Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa.
Un año antes de ocupar el número 10 de Downing Street, en diciembre de 1996, Tony Blair aseguraba que nadie en su país deseaba una revolución en la educación. Es cierto. Cualquier sistema educativo, incluido el nuestro, se da por satisfecho simplemente con mejorar un poco los niveles de los alumnos y los resultados globales. En este campo las grandes revoluciones son utópicas. Una reforma educativa por supuesto que depende del gobierno de turno, pero su puesta en funcionamiento afecta directamente, en nuestro caso, al pesado engranaje de más 32.000 centros educativos, ocho millones de alumnos y unos 600.000 profesores. Y todos esos números, siempre aproximados y variables según las fuentes, afectan a otros números ocultos, pues hasta ahí llegan los tentáculos del currículo oculto.
Quien observe con atención los movimientos de nuestro Ministerio de Educación convendría que se fijara en un aspecto fundamental después de plantearse la pregunta siguiente: ¿la nueva reforma educativa servirá para acortar un poco la brecha que existe entre los ricos y los pobres? La respuesta, lógicamente, se debe encontrar entre las líneas del proyecto que ahora se debate. Y la oposición, por su parte, debería escrutarla cuidadosamente si es que realmente esta formación aspira a derribar el muro que separa la educación pública de todas las demás existentes.
La Educación, no lo olvidemos, forma parte de la Administración. Y nuestra Administración –ese sistema interno que nos amordaza central y autonómicamente– necesita una gran revolución y reforma. Esa reforma, que se supone debe tener lugar en el primer trimestre de 2013, no sabemos exactamente en qué consistirá, pero no estaría mal que en ella se contemplara la abolición de las oposiciones a los cuerpos docentes, tal y como las hemos entendido hasta ahora, lo que supondría el fin del funcionario docente. El sistema funcionarial es el cáncer de la educación. Y lo es porque ese engranaje que lo debiera hacer funcionar (equipos directivos, docents, inspección educative, etc.) está anquilosado y amordazado en praxis del pasado.
Todo este planteamiento, aquí y ahora, es pura quimera, lo reconozco, pero continuo pensando que un cuerpo fuerte e independiente de directores, sin ataduras de claustros ni consejos escolares, bien formados y escogidos por una inspección educativa competente abriría un nuevo horizonte en el mundo educativo. ¿Se imaginan ustedes un cuerpo de directores con capacidad de contratar a sus equipos docentes con asesoramiento de los jefes de estudio y los jefes de departamento? ¿Un cuerpo de directores bien remunerado y con capacidad de rescindir contratos al final de curso si no se han cumplido los objetivos programados y no ha mejorado el nivel del alumnado? ¿Un cuerpo de directores abierto a las evaluaciones externas de culaquier índole y sin miedo a los ránquings públicos que se determinen? ¿O es que los padres no tienen derecho a seguir su propio instinto buscando la mejor educación para sus hijos donde estimen conveniente? Pero en la situación actual, con clases masificadas, ¿cómo va a ser posible sacar lo mejor de cada estudiante y reforzar así su estima y confianza?
Hace más de veinte años unos centros se anticiparon a la reforma LOGSE. Cualquier reforma, al principio, produce miedo y desasosiego por la inseguridad que produce lo desconocido. Una vez la hicieron suya los que la iban a llevar a cabo, todos salieron beneficiados. Me pregunto si sería possible, aquí y ahora, ensayar algo parecido a lo que desde 1993 se está ensayando en las academies británicas y que en 2010 se convirtió en ley, eso sí, para quienes libremente quisieran acogerse a ella y experimentarla. ¿O quizás aún permenecemos fieles al principio de “que experimenten ellos”?
Me cuesta mucho imaginar aquí un tipo de educación en el que los governors (un consejo escolar sui generis compuesto por antiguos profesores, industriales, empresarios textiles, concesionarios de automóviles, antiguos alumnos, algún deportista de élite, emprendedores filántropos, etc.) lleguen algún día a dirigir un centro buscando financiación externa para sufragar los gastos. Me cuesta imaginarlo en una cultura como la nuestra en la que esperamos que todo se nos dé masticado y a punto de tragar. Me cuesta imaginarlo, porque conociendo un poco el percal, serían con toda seguridad los centros privados, esos a los que la mayoría miramos de reojo, los que darían el primer paso sin vacilar. No habría que preocuparse demasiado porque acto seguido aparecerían los Calatrava o Foster, quienes desinteresadamente harían sus proyectos de colegios para admiración de quienes entraran por sus puertas a recibir formación de excelencia. ¿Que si todo esto traería problemas? Por supuesto. Se los adelanto: suspicacias por la idoneidad de los sponsors o governors y su interés por pertenecer a ese estamento, la contabilidad sin peligro de evasión a bancos suizos, el comportamiento siempre problemático de algunos estudiantes, las expulsiones correspondientes, el sueldo y las vacaciones de los profesores, la atención a los alumnos con necesidades educativas especiales, etc.
No se preocupen demasiado por mí; yo a veces, como le ocurría a Martin Luther King, también tengo algún sueño.
Un año antes de ocupar el número 10 de Downing Street, en diciembre de 1996, Tony Blair aseguraba que nadie en su país deseaba una revolución en la educación. Es cierto. Cualquier sistema educativo, incluido el nuestro, se da por satisfecho simplemente con mejorar un poco los niveles de los alumnos y los resultados globales. En este campo las grandes revoluciones son utópicas. Una reforma educativa por supuesto que depende del gobierno de turno, pero su puesta en funcionamiento afecta directamente, en nuestro caso, al pesado engranaje de más 32.000 centros educativos, ocho millones de alumnos y unos 600.000 profesores. Y todos esos números, siempre aproximados y variables según las fuentes, afectan a otros números ocultos, pues hasta ahí llegan los tentáculos del currículo oculto.
Quien observe con atención los movimientos de nuestro Ministerio de Educación convendría que se fijara en un aspecto fundamental después de plantearse la pregunta siguiente: ¿la nueva reforma educativa servirá para acortar un poco la brecha que existe entre los ricos y los pobres? La respuesta, lógicamente, se debe encontrar entre las líneas del proyecto que ahora se debate. Y la oposición, por su parte, debería escrutarla cuidadosamente si es que realmente esta formación aspira a derribar el muro que separa la educación pública de todas las demás existentes.
La Educación, no lo olvidemos, forma parte de la Administración. Y nuestra Administración –ese sistema interno que nos amordaza central y autonómicamente– necesita una gran revolución y reforma. Esa reforma, que se supone debe tener lugar en el primer trimestre de 2013, no sabemos exactamente en qué consistirá, pero no estaría mal que en ella se contemplara la abolición de las oposiciones a los cuerpos docentes, tal y como las hemos entendido hasta ahora, lo que supondría el fin del funcionario docente. El sistema funcionarial es el cáncer de la educación. Y lo es porque ese engranaje que lo debiera hacer funcionar (equipos directivos, docents, inspección educative, etc.) está anquilosado y amordazado en praxis del pasado.
Todo este planteamiento, aquí y ahora, es pura quimera, lo reconozco, pero continuo pensando que un cuerpo fuerte e independiente de directores, sin ataduras de claustros ni consejos escolares, bien formados y escogidos por una inspección educativa competente abriría un nuevo horizonte en el mundo educativo. ¿Se imaginan ustedes un cuerpo de directores con capacidad de contratar a sus equipos docentes con asesoramiento de los jefes de estudio y los jefes de departamento? ¿Un cuerpo de directores bien remunerado y con capacidad de rescindir contratos al final de curso si no se han cumplido los objetivos programados y no ha mejorado el nivel del alumnado? ¿Un cuerpo de directores abierto a las evaluaciones externas de culaquier índole y sin miedo a los ránquings públicos que se determinen? ¿O es que los padres no tienen derecho a seguir su propio instinto buscando la mejor educación para sus hijos donde estimen conveniente? Pero en la situación actual, con clases masificadas, ¿cómo va a ser posible sacar lo mejor de cada estudiante y reforzar así su estima y confianza?
Hace más de veinte años unos centros se anticiparon a la reforma LOGSE. Cualquier reforma, al principio, produce miedo y desasosiego por la inseguridad que produce lo desconocido. Una vez la hicieron suya los que la iban a llevar a cabo, todos salieron beneficiados. Me pregunto si sería possible, aquí y ahora, ensayar algo parecido a lo que desde 1993 se está ensayando en las academies británicas y que en 2010 se convirtió en ley, eso sí, para quienes libremente quisieran acogerse a ella y experimentarla. ¿O quizás aún permenecemos fieles al principio de “que experimenten ellos”?
Me cuesta mucho imaginar aquí un tipo de educación en el que los governors (un consejo escolar sui generis compuesto por antiguos profesores, industriales, empresarios textiles, concesionarios de automóviles, antiguos alumnos, algún deportista de élite, emprendedores filántropos, etc.) lleguen algún día a dirigir un centro buscando financiación externa para sufragar los gastos. Me cuesta imaginarlo en una cultura como la nuestra en la que esperamos que todo se nos dé masticado y a punto de tragar. Me cuesta imaginarlo, porque conociendo un poco el percal, serían con toda seguridad los centros privados, esos a los que la mayoría miramos de reojo, los que darían el primer paso sin vacilar. No habría que preocuparse demasiado porque acto seguido aparecerían los Calatrava o Foster, quienes desinteresadamente harían sus proyectos de colegios para admiración de quienes entraran por sus puertas a recibir formación de excelencia. ¿Que si todo esto traería problemas? Por supuesto. Se los adelanto: suspicacias por la idoneidad de los sponsors o governors y su interés por pertenecer a ese estamento, la contabilidad sin peligro de evasión a bancos suizos, el comportamiento siempre problemático de algunos estudiantes, las expulsiones correspondientes, el sueldo y las vacaciones de los profesores, la atención a los alumnos con necesidades educativas especiales, etc.
No se preocupen demasiado por mí; yo a veces, como le ocurría a Martin Luther King, también tengo algún sueño.




















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