Bartolomé Sanz Albiñana, Doctor en Filología Inglesa.
Digámoslo una vez más y no temamos repetirlo hasta la saciedad –los dogmas en lo esencial, y eso lo saben muy bien todas las religiones, hay que bombardearlos por todos los medios posibles–, la educación posibilita a todas las capas sociales sin exclusión una formación que es la base de otras formaciones futuras y a la que no se puede renunciar. Si se priva o restringe esa formación mediante recortes a las clases menos pudientes, se les está segregando y se están sentando las bases de un futuro apartheid, una especie de condena de por vida, como si de un grupo social maldito y no deseable se tratara. Los ricos, por su parte, tienen hasta la posibilidad de elegir la educación que deseen para sus hijos, lo cual no está a la mano de los pobres. No se me ocurre mejor ejemplo que las famosas public schools británicas.
Lo que resulta meridianamente claro a estas alturas es que la utopía de una educación igual para todos vive horas bajas y se aleja mes tras mes de ese horizonte al que nos íbamos acercando en los últimos lustros. Poco importa reflexionar ahora sobre los responsables de la situación presente; lo realmente sustancial es la condena a la que se está arrastrando cada vez con más frecuencia a más ciudadanos, sean del país que sean: acuciados por el desempleo y por la situación económica presente entran en un círculo vicioso de difícil retorno: peor educación, peor sanidad, peores perspectivas de mejora y progreso, peor estado del bienestar, que en definitiva se convierten en antesala del malvivir y de la desesperación, todo ello como consecuencia de la aparición paulatina y silenciosa de brechas socioeconómicas que favorecen mayores desigualdades. Peores medios educativos de cualquier índole propician un mayor fracaso escolar, que es el primer paso para la formación de una espiral de desencanto vital al que parecen condenados determinados sectores de la sociedad actual. Y quede bien claro que con desilusión y falta de esperanza es difícil encarrilar el futuro. Resulta muy complejo, por no decir imposible, abandonar la decepción cuando se nos anuncian más medidas –sinónimo de más recortes, suponemos– no para antes de que finalice el año 2012, sino para antes de que acabe septiembre, como preludio a un otoño permanentemente caliente. En esto –en el rosario de medidas–, no nos engañó la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, una vez jurado el cargo, a finales de 2011.
Mientras tanto, quienes escribimos día a día y actuamos como humildes notarios de la realidad cotidiana, somos simples seres prometeicos, hijos del héroe mitológico Prometeo: robamos el fuego al dios Zeus para entregarla a los hombres, es decir, transmitimos un evangelio que de algún modo hemos heredado. Robamos el fuego para que los hombres se calienten y transmitimos una buena nueva que no puede permanecer inoperante en el reducto de una caverna oscura.
Sin embargo, parece que los dioses europeos estén enojados y nos manden una Pandora muy especial, cuyas desgracias consisten en recortes y más recortes. Ahora bien, no nos engañemos, los mitos son plurisemánticos. Y finalmente nadie sabe a ciencia cierta si nuestro Prometeo en jefe es benefactor o tramposo y si la caja de Pandora esconde beneficios en vez de infortunios. Lo que sí sabemos es que sin educación de calidad y sin sanidad universal no hay futuro, al menos un futuro tranquilo.


















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