Artículo de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en Filología Inglesa.
Apuntar hacia las estrellas no es un mal objetivo cuando se emprende un proyecto de cuatro años. Llegados a la mitad de legislatura los políticos con mando hacen balance de su gestión y para entrar en materia sacan del cajón su ejemplar de La Divina Comedia —qué oportuno el título— y declaman con voz engolada en italiano: “Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura, ché la diritta via era smarrita”, es decir, “A mitad del camino de la vida, me encontré en una selva oscura por haberme apartado del camino recto”. En política, la vida es la legislatura, aunque para algunos, más bien, la legislatura es la vida. Está claro que hoy ningún político pierde el tiempo leyendo el libro de Dante, pero no estoy tan seguro. Quizás, en el supuesto de de que la biblioteca de Soto del Real esté surtida de libros sabios, el exsenador y extesorero Bárcenas lo esté haciendo en estos momentos.
A estas alturas de la legislatura, digo, cualquier formación que se precie hace balance y evalúa los logros y los fracasos y mira en el firmamento atentamente —este símil es mucho más apropiado— esa línea invisible en la que las naves espaciales entran en órbita y los tripulantes brindan con champagne por haber perdido el contacto con la realidad. A esa fiesta-balance los políticos asisten arropados —eso sí— de militantes, simpatizantes, así como de deudos ascendientes y descendientes. Los políticos miran el firmamento, pero los ciudadanos no levantan la cabeza del suelo. Resulta curiosa la forma tan diferente de entender la realidad. Para entrar en órbita, como es sabido, un cohete espacial necesita de un fuerte impulso inicial (campaña, debate electoral, alianzas postelectorales y pactos contra natura si es menester) seguido de una necesaria velocidad horizontal. Entrar en órbita es fundamental para asegurarse la supervivencia cuatrienal.
Sucede a menudo que las naves van tripuladas por dos o tres copilotos de diversas creencias y razas, lo que dificulta el correcto y adecuado control de la misma. A veces algún que otro tripulante sale despedido por la ventana de la nave por incompatibilidad de caracteres con otros miembros. Bueno, la cuestión es que a mitad de legislatura, si todo va bien, se repasa y se enumera lo realizado —curiosamente siempre es el 50 % del programa— y se recuerda lo que queda por hacer —el otro 50 %, claro está—. Interesa poco si los ciudadanos llegan a tener conocimiento de lo realizado: ya tendrán tiempo de enterarse. Cuando no había crisis se solía editar un tríptico ilustrado con todo lo realizado; ahora es el ciudadano quien lo debe adivinar pateando la ciudad. Ese deseo instintivo de entrar en órbita supone, no obstante, en muchos casos perder el contacto con la realidad. Por otra parte, no se puede soslayar que todo lo que asciende también desciende.
Sucede a menudo que, cuando el misil abandona el Cabo Cañaveral de turno con los políticos a bordo, los proyectos de los ciudadanos, vistos en la distancia, parecen nimios y carentes de importancia. Sin embargo, para el ciudadano de a pie, sus problemas son el centro de su vida; son de naturaleza terrenal pues pies permanecen aferrados a tierra y se enfrentan a ellos día tras día: las farolas que hace un mes que no alumbran delante de su casa, la queja presentada por registro de entrada que no es contestada o la queja telemática que queda registrada en la nube de no se sabe bien qué planeta, las deposiciones caninas del barrio que siguen exactamente igual que en la legislatura anterior, los ciclistas que se han apoderado de las aceras como si fueran su patrimonio sin que nadie tome cartas en el asunto, el atentado urbanístico cometido en la plaza de camino al centro de la ciudad, los pasos de cebra que ya no existen debido al elevado precio de la pintura blanca, ese museo que continúa cerrado desde hace un año o dos, los incontables baches que los vehículos han de sortear diariamente de camino al trabajo, el desastroso programa cultural del teatro local, aquel muro junto al que pasan todos los días y que un día se derrumbará, el parado de larga duración a quien nadie ofrece trabajo porque, sin saber cómo, se le escapó la juventud y no está ducho en nuevas tecnologías, el exautónomo que jura y perjura que prefiere mil veces un contrato de trabajo que emprender ahora el emprendurismo o el emprendimiento, esos cursos que sirven para cualquier cosa menos para encontrar trabajo, etc.
En fin, mientras los políticos no se olviden de sus smartphones, abran sus despachos a modo de consulta médica y digan convencidos e ilusionados a los pacientes (en la doble acepción del vocablo): “A ver, ¿en qué le puedo ayudar?”… Digo que mientras esto no suceda, no hay nada a hacer. Los políticos seguirán ensimismados mirando su firmamento, y los contribuyentes, cada día más cabreados, mirando la tierra. Al ciudadano le importan poco los cientos de proyectos de altos vuelos; le interesa su mundo: saber cuándo exactamente lo van a operar de la rodilla izquierda o de la degeneración macular asociada a la edad, si recibirá atención el parque infantil medio abandonado de su barrio, si se solucionará la malnutrición escolar rampante, si un día erradicaremos la burocracia para poder conseguir al menos un trabajo precario, o si las bibliotecas podrán superar un día la barrera cada vez más alta de las adquisiciones, prácticamente nulas en estos momentos. Y como esto no parece que tenga solución, es comprensible que algunos prefieran mirar las estrellas, por aquello de fijarse objetivos altos. Mal asunto cuando se antepone el programa electoral a la voz y el sentir del ciudadano que pide ayuda y al que con mucho esfuerzo se le contesta con un monosílabo. Mal asunto cuando revisten más interés las tablas estadísticas sobre nuestra orientación sexual, nuestra situación laboral, el nivel de estudios y la edad (pronto nos preguntarán directamente si somos musulmanes) que la atención a quien se encuentra en la disyuntiva de comer o pagar la hipoteca.
A estas alturas resulta pintoresco (aunque no es este el adjetivo que mejor describe la situación) que mientras unos ponen en duda que la nave espacial siga en órbita mucho más tiempo, otros dan por seguro que la pilotarán de nuevo en el próximo lanzamiento nacional, autonómico o municipal. Por favor, permanezcan atentos a la forma en que se obtienen los avales para pilotar el próximo misil.
Apuntar hacia las estrellas no es un mal objetivo cuando se emprende un proyecto de cuatro años. Llegados a la mitad de legislatura los políticos con mando hacen balance de su gestión y para entrar en materia sacan del cajón su ejemplar de La Divina Comedia —qué oportuno el título— y declaman con voz engolada en italiano: “Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura, ché la diritta via era smarrita”, es decir, “A mitad del camino de la vida, me encontré en una selva oscura por haberme apartado del camino recto”. En política, la vida es la legislatura, aunque para algunos, más bien, la legislatura es la vida. Está claro que hoy ningún político pierde el tiempo leyendo el libro de Dante, pero no estoy tan seguro. Quizás, en el supuesto de de que la biblioteca de Soto del Real esté surtida de libros sabios, el exsenador y extesorero Bárcenas lo esté haciendo en estos momentos.
A estas alturas de la legislatura, digo, cualquier formación que se precie hace balance y evalúa los logros y los fracasos y mira en el firmamento atentamente —este símil es mucho más apropiado— esa línea invisible en la que las naves espaciales entran en órbita y los tripulantes brindan con champagne por haber perdido el contacto con la realidad. A esa fiesta-balance los políticos asisten arropados —eso sí— de militantes, simpatizantes, así como de deudos ascendientes y descendientes. Los políticos miran el firmamento, pero los ciudadanos no levantan la cabeza del suelo. Resulta curiosa la forma tan diferente de entender la realidad. Para entrar en órbita, como es sabido, un cohete espacial necesita de un fuerte impulso inicial (campaña, debate electoral, alianzas postelectorales y pactos contra natura si es menester) seguido de una necesaria velocidad horizontal. Entrar en órbita es fundamental para asegurarse la supervivencia cuatrienal.
Sucede a menudo que las naves van tripuladas por dos o tres copilotos de diversas creencias y razas, lo que dificulta el correcto y adecuado control de la misma. A veces algún que otro tripulante sale despedido por la ventana de la nave por incompatibilidad de caracteres con otros miembros. Bueno, la cuestión es que a mitad de legislatura, si todo va bien, se repasa y se enumera lo realizado —curiosamente siempre es el 50 % del programa— y se recuerda lo que queda por hacer —el otro 50 %, claro está—. Interesa poco si los ciudadanos llegan a tener conocimiento de lo realizado: ya tendrán tiempo de enterarse. Cuando no había crisis se solía editar un tríptico ilustrado con todo lo realizado; ahora es el ciudadano quien lo debe adivinar pateando la ciudad. Ese deseo instintivo de entrar en órbita supone, no obstante, en muchos casos perder el contacto con la realidad. Por otra parte, no se puede soslayar que todo lo que asciende también desciende.
Sucede a menudo que, cuando el misil abandona el Cabo Cañaveral de turno con los políticos a bordo, los proyectos de los ciudadanos, vistos en la distancia, parecen nimios y carentes de importancia. Sin embargo, para el ciudadano de a pie, sus problemas son el centro de su vida; son de naturaleza terrenal pues pies permanecen aferrados a tierra y se enfrentan a ellos día tras día: las farolas que hace un mes que no alumbran delante de su casa, la queja presentada por registro de entrada que no es contestada o la queja telemática que queda registrada en la nube de no se sabe bien qué planeta, las deposiciones caninas del barrio que siguen exactamente igual que en la legislatura anterior, los ciclistas que se han apoderado de las aceras como si fueran su patrimonio sin que nadie tome cartas en el asunto, el atentado urbanístico cometido en la plaza de camino al centro de la ciudad, los pasos de cebra que ya no existen debido al elevado precio de la pintura blanca, ese museo que continúa cerrado desde hace un año o dos, los incontables baches que los vehículos han de sortear diariamente de camino al trabajo, el desastroso programa cultural del teatro local, aquel muro junto al que pasan todos los días y que un día se derrumbará, el parado de larga duración a quien nadie ofrece trabajo porque, sin saber cómo, se le escapó la juventud y no está ducho en nuevas tecnologías, el exautónomo que jura y perjura que prefiere mil veces un contrato de trabajo que emprender ahora el emprendurismo o el emprendimiento, esos cursos que sirven para cualquier cosa menos para encontrar trabajo, etc.
En fin, mientras los políticos no se olviden de sus smartphones, abran sus despachos a modo de consulta médica y digan convencidos e ilusionados a los pacientes (en la doble acepción del vocablo): “A ver, ¿en qué le puedo ayudar?”… Digo que mientras esto no suceda, no hay nada a hacer. Los políticos seguirán ensimismados mirando su firmamento, y los contribuyentes, cada día más cabreados, mirando la tierra. Al ciudadano le importan poco los cientos de proyectos de altos vuelos; le interesa su mundo: saber cuándo exactamente lo van a operar de la rodilla izquierda o de la degeneración macular asociada a la edad, si recibirá atención el parque infantil medio abandonado de su barrio, si se solucionará la malnutrición escolar rampante, si un día erradicaremos la burocracia para poder conseguir al menos un trabajo precario, o si las bibliotecas podrán superar un día la barrera cada vez más alta de las adquisiciones, prácticamente nulas en estos momentos. Y como esto no parece que tenga solución, es comprensible que algunos prefieran mirar las estrellas, por aquello de fijarse objetivos altos. Mal asunto cuando se antepone el programa electoral a la voz y el sentir del ciudadano que pide ayuda y al que con mucho esfuerzo se le contesta con un monosílabo. Mal asunto cuando revisten más interés las tablas estadísticas sobre nuestra orientación sexual, nuestra situación laboral, el nivel de estudios y la edad (pronto nos preguntarán directamente si somos musulmanes) que la atención a quien se encuentra en la disyuntiva de comer o pagar la hipoteca.
A estas alturas resulta pintoresco (aunque no es este el adjetivo que mejor describe la situación) que mientras unos ponen en duda que la nave espacial siga en órbita mucho más tiempo, otros dan por seguro que la pilotarán de nuevo en el próximo lanzamiento nacional, autonómico o municipal. Por favor, permanezcan atentos a la forma en que se obtienen los avales para pilotar el próximo misil.



















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