Bartolomé Sanz Albiñana, Excatedrático del IES Cotes Baixes-Alcoi i Doctor en Filología Inglesa.
Dicen los psicólogos del aprendizaje que cuando los niños cumplen seis años, su transfondo social ha rebasado su habilidad natural como principal indicador de éxito futuro en el plano educativo. Como en todas las reglas, siempre existen excepciones, claro está, pero las investigaciones llevadas a cabo hablan por sí mismas. Dicho de otro modo: la suerte está prácticamente echada antes de que los niños pisen un aula para recibir el primer influjo o sello de educación formal, puesto que como se sabe, la educación infantil —hasta los seis años— tiene carácter voluntario.
Por otra parte, los investigadores también parecen coincidir en otro punto clave: los problemas básicos de nuestro sistema educativo encuentran su origen fuera del aula, lo que equivale a decir que un gran número de niños, a esa edad, carece de las destrezas sociales y verbales idóneas para empezar con buen pie ese primer aprendizaje formal con un comportamiento adecuado.
La existencia de conductas disruptivas en el aula tampoco supone una novedad para nadie a estas alturas, pero el descenso de los niveles de comportamiento adecuado en el aula debería ser no solo motivo de reflexión y de preocupación para los padres y las madres, sino también de actuación por su parte, pero de una forma claramente activa. Y lo debería ser en la medida en que entendiesen que el mal comportamiento en el aula de una minoría repercute en el progreso y el aprendizaje de la mayoría. Los padres y madres deberían comprender que no todo es trabajo de los profesores, y que ellos tienen la gran responsabilidad de poner los medios, tratando de evitar que el profesorado se encuentre a menudo involucrado en dinámicas que se asemejan más a procedimientos judiciales, con testigos y declaraciones incluidas, en vez de dedicar su tiempo y esfuerzo a que el acto docente tenga lugar entre las cuatro paredes del aula. Los profesores, por su formación, tienen una misión muy concreta: la de enseñar; y la sociedad, por tanto, debe agradecerles cualquier otra contribución que libremente aporten. A veces se les confunde con trabajadores sociales, pero no lo son, aunque a menudo asuman también esas funciones sin tener la cualificación y, por supuesto, sin la remuneración correspondiente. Si la sociedad espera que el profesorado asuma una carga adicional, como consecuencia de las malas prácticas domésticas o parentales, entonces la escuela necesita un cambio tan profundo que, dada la situación actual, no llegará a plantearse en muchos años. Sería una incongruencia cargarles solo a ellos la responsabilidad del cambio social que todos esperan.
Mientras ese cambio tiene lugar, la inspección educativa debería vigilar esos solapamientos profesionales y procurar medios adicionales a los centros que, por el motivo que fuere, acogen un número excesivo de alumnos con conducta disruptiva, en vez de preocuparse de tareas de dudoso calado pedagógico como puedan ser el número de alumnos de PIP o PEV que utilizan el transporte escolar. Igualmente, en el continuo cambio de denominaciones del Ministerio y Conselleria de Educación es posible que algún dia se cree un Ministerio o Conselleria de Escuelas, Niños y Familias con el fin de otorgar a las partes implicadas, por ley, la relevancia y responsabilidad que se merecen.
En la presente coyuntura socio-económica, con recortes de todo tipo que se materializarán con el aumento de alumnos por clase, la anulación de sustituciones de profesorado, el incremento de carga lectiva para el profesorado, la congelación o reducción de complementos salariales, la infravaloración de la formación continua del profesorado, etc., todo en aras de “salvar el sistema educativo”, es muy difícil que se produzca el milagro del éxito escolar en la escuela. Por tanto, es ahora más que nunca cuando los padres tienen una misión importante en casa, porque es evidente que nos encontramos en un “serio peligro” coyuntural.
Y como no vivimos en una sociedad perfecta, es de suponer que cuando no surjan problemas en la materia prima, probablemente surjan del sistema, de los docentes o de los progenitores. Hemos de estar, por tanto, vigilantes y preparados para lo que el futuro nos pueda deparar.
(Mientras acabo este artículo en mi flamante iMac, Lluís Llach entona, en el Spotify, el antiguo himno
Cal que neixin flors a cada instant, que viene como anillo al dedo
: “No esperem el blat / sense haver sembrat, / no esperem que l'arbre doni fruits sense podar-lo; /l'hem de treballar, / l'hem d'anar a regar, / encara que l'ossada ens faci mal”, que me retrotrae ni más ni menos que a 1969, cuando yo, básicamente, soñaba.)
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