Ricardo Canalejas, escritor y profesor.
Como no le da tiempo a mediodía de ir y volver del trabajo a casa en autobús, Marina, suele comer con otras dos compañeras en un bar cerca de la fábrica. Todos los días, de lunes a viernes, pasa el día fuera de casa de 8 de la mañana a 6 de la tarde. Los sábados aunque se despierta a la misma hora, se recrea un tiempo en la cama para sentir que es fin de semana. Sobre las diez, sale de casa vestida de sábado para hacer la compra y entretenerse con alguna tertulia vecinal. Por la tarde, siempre queda con sus amigas para dar un paseo, antes de ir a cenar todas juntas.
Los domingos, aprovecha para limpiar y organizar su casa del carrer Sant Jaume “a on estava la Llibrería Historia, propet de Casa doña Amalia i de la peluquería de Salud al costat de Filá Llana, baixant les escales de Santo Tomás junt al Pont de San Jordi”. Se ha acostumbrado a vivir sola. Hace tiempo que sus padres fallecieron, y como hace más de treinta años que dejo las relaciones con un novio que tuvo, ahora ya no piensa en casarse.
Estaba planchando la ropa, al tiempo que la iba colgando en el armario. Una percha con un vestido se resistía a engancharse porque tropezaba en una caja que estaba debajo y que se abrió al caer al suelo. Era la caja de las fotos de familia. La recogió con la intención de cerrarla enseguida porque esas fotos la hacían sentir más sola. Dejó la caja medio abierta sobre la cama y se sentó al lado. Cogió una que asomaba, que era la foto de la boda de sus padres. Después, otra, de la comunión de su hermano; dos años mayor que ella y que ahora vive en Madrid.
Con delicadeza, colocaba cada una de las fotos bien ordenadas en un montoncito. En una foto estaba ella agarrada a su hermano; los dos muy serios encima de un gran caballo de cartón, delante del cine Avenida. Tenía tres años y no paró de llorar hasta que consiguió subirse con él. Su madre con la merienda en la mano, los miraba por detrás del fotógrafo, diciéndoles que sonrieran, pero Marina aún sollozaba y su hermano estaba enfadado porque quería hacerse la foto con el caballo él solo.
Su padre, que venía de sacar las entradas del cine, les ayudó a bajar, para ir todos al Kiosco Gadea. Su madre conocía mucho a Laula “la torratera", que desde que murió su marido Leopoldo Gadea vestía delantal gris sobre vestido negro. Compraron “chufes arremullades i torrat”. Al entrar al cine Avenida donde hacían una película de Walt Dysney, su padre saludó a Vicente Giner "Caramelo" que paseaba su cesto con donaire, bajando y subiendo el pasillo del cine, anunciando: "¡Hay bombones, caramelos y pastillas de café con leche!".
Con la mirada perdida en el fondo del armario, llena de nostalgia acariciaba las fotos sin darse cuenta. Cerró la caja muy lentamente mientras recordaba que le dolieron las muelas del torrat que había comido en el cine, y las mandíbulas de masticar aquellos caramelos de café con leche que se pegaban al paladar. Aparte de los esparteros que se repartió con su hermano con el que había conseguido montar a caballo en aquella tarde inolvidable.
Ya era de noche cuando salieron del cine, aunque quedaban tertulias de gente por "La bandeja". Mientras sus padres se pararon a saludar a unos amigos. Su hermano 1a va agarrar al bras pegant voltes i van caure els dos un bac". Después de la película a su hermano ya se le había pasado el enfado y quiso ser Peter Pan, porque ella, Marina, dijo que era Campanilla.

Como no le da tiempo a mediodía de ir y volver del trabajo a casa en autobús, Marina, suele comer con otras dos compañeras en un bar cerca de la fábrica. Todos los días, de lunes a viernes, pasa el día fuera de casa de 8 de la mañana a 6 de la tarde. Los sábados aunque se despierta a la misma hora, se recrea un tiempo en la cama para sentir que es fin de semana. Sobre las diez, sale de casa vestida de sábado para hacer la compra y entretenerse con alguna tertulia vecinal. Por la tarde, siempre queda con sus amigas para dar un paseo, antes de ir a cenar todas juntas.
Los domingos, aprovecha para limpiar y organizar su casa del carrer Sant Jaume “a on estava la Llibrería Historia, propet de Casa doña Amalia i de la peluquería de Salud al costat de Filá Llana, baixant les escales de Santo Tomás junt al Pont de San Jordi”. Se ha acostumbrado a vivir sola. Hace tiempo que sus padres fallecieron, y como hace más de treinta años que dejo las relaciones con un novio que tuvo, ahora ya no piensa en casarse.
Estaba planchando la ropa, al tiempo que la iba colgando en el armario. Una percha con un vestido se resistía a engancharse porque tropezaba en una caja que estaba debajo y que se abrió al caer al suelo. Era la caja de las fotos de familia. La recogió con la intención de cerrarla enseguida porque esas fotos la hacían sentir más sola. Dejó la caja medio abierta sobre la cama y se sentó al lado. Cogió una que asomaba, que era la foto de la boda de sus padres. Después, otra, de la comunión de su hermano; dos años mayor que ella y que ahora vive en Madrid.
Con delicadeza, colocaba cada una de las fotos bien ordenadas en un montoncito. En una foto estaba ella agarrada a su hermano; los dos muy serios encima de un gran caballo de cartón, delante del cine Avenida. Tenía tres años y no paró de llorar hasta que consiguió subirse con él. Su madre con la merienda en la mano, los miraba por detrás del fotógrafo, diciéndoles que sonrieran, pero Marina aún sollozaba y su hermano estaba enfadado porque quería hacerse la foto con el caballo él solo.
Su padre, que venía de sacar las entradas del cine, les ayudó a bajar, para ir todos al Kiosco Gadea. Su madre conocía mucho a Laula “la torratera", que desde que murió su marido Leopoldo Gadea vestía delantal gris sobre vestido negro. Compraron “chufes arremullades i torrat”. Al entrar al cine Avenida donde hacían una película de Walt Dysney, su padre saludó a Vicente Giner "Caramelo" que paseaba su cesto con donaire, bajando y subiendo el pasillo del cine, anunciando: "¡Hay bombones, caramelos y pastillas de café con leche!".
Con la mirada perdida en el fondo del armario, llena de nostalgia acariciaba las fotos sin darse cuenta. Cerró la caja muy lentamente mientras recordaba que le dolieron las muelas del torrat que había comido en el cine, y las mandíbulas de masticar aquellos caramelos de café con leche que se pegaban al paladar. Aparte de los esparteros que se repartió con su hermano con el que había conseguido montar a caballo en aquella tarde inolvidable.
Ya era de noche cuando salieron del cine, aunque quedaban tertulias de gente por "La bandeja". Mientras sus padres se pararon a saludar a unos amigos. Su hermano 1a va agarrar al bras pegant voltes i van caure els dos un bac". Después de la película a su hermano ya se le había pasado el enfado y quiso ser Peter Pan, porque ella, Marina, dijo que era Campanilla.






















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