuales están sin excepción mal gobernados”. Y así dedicó el resto de su vida a encontrar el mejor gobierno posible. Su solución es aún reconocida, para la mayoría como utópica: que los intelectuales sean hombres de acción, y que el mejor de los filósofos, el más sabio, sea rey. Bien entendida la filósofocracia es una suerte de aristocracia del talento, el poder para los mejores en virtud; una élite, sí, pero no una oligarquía de unos cuantos ricos ni tampoco –más que pese al poder horizontal- una inmensa masa ignorante y manipulada que sólo quiere “pan y circo”. ¿Y qué pasa cuando ya no hay pan para tanto chorizo y en vez de gladiadores-futbolistas tenemos a payasos por políticos como principal circo? ¿No sabes tú ya la respuesta? ¿Por qué?
La clave práctica para Platón está en una educación pública y de calidad pues sólo una formación intelectual y moral del mayor número de ciudadanos posibilitaría una democracia saludable, como el menor de los males posibles. Pero también una educación selectiva, pues los individuos más capaces tendrán que recibir una formación especial con el objetivo de ser los futuros gobernantes. El problema es claro para PP y/o PSOE: ¿quién elige o forma a los mejores? ¿Y quién forma a los formadores? ¿No tendremos que ser cada uno de nosotros en última instancia autodidactas? Sé tú el cambio que quieras para el mundo – dijo Gandhi, ejemplo a seguir de sabio en acción.
El sabio de Pitágoras, al que Platón admiraba profundamente, ya se dio cuenta de esto en el s. VI a. C. cuando dijo: “educad bien a los niños y no hará falta castigar a los hombres”. Ante los recortes brutales en educación, me pregunto cuántos castigos brutales recibirá nuestra nueva generación… Si tu hijo no es Pinocho y cae enfermo, ¿lo llevarías al carpintero? Quizá no tenga otra si no APAGA la tele YA!


















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