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La transubstanciación del conocimiento, en peligro

Redacción - Dimarts, 29 de Maig del 2012
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Bartolomé Sanz Albiñana, Doctor en Filología Inglesa.  Mi situación vital actual me permite entre otras cosas prestar atención al entorno de un modo empírico. Una vez liberado del trabajo diario de recibir y reenviar emails sin lograr demasiada aquiescencia auditiva, todo hay que decirlo, me siento un hombre nuevo y me permito, con el fin de que  desconecten y se despejen  un poco, invitarles a que hagan el siguiente experimento. Desplácense a cualquiera de los lugares donde  supuestamente se genera  conocimiento, es decir, institutos o departamentos universitarios, incluidas las  bibliotecas universitarias, donde de algún modo también se produce conocimiento aunque sea de segundo orden.  O elijan algún otro lugar al que por su profesión u ocupación tengan fácil acceso y en el que se dirima algún tema de enjundia.  Por favor, absténganse de lugares  sagrados e inabordables  como los consejos de administración de entidades bancarias tipo Bankia o el Consejo General del Poder Judicial, ya que en esos lugares no se crea conocimiento sino que sólo se tratan asuntos relacionados con el interés de los allí congregados. Observarán  que indefectiblemente junto al microscopio, probetas o los adminículos propios del área en cuestión, se encuentran perfectamente alineados y vigilantes uno o dos smartphones de última generación dispuestos a suministrar información  colateral  al objeto de la investigación en curso. Ese es el estado de la cuestión en estos momentos o primer capítulo de cualquier tesis doctoral que se precie. Se detecta, todo hay que decirlo, un notable avance: en mi juventud, a la hora de estudiar, simplemente nos plantificábamos los apuntes delante. Hoy en día nadie que se precie un mínimo se dispone al ritual de la transubstanciación del conocimiento –no obvien en ningún momento el paralelismo con la misa: corporales, cáliz, misal, etc.– sin, al menos,  apuntes, portátil y móvil. El ensayo también se puede llevar a cabo en la calle, en la plaza,  en el parque, en gimnasio o centros de secundaria, lugares en los que, en principio, no se genera conocimiento, pero que son fuente de otro tipo de vibraciones. En el fondo lo que parece que se persiga con este modus operandi,  camino de  convertirse  inexorablemente en modus vivendi, es no dar tregua  al cerebro ni un minuto al día. ¡Tanto Facebook, Twitter y Whatsapp para al final  olvidar el tradicional día de la madre! Incluso, si se paran a pensar,  con tanto aparatito entre manos, se han  perdido esparcimientos  tradicionales como mirar el horizonte, abrir los ojos a lo que nos rodea  y la tan  castiza costumbre de proferir piropos procaces del tipo “estás como un tren” cuando se presenta la ocasión. La situación no deja de ser preocupante porque se pone en tela de juicio la capacidad de atención del ser humano, o tal vez estemos desarrollando una nueva habilidad consistente en hacer dos o más cosas a la vez sin un grado adecuado de atención: escuchar música estridente y estudiar, cepillarse los dientes y consultar  el correo electrónico o hacer la cama, vestirse con la mano derecha y sostener el teléfono móvil con la izquierda, hacer fotocopias y contestar el teléfono tradicional, crear alertas sobre mil temas  para luego trasladarlas directamente a la papelera sin abrirlas mientras se escucha la final de la copa del rey, qué sé yo. El otro día me decía un médico que ante esta situación de difícil solución no resulta extraño que una gran parte de la población esté afectada por constipación, una dolencia que nada tiene que ver con los constipados. El cerebro se  está atascando con el bombardeo de tanto mensaje procedente de tanta fuente diferente que al final las tradicionales  tuberías evacuatorias se están resintiendo por el desorden que sufren las conexiones neuronales. Y esto sí que es realmente preocupante. Esto y que cada vez también tengamos más dificultad para articular una oración subordinada e incluso los monosílabos sí y no. Ahora en serio: la dependencia cada vez más creciente e incontrolable de todo tipo de artefactos mientras uno se dispone a estudiar afectarán negativamente en el grado de atención que se requiere  para cualquier acto de índole intelectual. Si cuando era docente propuse a mi CEFIRE la conveniencia de ofertar  cursos de formación de defensa personal, dado el peligro a la que estábamos expuestos, ahora que ya no lo soy me atrevería a sugerir que no sería descabellado introducir  cursos para desengancharse de internet y de otros artilugios, como si de  sustancias malignas se trataran, como el alcohol o el tabaco, pero me dicen que no saben si tendrán CEFIREs el curso que viene, y además Consellería ya no reconoce la formación permanente del profesorado   y que sólo se cobra el 50 % del complemento de los sexenios reconocidos. Ya ven, sólo nos dan malas noticias.
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