Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa.
Hace unos días me disponía a escribir unas líneas conmemorativas del 350 aniversario del Book of Common Prayer (El libro de rezo común de la iglesia anglicana), por la trascendencia que este libro oficial de oración y de liturgia ha tenido en el mundo anglosajón (un espejo en el que a menudo nos miramos). Un libro con muchas revisiones a lo largo del tiempo, desde su primer texto en 1549 hasta el texto prácticamente definitivo de 1662. Se trata de la primera obra de estas características escrita en lengua vernácula y utilizada tanto por los eclesiásticos como por los seglares. Considerado el libro religioso más importante después de la Biblia de James I, en ambos casos sus giros idiomáticos fueron calando en la lengua inglesa, en la imaginación y en la inteligencia de un pueblo hasta el punto que no resulta exagerado afirmar que por cada inglés que asitía a una representación de Shakespeare en el teatro The Globe, había cientos que leían o escuchaban distintos pasajes de la Biblia en tanto que Palabra de Dios en un caso, mientras que en el otro eran las fórmulas rituales escuchadas una y otra vez, con las que millones de anglicanos recibieron el bautismo, contrajeron matrimonio o fueron enterrados.
Claro, esto sucedía en un momento en que no existían distracciones y entretenimientos como los que conocemos hoy; ahora, a pesar de que el libro en cuestión se encuentra traducido hasta en castellano y ha llegado a todos los rincones del mundo en diferentes adaptaciones dependiendo de las denominaciones protestantes, el problema es que las iglesias de cualquier religión, a excepción de las mezquitas, están prácticamente vacías y los libros usados en otros tiempos para las diferentes celebraciones, acumulan polvo y olvido; pero allí se encuentran, ordenados en las estanterías de los bancos o arrinconados, como testigos silenciosos de una época no tan lejana. De todos modos, las estadísticas señalan que todavía hoy va más gente a la iglesia los domingos que a los campos de fútbol los sábados (Brian Cummings, 2011:xi) y mi última asistencia a un oficio anglicano en Great Casterton, un pequeño pueblo en el condado más pequeño del país, Rutland, así lo atestigua.
La buena cuestión es que este proyecto inicial se truncó al trascender la noticia de la designación del 106 Arzobispo de Canterbury, cuyo título oficial es el de primado de toda Inglaterra, para diferenciarse del primado de Inglaterra (a secas), título que recae en el Arzobispo de York. El nombramiento del líder de la Iglesia de Inglaterra no es un asunto baladí y recae en un obispo que en última instancia ha superado los delicados filtros de Downing Street hasta llegar al mismo Palacio de Buckingham, donde la reina da el beneplácito final.
El nuevo arzobispo designado, Justin Welby, de 56 años, después de pasar por Eton y estudiar historia y derecho en Cambridge, como hacen la mayoría de políticos en dicho país, dedicó once años de su vida a trabajar en una famosa empresa de la industria petrolera en proyectos en el Mar del Norte y oeste de África —todo esto se puede consultar en la página web personal del Arzobispo de Canterbury, diferente de la web de la Iglesia de Inglaterra, ambas muy cuidadas—. Hombre de vocación tardía —el Eclesiastés dice claramente que hay tiempo para todo—, tras los estudios de teología se especializa en ética en los negocios, publicando un librito titulado ¿Pueden pecar las empresas?, que parece estar en la onda de las publicaciones y preocupaciones de nuestra catedrática Adela Cortina.
A mí lo que realmente me llama la atención de este nombramiento es el perfil del nuevo líder religioso de la iglesia anglicana. En el futuro tendremos que estar atentos a las decisiones de este arzobispo, que es contrario al matrimonio gay, pero no a los gays y que se decanta por la ordenación de mujeres como obispos. Pero sobre todo me interesa observar cómo se manejará entre la Biblia y los movimientos bursátiles, y que me traen a la memoria los pensamientos de Benjamin Franklin que, además de inventar el pararrayos y las aletas de nadador, estaba imbuido por el espíritu del capitalismo que irradiaban el calvinismo y otras sectas protestantes y en las que el trabajo tenía la consideración de instrumento salvífico. De este modo, fruncimos el ceño y sonreímos cuando releemos sus reflexiones hoy día, como si se trataran de un decálogo de fe del pueblo norteamericano o un resumen de la “filosofía de la avaricia”:
“Piensa que el tiempo es dinero. El que puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y se dedica a pasear la mitad del día, o a holgazanear en su cuarto, aun cuando sólo dedique seis penique para sus diversiones, no ha de contar esto sólo, sino que en realidad ha gastado, o más bien derrochado, cinco chelines”. Y seguía con: “Piensa que el dinero es fértil y reproductivo. El dinero puede producir dinero. Cuanto más dinero hay, tanto más produce al ser invertido. Quien mata una cerda, aniquila toda su descendencia. Lleva cuenta de tus gastos e ingresos.”
Pero el problema de todo es que la mayoría no tenemos dinero, ni ilusión de soñar con el cuento de la lechera. Y a lo sumo podemos, como hacían los ingleses en el siglo XVII y más tarde también George W. Bush, cenar, leer la Biblia (un libro más inspirador que cualquiera de doctrina comunista china) y acostarnos.
Hace unos días me disponía a escribir unas líneas conmemorativas del 350 aniversario del Book of Common Prayer (El libro de rezo común de la iglesia anglicana), por la trascendencia que este libro oficial de oración y de liturgia ha tenido en el mundo anglosajón (un espejo en el que a menudo nos miramos). Un libro con muchas revisiones a lo largo del tiempo, desde su primer texto en 1549 hasta el texto prácticamente definitivo de 1662. Se trata de la primera obra de estas características escrita en lengua vernácula y utilizada tanto por los eclesiásticos como por los seglares. Considerado el libro religioso más importante después de la Biblia de James I, en ambos casos sus giros idiomáticos fueron calando en la lengua inglesa, en la imaginación y en la inteligencia de un pueblo hasta el punto que no resulta exagerado afirmar que por cada inglés que asitía a una representación de Shakespeare en el teatro The Globe, había cientos que leían o escuchaban distintos pasajes de la Biblia en tanto que Palabra de Dios en un caso, mientras que en el otro eran las fórmulas rituales escuchadas una y otra vez, con las que millones de anglicanos recibieron el bautismo, contrajeron matrimonio o fueron enterrados.
Claro, esto sucedía en un momento en que no existían distracciones y entretenimientos como los que conocemos hoy; ahora, a pesar de que el libro en cuestión se encuentra traducido hasta en castellano y ha llegado a todos los rincones del mundo en diferentes adaptaciones dependiendo de las denominaciones protestantes, el problema es que las iglesias de cualquier religión, a excepción de las mezquitas, están prácticamente vacías y los libros usados en otros tiempos para las diferentes celebraciones, acumulan polvo y olvido; pero allí se encuentran, ordenados en las estanterías de los bancos o arrinconados, como testigos silenciosos de una época no tan lejana. De todos modos, las estadísticas señalan que todavía hoy va más gente a la iglesia los domingos que a los campos de fútbol los sábados (Brian Cummings, 2011:xi) y mi última asistencia a un oficio anglicano en Great Casterton, un pequeño pueblo en el condado más pequeño del país, Rutland, así lo atestigua.
La buena cuestión es que este proyecto inicial se truncó al trascender la noticia de la designación del 106 Arzobispo de Canterbury, cuyo título oficial es el de primado de toda Inglaterra, para diferenciarse del primado de Inglaterra (a secas), título que recae en el Arzobispo de York. El nombramiento del líder de la Iglesia de Inglaterra no es un asunto baladí y recae en un obispo que en última instancia ha superado los delicados filtros de Downing Street hasta llegar al mismo Palacio de Buckingham, donde la reina da el beneplácito final.
El nuevo arzobispo designado, Justin Welby, de 56 años, después de pasar por Eton y estudiar historia y derecho en Cambridge, como hacen la mayoría de políticos en dicho país, dedicó once años de su vida a trabajar en una famosa empresa de la industria petrolera en proyectos en el Mar del Norte y oeste de África —todo esto se puede consultar en la página web personal del Arzobispo de Canterbury, diferente de la web de la Iglesia de Inglaterra, ambas muy cuidadas—. Hombre de vocación tardía —el Eclesiastés dice claramente que hay tiempo para todo—, tras los estudios de teología se especializa en ética en los negocios, publicando un librito titulado ¿Pueden pecar las empresas?, que parece estar en la onda de las publicaciones y preocupaciones de nuestra catedrática Adela Cortina.
A mí lo que realmente me llama la atención de este nombramiento es el perfil del nuevo líder religioso de la iglesia anglicana. En el futuro tendremos que estar atentos a las decisiones de este arzobispo, que es contrario al matrimonio gay, pero no a los gays y que se decanta por la ordenación de mujeres como obispos. Pero sobre todo me interesa observar cómo se manejará entre la Biblia y los movimientos bursátiles, y que me traen a la memoria los pensamientos de Benjamin Franklin que, además de inventar el pararrayos y las aletas de nadador, estaba imbuido por el espíritu del capitalismo que irradiaban el calvinismo y otras sectas protestantes y en las que el trabajo tenía la consideración de instrumento salvífico. De este modo, fruncimos el ceño y sonreímos cuando releemos sus reflexiones hoy día, como si se trataran de un decálogo de fe del pueblo norteamericano o un resumen de la “filosofía de la avaricia”:
“Piensa que el tiempo es dinero. El que puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y se dedica a pasear la mitad del día, o a holgazanear en su cuarto, aun cuando sólo dedique seis penique para sus diversiones, no ha de contar esto sólo, sino que en realidad ha gastado, o más bien derrochado, cinco chelines”. Y seguía con: “Piensa que el dinero es fértil y reproductivo. El dinero puede producir dinero. Cuanto más dinero hay, tanto más produce al ser invertido. Quien mata una cerda, aniquila toda su descendencia. Lleva cuenta de tus gastos e ingresos.”
Pero el problema de todo es que la mayoría no tenemos dinero, ni ilusión de soñar con el cuento de la lechera. Y a lo sumo podemos, como hacían los ingleses en el siglo XVII y más tarde también George W. Bush, cenar, leer la Biblia (un libro más inspirador que cualquiera de doctrina comunista china) y acostarnos.



















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