Artículo de Ximo Llorens.
Por lo que se lee y escucha estos días en la ciudad parece ser que el Gobierno tripartito ha iniciado ya la cruzada de liberación del Teatre Calderón de las infames garras de la gestión privada.
Resulta impactante escuchar la reacción ante la noticia de las ciudadanas y los ciudadanos que les han votado, que están que no dan crédito, pero, verdaderamente, ¿qué hay detrás de todo esto? Quiero pensar que únicamente hay mucho ruido y pocas nueces, porque -con el corazón en la mano lo digo- no creo que vayan a hacerlo. Quiero creer que se trata de una de esas cortinas de humo que se lanzan de tanto en tanto, aunque no sé con qué intenciones, no lo sé, de verdad; tal vez con la intención de negociar con la empresa la renovación desde una situación ventajosa. Desde la amenaza, por llamarlo por su nombre. ¿Alguien puede creer, realmente, que si no van a renovar la concesión a la empresa que lo gestiona es por una razón económica? No sean ingenuos. Cuando un político dice que no hay dinero para algo lo que está diciendo en realidad es que su partido no quiere ese algo. Es así de sencillo. Y no es posible que un Gobierno de izquierdas, progresista, según se autoproclama y vende, vaya a hacer lo que dice que va a hacer: convertir el Teatre Calderón en otra cosa distinta de la que ahora es. El Gobierno tripartito no está loco, no se han vuelto locos todos sus miembros, puede que haya alguno que haya enloquecido con la subida a los altares del poder, como acertadamente dijo una vez el alcalde de Muro, del Bloc precisamente, Rafa Climent, de acuerdo, aceptemos que alguno entontezca, pero todos no, por Dios, y saben que el público de la ciudad y de fuera de la ciudad está encantado con el Teatre Calderón tal y como es ahora. Los indicadores de asistencia resultan de una contundencia aplastante. También saben, los integrantes del tripartito, porque la izquierda eso lo ha sabido y proclamado siempre, que la cultura no da rendimientos jamás a corto plazo, y que además nunca pueden medirse esos rendimientos sólo en términos económicos, saben que se trata de una inversión a largo plazo y muchas veces, las más, a larguísimo plazo, y saben también que es cara.
Yo, insisto, no me lo creo; veo un poco de precipitación por parte de todos. Por parte de la concejala de Cultura anunciando algo que más bien parece una inocentada de mal gusto, y por parte de los ciudadanos que ya están lamentando haberles votado. Un poco de calma, pues, para todos, ya verán cómo finalmente se trata de una cuestión de pura negociación.
Por otra parte, es lógico que el Gobierno, cualquier gobierno, tripartito o no, ponga su atención en el Teatre Calderón. Es lo único que está funcionando en esta ciudad deprimida, el Calderón, el Calderón y La Unión Alcoyana, y estoy seguro de que en La Unión Alcoyana dirán que la cosa no funciona igual que antes. Que la situación es peor. En el Calderón no. En el Calderón la situación es infinitamente mejor que la que había antes, que la que ha habido nunca.
La única sombra de duda que cruza de manera un poco siniestra por mi mente es que, históricamente, la izquierda política ha hecho una trastada detrás de otra en algunos asuntos teatrales claves para esta ciudad. Se lo recuerdo: el Teatro Circo fue demolido porque el coste de consolidación del subsuelo era muy superior al coste de la propia reconstrucción y rehabilitación del teatro, dicho así de literal por el entonces alcalde Sanus, del Partido Socialista; pero enseguida vimos que el problema económico del subsuelo no existía si se trataba de construir un edificio de viviendas. ¿Es eso izquierda y progresismo, o lo llamamos por su verdadero nombre? Más adelante, el Gobierno, igual de socialista, es decir, de izquierdas, suprime el premio ‘Ciutat d’Alcoi de Teatre’ en su versión castellana consiguiendo dos cosas: una, que la calidad del certamen cayera drásticamente –elemental, mi querido Watson- como puede constatar cualquier persona interesada y que haya seguido la trayectoria de este premio; y dos, abonar el terreno, seguro que sin pretenderlo, para hacer del premio de teatro un pastelito a repartir entre amiguetes como tristemente hemos comprobado en las últimas ediciones.
Tampoco puedo creer, en fin, que el tripartito de izquierdas actúe así por rabia, sólo porque fue el PP quien puso a funcionar el Calderón; sería demasiado infantil eso, y por lo tanto, peligroso tenerlos como gobernantes, no, no lo creo. Ni tampoco creo que el Gobierno tripartito de esta ciudad considere que los ciudadanos no nos merecemos una programación como la que hace el Calderón, porque entonces todavía nos valdrían menos como administradores de esta pobre ciudad y habría que ponerlos de patitas en la calle mañana mismo, sin esperar los próximos comicios. O sea, sacarlos de la Casa Consistorial a gorrazos, para no herirles, pero sacarlos, perseguirles por la escalinata municipal hacia abajo propinándoles gorrazos, y con Lluís Llach como música ambiental de fondo dando la monserga con ‘L’estaca’.
Por lo que se lee y escucha estos días en la ciudad parece ser que el Gobierno tripartito ha iniciado ya la cruzada de liberación del Teatre Calderón de las infames garras de la gestión privada.
Resulta impactante escuchar la reacción ante la noticia de las ciudadanas y los ciudadanos que les han votado, que están que no dan crédito, pero, verdaderamente, ¿qué hay detrás de todo esto? Quiero pensar que únicamente hay mucho ruido y pocas nueces, porque -con el corazón en la mano lo digo- no creo que vayan a hacerlo. Quiero creer que se trata de una de esas cortinas de humo que se lanzan de tanto en tanto, aunque no sé con qué intenciones, no lo sé, de verdad; tal vez con la intención de negociar con la empresa la renovación desde una situación ventajosa. Desde la amenaza, por llamarlo por su nombre. ¿Alguien puede creer, realmente, que si no van a renovar la concesión a la empresa que lo gestiona es por una razón económica? No sean ingenuos. Cuando un político dice que no hay dinero para algo lo que está diciendo en realidad es que su partido no quiere ese algo. Es así de sencillo. Y no es posible que un Gobierno de izquierdas, progresista, según se autoproclama y vende, vaya a hacer lo que dice que va a hacer: convertir el Teatre Calderón en otra cosa distinta de la que ahora es. El Gobierno tripartito no está loco, no se han vuelto locos todos sus miembros, puede que haya alguno que haya enloquecido con la subida a los altares del poder, como acertadamente dijo una vez el alcalde de Muro, del Bloc precisamente, Rafa Climent, de acuerdo, aceptemos que alguno entontezca, pero todos no, por Dios, y saben que el público de la ciudad y de fuera de la ciudad está encantado con el Teatre Calderón tal y como es ahora. Los indicadores de asistencia resultan de una contundencia aplastante. También saben, los integrantes del tripartito, porque la izquierda eso lo ha sabido y proclamado siempre, que la cultura no da rendimientos jamás a corto plazo, y que además nunca pueden medirse esos rendimientos sólo en términos económicos, saben que se trata de una inversión a largo plazo y muchas veces, las más, a larguísimo plazo, y saben también que es cara.
Yo, insisto, no me lo creo; veo un poco de precipitación por parte de todos. Por parte de la concejala de Cultura anunciando algo que más bien parece una inocentada de mal gusto, y por parte de los ciudadanos que ya están lamentando haberles votado. Un poco de calma, pues, para todos, ya verán cómo finalmente se trata de una cuestión de pura negociación.
Por otra parte, es lógico que el Gobierno, cualquier gobierno, tripartito o no, ponga su atención en el Teatre Calderón. Es lo único que está funcionando en esta ciudad deprimida, el Calderón, el Calderón y La Unión Alcoyana, y estoy seguro de que en La Unión Alcoyana dirán que la cosa no funciona igual que antes. Que la situación es peor. En el Calderón no. En el Calderón la situación es infinitamente mejor que la que había antes, que la que ha habido nunca.
La única sombra de duda que cruza de manera un poco siniestra por mi mente es que, históricamente, la izquierda política ha hecho una trastada detrás de otra en algunos asuntos teatrales claves para esta ciudad. Se lo recuerdo: el Teatro Circo fue demolido porque el coste de consolidación del subsuelo era muy superior al coste de la propia reconstrucción y rehabilitación del teatro, dicho así de literal por el entonces alcalde Sanus, del Partido Socialista; pero enseguida vimos que el problema económico del subsuelo no existía si se trataba de construir un edificio de viviendas. ¿Es eso izquierda y progresismo, o lo llamamos por su verdadero nombre? Más adelante, el Gobierno, igual de socialista, es decir, de izquierdas, suprime el premio ‘Ciutat d’Alcoi de Teatre’ en su versión castellana consiguiendo dos cosas: una, que la calidad del certamen cayera drásticamente –elemental, mi querido Watson- como puede constatar cualquier persona interesada y que haya seguido la trayectoria de este premio; y dos, abonar el terreno, seguro que sin pretenderlo, para hacer del premio de teatro un pastelito a repartir entre amiguetes como tristemente hemos comprobado en las últimas ediciones.
Tampoco puedo creer, en fin, que el tripartito de izquierdas actúe así por rabia, sólo porque fue el PP quien puso a funcionar el Calderón; sería demasiado infantil eso, y por lo tanto, peligroso tenerlos como gobernantes, no, no lo creo. Ni tampoco creo que el Gobierno tripartito de esta ciudad considere que los ciudadanos no nos merecemos una programación como la que hace el Calderón, porque entonces todavía nos valdrían menos como administradores de esta pobre ciudad y habría que ponerlos de patitas en la calle mañana mismo, sin esperar los próximos comicios. O sea, sacarlos de la Casa Consistorial a gorrazos, para no herirles, pero sacarlos, perseguirles por la escalinata municipal hacia abajo propinándoles gorrazos, y con Lluís Llach como música ambiental de fondo dando la monserga con ‘L’estaca’.





















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