Artículo de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa y excatedrático de ES.
Coincidirán conmigo en que la Iglesia católica no se distingue precisamente por ser rauda en sus decisiones, ya que en la mayoría de ocasiones, con el fin de no atosigar al Espíritu Santo, se toma su tiempo para estudiar concienzudamente los temas sobre los que se va a pronunciar y suele madurar las ideas con el sosiego propio que se dispensa a los vinos de calidad. Algunos dirán que esto no siempre es así y pondrán como ejemplos el proceso relámpago con que Josemaria Escrivá de Balaguer ascendió a los altares o los arranques incontrolados con que, de tanto en tanto, el actual obispo de Alcalá de Henares nos obsequia con sus peroratas contra el aborto, la homosexualidad y la eutanasia. Debemos reconocer, no obstante, que se trata de excepciones puntuales.
La maquinaria burocrática del Vaticano, y en esto se diferencia poco de la maquinaria burocrática de cualquier Estado o de cualquier comunidad autónoma española, es lenta a más no poder. Da la sensación de que esta institución se niega a aplicar las nuevas tecnologías en su quehacer diario. Es un mundo en el que todo se toma con parsimonia, dando a entender que la velocidad está reñida con todo lo que rodea el ritual litúrgico-eclesiástico. Así pues, resulta inimaginable advertir a ningún miembro de la jerarquía eclesiástica superior mirar de reojo el reloj mientras concelebra la Misa de Gallo o celebra los oficios del Triduo Pascual. Eso es solo para los curas que los domingos deben atender a los feligreses de tres o cuatro pueblos. Viene esto a cuento del reciente nombramiento de dos nuevos doctores de la Iglesia, un clérigo español del siglo XVI, un siglo en el que sobresalimos en espiritualidad por encima de otros países, y una monja mística alemana del siglo XII, teóloga además de compositora.
Quede claro mi absoluto respeto por las decisiones de la Iglesia en nombrar doctores de la misma a quienes estime conveniente, pero a mí me parece que esto se asemeja a la concesión de los premios Nóbel de literatura, que no queda bien repetir el país muy a menudo, ya que todos tienen derecho a tener un Nóbel en su casa y en su lengua. Por tanto, no sería políticamente correcto que el año que viene el de literatura recayera en otro escritor chino. Y conste que nosotros, en cuanto a doctores de la Iglesia, no nos podemos quejar, pues en dos mil años de cristianismo se nos han adjudicado cuatro de los treinta y cinco otorgados. Ignoro si el Espíritu Santo, con la de conflictos que existen en el mundo por resolver, está también metido en estos menesteres o haya delegado quizá en alguien de plena confianza.
No me dirán ustedes que no resulta extraño que con tanta comisión y subcomisión para tantos y tan diversos asuntos para tratar que existirán no solo en el Vaticano sino también en las conferencias episcopales de los diferentes países, se tarde tanto tiempo en percatarse de los méritos contraídos por la abadesa Hildegard von Bingen, que escribía y componía prácticamente por los mismos años en que alguien por nuestras tierras componía el Poema de Mío Cid, y a quien, además, se le considera “representante eximia de una escritura femenina enmarcada en la tradición religiosa escrita en latín”. El feminismo, pues, está de enhorabuena, pero ha transcurrido demasiado tiempo para una obra teológica que también es literatura. Y lástima que esté en latín, una lengua en la que a duras penas llegan a manejarse los curas modernos, incapaces ya de recitar el Introibo ad altare Dei, el Lavabo manus meas inter innocentes y el Orate fratres. Los cincuenta años del Concilio Vaticano II traen estas cosas.
Coincidirán conmigo en que la Iglesia católica no se distingue precisamente por ser rauda en sus decisiones, ya que en la mayoría de ocasiones, con el fin de no atosigar al Espíritu Santo, se toma su tiempo para estudiar concienzudamente los temas sobre los que se va a pronunciar y suele madurar las ideas con el sosiego propio que se dispensa a los vinos de calidad. Algunos dirán que esto no siempre es así y pondrán como ejemplos el proceso relámpago con que Josemaria Escrivá de Balaguer ascendió a los altares o los arranques incontrolados con que, de tanto en tanto, el actual obispo de Alcalá de Henares nos obsequia con sus peroratas contra el aborto, la homosexualidad y la eutanasia. Debemos reconocer, no obstante, que se trata de excepciones puntuales.
La maquinaria burocrática del Vaticano, y en esto se diferencia poco de la maquinaria burocrática de cualquier Estado o de cualquier comunidad autónoma española, es lenta a más no poder. Da la sensación de que esta institución se niega a aplicar las nuevas tecnologías en su quehacer diario. Es un mundo en el que todo se toma con parsimonia, dando a entender que la velocidad está reñida con todo lo que rodea el ritual litúrgico-eclesiástico. Así pues, resulta inimaginable advertir a ningún miembro de la jerarquía eclesiástica superior mirar de reojo el reloj mientras concelebra la Misa de Gallo o celebra los oficios del Triduo Pascual. Eso es solo para los curas que los domingos deben atender a los feligreses de tres o cuatro pueblos. Viene esto a cuento del reciente nombramiento de dos nuevos doctores de la Iglesia, un clérigo español del siglo XVI, un siglo en el que sobresalimos en espiritualidad por encima de otros países, y una monja mística alemana del siglo XII, teóloga además de compositora.
Quede claro mi absoluto respeto por las decisiones de la Iglesia en nombrar doctores de la misma a quienes estime conveniente, pero a mí me parece que esto se asemeja a la concesión de los premios Nóbel de literatura, que no queda bien repetir el país muy a menudo, ya que todos tienen derecho a tener un Nóbel en su casa y en su lengua. Por tanto, no sería políticamente correcto que el año que viene el de literatura recayera en otro escritor chino. Y conste que nosotros, en cuanto a doctores de la Iglesia, no nos podemos quejar, pues en dos mil años de cristianismo se nos han adjudicado cuatro de los treinta y cinco otorgados. Ignoro si el Espíritu Santo, con la de conflictos que existen en el mundo por resolver, está también metido en estos menesteres o haya delegado quizá en alguien de plena confianza.
No me dirán ustedes que no resulta extraño que con tanta comisión y subcomisión para tantos y tan diversos asuntos para tratar que existirán no solo en el Vaticano sino también en las conferencias episcopales de los diferentes países, se tarde tanto tiempo en percatarse de los méritos contraídos por la abadesa Hildegard von Bingen, que escribía y componía prácticamente por los mismos años en que alguien por nuestras tierras componía el Poema de Mío Cid, y a quien, además, se le considera “representante eximia de una escritura femenina enmarcada en la tradición religiosa escrita en latín”. El feminismo, pues, está de enhorabuena, pero ha transcurrido demasiado tiempo para una obra teológica que también es literatura. Y lástima que esté en latín, una lengua en la que a duras penas llegan a manejarse los curas modernos, incapaces ya de recitar el Introibo ad altare Dei, el Lavabo manus meas inter innocentes y el Orate fratres. Los cincuenta años del Concilio Vaticano II traen estas cosas.




















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