Artículo de opinión de Bartolomé Sanz Albiñana, doctor en filología inglesa.
Hace unas semanas llegué al pleno del Ayuntamiento en que se debatía el estado de mi ciudad. Escuché. Tomé notas. Y de vuelta a casa fui dándole vueltas a las cosas que había escuchado. (Tomo notas en cualquier reunión para que no se me vaya el santo al cielo o acabe finalmente dando cabezadas). Extravié el cuaderno donde había tomado notas y apareció de nuevo. Me sucede todas las semanas. Ahora, releyéndolas, tengo la sensación de que no pasa el tiempo, de que estamos siempre en el mismo sitio y sin avances significativos: el nulo apoyo de la Generalitat a esta ciudad, el estado deplorable del IES Andreu Sempere, el caso Teatro Calderón, el tren Alcoi-Xàtiva que no avanza un palmo, el puente de san Jorge que se cae a pedazos, lo mismo el castillo de Barxell, el Molinar, la gestión de los espacios naturales, los cambios en el mundo de la Fiesta, Serelles o el pàrking de la Rosaleda; las listas de espera en Sanidad y el genocidio de la ley de dependencia. La calle Calderón cerrada al tráfico, el nuevo servicio de autobuses, el asunto de los Juzgados, las más de 8.000 personas en paro, el Consejo Económico Social —solo le faltaba el adjetivo “político” para ser el mismo que se constituye por estas mismas fechas en 1936— y el lío de si tenemos 27.000 euros de déficit o 900.000 de superàvit. ¿Ni esto último tenemos claro?
Bueno, realmente sí que tenemos una novedad: la propuesta del PP a actuar de intermediario entre el gobierno local y la Generalitat para que se restituya el diálogo, se nos mire con otros ojos y abran un poquito el grifo a esta ciudad que se muere de sed. El alcalde Francés aceptó la propuesta: “Recojo el guante del señor Pastor de sentarnos y hacer un frente común, identificar los problemas y darles solución”. Identifiquen pues los problemas y, por favor, háganlos públicos. La ciudadanía se encargará de evaluarles si les dan solución o no. Y no dudamos de que los concejales no solo del gobierno, sino también los de la oposición están trabajando con un frenesí de 180 pulsaciones, o las que sean, por minuto, lo cual son muchas pulsaciones. Ahora solo falta que toda la corporación municipal sepa transmitir y explicar a la ciudadanía la gestión que se va realizando de modo que aparquemos el decaimiento, el desaliento y el desencantamiento, aun cuando lo que yo detecto es más bien ese meninfotisme español tan caracterítico, en el que a medida que atravesamos el desierto de la crisis estamos cada día más sumidos. Y nadie podrá negar que a esa situación ha contribuido con su granito de arena la clase política y las superestructuras del Estado: casos de corrupción cada dos por tres, actuaciones de la familia real en entredicho, dilapidación progresiva del Estado de Bienestar, recortes por todas partes, etcétera. Para otros sortilegios por los que fuimos encantados en el pasado, en épocas de bonanza, pueden acudir al excelente libro de Antonio Muñoz Molina Todo lo que era sólido o leer lo que escriben los extranjeros Giles Tremlett o William Chislett sobre los españoles, porque lo cierto es que de fuera nos retratan mucho mejor que lo hacemos nosotros. Y después de esto viene como anillo al dedo leer las lamentaciones del profeta Jeremías por la destrucción, no de Jerusalén sino de Alcoy, por haber caído en manos del PP.
No es ciertamente tiempo de guerras intestinas, ni de quintetos peraltianos de jazz, sino de aunar esfuerzos y de que la ciudadanía empiece a respirar ese clima de confianza que los políticos le deben transmitir. ¿Cómo? Pues dando solución a esos problemas que allí mismo se plantearon. Y cito literalmente las palabras del Alcalde Toni Francés: “Nadie quedará excluido de la ayuda para superar la exclusión social o el drama de perder la vivienda familiar”; haciendo público el plan de política social, y todo lo oscuro, lo más transparente posible.
Cuando éramos pequeños aprendimos en el catecismo dominical que los diez mandamientos se resumían en dos, que puestos en lenguaje actual serían: “El primero, te acercarás al ciudadano sobre todas las cosas y el segundo, te pondrás al lado, no delante ni detrás, del que te necesita”. Léase esta carta pastoral en las parroquias, si es menester, porque todo lo político es social, y todo lo social, político. Y , en teoría, no existe, o no debería existir, mucha diferencia entre la doctrina social de la Iglesia y la política social del Estado, la Generalitat o del Ayuntamiento. Y si esto no es así, tiempo le debería faltar a la ciudadanía para pedir a gritos la vuelta de la Inquisición para quienes nos engañaron. ¿O realmente se persigue que, superado el meninfotisme, nos convirtamos en una suerte de agnósticos político-religiosos?
Hace unas semanas llegué al pleno del Ayuntamiento en que se debatía el estado de mi ciudad. Escuché. Tomé notas. Y de vuelta a casa fui dándole vueltas a las cosas que había escuchado. (Tomo notas en cualquier reunión para que no se me vaya el santo al cielo o acabe finalmente dando cabezadas). Extravié el cuaderno donde había tomado notas y apareció de nuevo. Me sucede todas las semanas. Ahora, releyéndolas, tengo la sensación de que no pasa el tiempo, de que estamos siempre en el mismo sitio y sin avances significativos: el nulo apoyo de la Generalitat a esta ciudad, el estado deplorable del IES Andreu Sempere, el caso Teatro Calderón, el tren Alcoi-Xàtiva que no avanza un palmo, el puente de san Jorge que se cae a pedazos, lo mismo el castillo de Barxell, el Molinar, la gestión de los espacios naturales, los cambios en el mundo de la Fiesta, Serelles o el pàrking de la Rosaleda; las listas de espera en Sanidad y el genocidio de la ley de dependencia. La calle Calderón cerrada al tráfico, el nuevo servicio de autobuses, el asunto de los Juzgados, las más de 8.000 personas en paro, el Consejo Económico Social —solo le faltaba el adjetivo “político” para ser el mismo que se constituye por estas mismas fechas en 1936— y el lío de si tenemos 27.000 euros de déficit o 900.000 de superàvit. ¿Ni esto último tenemos claro?
Bueno, realmente sí que tenemos una novedad: la propuesta del PP a actuar de intermediario entre el gobierno local y la Generalitat para que se restituya el diálogo, se nos mire con otros ojos y abran un poquito el grifo a esta ciudad que se muere de sed. El alcalde Francés aceptó la propuesta: “Recojo el guante del señor Pastor de sentarnos y hacer un frente común, identificar los problemas y darles solución”. Identifiquen pues los problemas y, por favor, háganlos públicos. La ciudadanía se encargará de evaluarles si les dan solución o no. Y no dudamos de que los concejales no solo del gobierno, sino también los de la oposición están trabajando con un frenesí de 180 pulsaciones, o las que sean, por minuto, lo cual son muchas pulsaciones. Ahora solo falta que toda la corporación municipal sepa transmitir y explicar a la ciudadanía la gestión que se va realizando de modo que aparquemos el decaimiento, el desaliento y el desencantamiento, aun cuando lo que yo detecto es más bien ese meninfotisme español tan caracterítico, en el que a medida que atravesamos el desierto de la crisis estamos cada día más sumidos. Y nadie podrá negar que a esa situación ha contribuido con su granito de arena la clase política y las superestructuras del Estado: casos de corrupción cada dos por tres, actuaciones de la familia real en entredicho, dilapidación progresiva del Estado de Bienestar, recortes por todas partes, etcétera. Para otros sortilegios por los que fuimos encantados en el pasado, en épocas de bonanza, pueden acudir al excelente libro de Antonio Muñoz Molina Todo lo que era sólido o leer lo que escriben los extranjeros Giles Tremlett o William Chislett sobre los españoles, porque lo cierto es que de fuera nos retratan mucho mejor que lo hacemos nosotros. Y después de esto viene como anillo al dedo leer las lamentaciones del profeta Jeremías por la destrucción, no de Jerusalén sino de Alcoy, por haber caído en manos del PP.
No es ciertamente tiempo de guerras intestinas, ni de quintetos peraltianos de jazz, sino de aunar esfuerzos y de que la ciudadanía empiece a respirar ese clima de confianza que los políticos le deben transmitir. ¿Cómo? Pues dando solución a esos problemas que allí mismo se plantearon. Y cito literalmente las palabras del Alcalde Toni Francés: “Nadie quedará excluido de la ayuda para superar la exclusión social o el drama de perder la vivienda familiar”; haciendo público el plan de política social, y todo lo oscuro, lo más transparente posible.
Cuando éramos pequeños aprendimos en el catecismo dominical que los diez mandamientos se resumían en dos, que puestos en lenguaje actual serían: “El primero, te acercarás al ciudadano sobre todas las cosas y el segundo, te pondrás al lado, no delante ni detrás, del que te necesita”. Léase esta carta pastoral en las parroquias, si es menester, porque todo lo político es social, y todo lo social, político. Y , en teoría, no existe, o no debería existir, mucha diferencia entre la doctrina social de la Iglesia y la política social del Estado, la Generalitat o del Ayuntamiento. Y si esto no es así, tiempo le debería faltar a la ciudadanía para pedir a gritos la vuelta de la Inquisición para quienes nos engañaron. ¿O realmente se persigue que, superado el meninfotisme, nos convirtamos en una suerte de agnósticos político-religiosos?




















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