María Adánez y Cristina Marcos han representado ‘La Escuela de la desobediencia’.

‘La Escuela de la desobediencia’, que de manera especialmente brillante han representado María Adánez y Cristina Marcos este sábado en el Teatre Calderón, además de constituirse en un momento de sonrisa cómplice, ha demostrado cómo el lenguaje puede ser el mejor instrumento para convertir simples palabras en situaciones completas.
Momentos casi mágicos como el de la bañera, en el que Fanchón (María Adánez) relata una de sus experiencias o las conclusiones, algunas tan vigentes, sobre la sociedad y la mujer de Susanne (Cristina Marcos) conectan en la mente del espectador el mecanismo de imaginar hasta poder “ver” aquello que sólo es texto.
La obra pone sobre la mesa con formas del XVI las contradicciones sociales, muchas vigentes, sobre el derecho de la mujer a expresar y sentir su libertad sexual a través de la doble adaptación de una novela del renacentista italiano Pietro Aretino.
Con una puesta en escena precisa, que incluye en directo la música de una viola da gamba y de una soprano, Sofía Alegre y Rosa Miranda, durante la representación se circula de forma lúdica por los usos y costumbres de las mujeres de la época y la constatación del cisma entre lo que hace y lo que se dice hacer.
A través de lecciones de Susanne como “grandes, pequeños y medianos”, “virtudes de la mano femenina” o “reputación de las doncellas”, la obra nos muestra la evolución de Fanchón desde la inocencia al convencimiento de que siempre hay una solución para salvar ese “pecadillo sin importancia inventado por los celos de los hombres”.

‘La Escuela de la desobediencia’, que de manera especialmente brillante han representado María Adánez y Cristina Marcos este sábado en el Teatre Calderón, además de constituirse en un momento de sonrisa cómplice, ha demostrado cómo el lenguaje puede ser el mejor instrumento para convertir simples palabras en situaciones completas.
Momentos casi mágicos como el de la bañera, en el que Fanchón (María Adánez) relata una de sus experiencias o las conclusiones, algunas tan vigentes, sobre la sociedad y la mujer de Susanne (Cristina Marcos) conectan en la mente del espectador el mecanismo de imaginar hasta poder “ver” aquello que sólo es texto.
La obra pone sobre la mesa con formas del XVI las contradicciones sociales, muchas vigentes, sobre el derecho de la mujer a expresar y sentir su libertad sexual a través de la doble adaptación de una novela del renacentista italiano Pietro Aretino.
Con una puesta en escena precisa, que incluye en directo la música de una viola da gamba y de una soprano, Sofía Alegre y Rosa Miranda, durante la representación se circula de forma lúdica por los usos y costumbres de las mujeres de la época y la constatación del cisma entre lo que hace y lo que se dice hacer.
A través de lecciones de Susanne como “grandes, pequeños y medianos”, “virtudes de la mano femenina” o “reputación de las doncellas”, la obra nos muestra la evolución de Fanchón desde la inocencia al convencimiento de que siempre hay una solución para salvar ese “pecadillo sin importancia inventado por los celos de los hombres”.




















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