Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa.
Vaya por delante que a mí personalmente me interesa muy poco la política del FMI, que dirige Christine Lagarde, entre otras cosas porque no entiendo nada por más que lo intento. Hemos de reconocer, no obstante, que cualquier enunciado de contenido económico de estos últimos día nos, como menos, desasosiega: «El crédito aumentará directamente la deuda pública», «El gasto de los intereses del préstamo tendrá un impacto directo en el déficit», «La ayuda a España agravará el déficit público» o «Las deudas privadas se convierten en deudas soberanas».
Entre tanto, seguimos sin ver resquicio alguno de luz al final del túnel en la gestión del gobierno Rajoy tras seis meses de habernos adentrado en él. Percibimos, eso sí, bastante arrogancia, mucho triunfalismo verbal y ningún deseo de explicar ni siquiera en parábolas la realidad del día a día al pueblo contribuyente. Mientras tanto, este país se desangra en su viacrucis particular de recortes y rescates, conocidos respectivamente en el lenguaje político como reformas y programas de asistencia financiera a las entidades bancarias.
Siento, sin embargo, especial interés por la filosofía subyacente en los proyectos que llevan a cabo bajo el brazo quienes nos dirigen, ya que a fin de cuentas se convierten también en nuestros proyectos. En el caso de Lagarde su lema es: «Inveniam viam aut faciam», es decir, «Encontraré un camino o lo haré» (correspondencia) o más bien, «Encontraré un modo o yo misma lo crearé» (equivalencia). Ese era el lema que presidía la Escuela Holton Arms donde pasó un año. Cualquier establecimiento educativo del mundo anglosajón, como es conocido, tiene su lema. Y quienes entran y salen de él, una y otra vez, al final acaban por interiorizarlo, es decir, por hacerlo suyo. Y si, por una de esas, se convierten en líderes, lo transmiten inconscientemente a sus subordinados. De este modo, cada gobernante, en la esfera en que desarrolla su actividad, nos envía mensajes cada cierto tiempo. ¿O no es eso lo que hace Angela Merkel cada dos días? Así, un día nos dicen que nuestros gobiernos actuaron irresponsablemente durante una década –y nos entra un sentimiento de culpabilidad– y al siguiente, que España debe subir el IVA ya y bajar más los sueldos de los funcionarios antes de que sea tarde –entonces nos invade el desasosiego–. Recordemos que anteriormente ya nos habían bombardeado con que combatiéramos la corrupción y el fraude fiscal, y el día menos pensado instarán al Estado y a la Iglesia a que se desprendan del patrimonio acumulado a lo largo del tiempo. Menos mal que el presidente Obama nos ha dado un respiro con «España no puede seguir cortando, cortando y cortando. Hay que buscar otras formas de flexibilidad».
Es ya hora de que nos preguntemos seriamente qué sentido tienen los gobiernos nacionales, atados de pies y manos, cuando en realidad solo seguimos dictados sobre todo europeos: «Supriman la deducción fiscal por vivienda; ni se les ocurra ninguna amnistía fiscal; privatícenlo todo y recorten al máximo los sueldos públicos». Y, por supuesto, «mejoren la productividad y la competitividad de sus economías», y «estimulen el dinamismo empresarial». El problema de tanto lema y mensaje es cómo llevarlos a la práctica, pero eso parece que se deja en manos de los gobiernos nacionales de turno, los pringados, que saben perfectamente lo peligroso que resulta poner en práctica medidas drásticas si es que entre sus planes figura agotar la legislatura y no ser víctimas de un cambio súbito de gobierno, acontecimiento este al que ya nos vamos acostumbrando.
Decía el poeta León Felipe: «Yo no sé muchas cosas, es verdad, / pero me han dormido con todos los cuentos… / y sé todos los cuentos». La mayoría de nosotros tampoco tampoco sabemos muchas cosas, pero sabemos que cada vez estamos más endeudados, y también que los países ya rescatados empiezan a mirarnos con recelo. Sabemos que que el crecimiento está verde y que lo único que va madurando es la tasa de paro. Mientras tanto, no se preocupen, si hay algún modo de solucionar el problema se solucionará, o si lo prefieren, en latín, «Inveniam viam aut faciam», aunque seguramente ya será tarde y estaremos todos muertos, porque esto va para largo.
Y es que la política generativa, tan en boga ahora, permite generar en el cerebro de los políticos de primer orden un número ilimitado de medidas a los problemas que se van planteando en el transcurso del tiempo. No nos preocupemos demasiado, por tanto, si realmente no entendemos lo que está pasando, pues, como sucede con la gramática generativa, esta forma de política no es materia para principiantes y requiere una cierta experiencia previa no solo en los sectores nacionales y/o autonómicos, sino también cierta dosis de imaginación, que la mayoría no tenemos.



















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