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Nueva contrarreforma educativa a la vista

Redacción - Dilluns, 24 de Setembre del 2012
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Bartolomé Sanz Albiñana, Doctor en Filología Inglesa. Ahora si algo va mal ya no se dice que va mal, sino que con el fin de gestionar inteligentemente la situación se procura moderar el relato, el discurso y la narrativa (gramática, al fin y al cabo), y se concluye sutilmente con que “el actual sistema educativo presenta disfunciones” dando a entender que se controla la situación con serenidad y cautela. Pero nuestra realidad educativa es palmaria y tiene su fiel reflejo en un indicio muy simple: más del 25 % de nuestros escolares abandona prematuramente el sistema educativo diseñado por los gobernantes. Este hecho no parece sonrojar a los interesados, pero debería ser motivo de preocupación para quienes desempeñan algún cargo político en la esfera educativa, ya que ellos son los responsables últimos de las estrategias desarrolladas en ese campo durante periodos prorrogables de cuatro años. El gobierno central, en un primer paso, parece haber identificado los males y se dispone a proponer soluciones con la séptima ley educativa de la democracia –nuestro sistema educativo no universitario en la actualidad aún emana efluvios logsianos (LOGSE 1990) muy perceptibles, a pesar de los retoques legislativos posteriores (LOCE 2002 y LOE 2006, principalmente)-. Uno de los males detectados es el porcentaje dispar de contenidos que se reparten el MEC y sus consejerías homólogas en las diecisiete autonomías, que hacen del caso español un caso único, una especie de totum revolutum, sobre todo a ojos de observadores foráneos. La solución propuesta en la nueva ley consiste en rebajar el porcentaje de contenidos en manos de las consejerías autonómicas. No creo que la solución propuesta contribuya a mejorar los resultados presentes ni tampoco nuestra posición en ranquin de PISA. Estoy totalmente de acuerdo con las evaluaciones externas al final de cada etapa, como también estoy a favor de las evaluaciones diagnósticas en todas las materias. No detecto segregación alguna en esa práctica. Quienes sufrimos las famosas reválidas en la década de los sesenta del siglo XX no estamos traumatizados: sabíamos que teníamos que escalar esos everests y procurábamos prepararnos para ese reto, y quede claro que no teníamos departamentos de orientación y nuestros progenitores, asalariados en la mayoría de los casos, trabajaban de sol a sol en actividades no tan sofisticadas como los que conocemos hoy y poco podían orientarnos. Ahora da la sensación de que, incluso para cruzar la calle en un pueblo, el niño tiene que ir cogido de la mano con el fin de que no se traumatice en el esfuerzo, quede deslumbrado por los luminosos de una entidad bancaria o se despiste observando cómo se aparean los gorriones en época de celo. Existe, en mi opinión, demasiada sobreprotección por parte de los padres. Y como nuestros escolares se aburren en las aulas a los 15 años, probemos en el futuro con una FP Básica, seguida de una FP dual según el modelo alemán, que les resulte atractiva en alguna de las profesiones o un curso introductorio al bachillerato. Siento decir que, como la ESO consta de unos contenidos básicos, se debería continuar respetando su duración, de lo contrario tendremos aprendices de profesiones medio analfabetos y aspirantes a cursar Bachillerato alimentados con contenidos de 4º de ESO. Una vez más el Bachillerato de tres cursos se queda en una quimera, en una posibilidad que parece que no se adapta al corsé europeo que tácitamente indica que a la Universidad se accede a los 18 años. Pero a la Universidad, independientemente de la edad, se debe acceder en condiciones mínimas; de este modo el profesorado no perdería tanto el tiempo en los primeros cursos. Todos parecen estar de acuerdo en que el Bachillerato actual está un tanto descafeinado, con un segundo curso dedicado prácticamente a entrenar a los alumnos, como en las autoescuelas, a base de tests para la única prueba externa que en estos momentos existe en nuestro sistema educativo y a la que después de tantos años se le ha cogido el tranquillo: la Selectividad o PAU, que aprueba prácticamente todo el mundo, ya que la etapa siguiente también necesita nutrirse de nuevos clientes con el fin de dar la sensación de que el engranaje del sistema educativo funciona a la perfección. Respecto a la FP dual, ya se lleva haciendo desde hace muchos años con otro nombre: la Formación en Centros de Trabajo; desde siempre se ha procurado el contacto con el mundo de la empresa desde el centro escolar, de manera que no fuera una formación aséptica, sino incardinada en el mundo laboral con vistas a facilitar al alumnado la búsqueda de trabajo. Unas veces ha funcionado mejor que otras, pero los indicadores actuales con la crisis como telón de fondo no presagian un cambio de rumbo radical. Está claro que si se dejara el sistema educativo o el sanitario en nuestras manos, tendríamos unos cuantos millones de propuestas; bueno, no tantas, dado que la educación, al menos, no es una preocupación prioritaria de la mayoría de los españoles. En realidad existe una idea bastante arraigada en nuestra sociedad consistente en que la educación es algo que atañe única y exclusivamente a quienes tienen vástagos en edad escolar, como si la educación fuera un producto con fecha de caducidad y no un proceso permanente a lo largo de toda la vida. Aquí lo que parece fallar en un sector bastante elevado de la población son dos cuestiones que no acabamos tener claras. Una es de índole personal, y es el convencimiento pleno de que la educación, a pesar de la situación actual con tantas estrecheces económicas, es algo de vital importancia para el ser humano. La otra nos viene impuesta por la situación geográfica: el ser un país mediterráneo, atravesado por el paralelo 40 norte, no contribuye precisamente a mejorar la situación. Vivimos acariciados por el buen clima y rodeados de distracciones y tentaciones que nos invitan a mirar la vida con hedonismo. Ese es nuestro destino en el mundo. Luis Aguilé, cantante argentino afincado en España lo sintetizaba a la perfección a comienzos de la década de los sesenta: “Es el sol español, es el sol español”. En fin, hasta la próxima reforma educativa. Y, por favor, hagan cola aquellos que deseen expresar su rechazo a la ley que se aprobará los próximos meses, si estiman que es ideológica, no consensuada, segregadora de alumnos, diferenciadora según su talento y rendimiento, y porque no dignifica adecuadamente al profesorado.
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