Seré tonto, pero gilipollas no
Artículo de opinión de Salva Pérez.
La tecnología avanza igual de rápido, o tal vez con más rapidez, que los años. Un día ponen a la venta un smartphone nuevo y al mes siguiente se ha quedado obsoleto. Llegará el día que comercialicen un smartphone, tablet, ordenador e incluso un televisor, por la mañana y por la tarde aparezca una compañía anunciando un aparato tecnológico más avanzado.
Dentro de poco tiempo, el número cuatro se instalará en mi edad. Me acompañará durante una década hasta que pase el testigo al número cinco. Y esto pasará, seguro, con la misma rapidez que progresa la tecnología. No quiero quedarme anticuado, mas que nada, porque mi hijo de cuatro años viene pisando fuerte, mejor dicho, tableando fuerte. Maneja la tablet mejor que yo. Hasta hay veces que me corrige —“ Así no es papí. ¡Es que tú no sabes! Mira, mira como se hace”—. Y empieza a mover su diminuto dedo por la pantalla dejando mi ego por los suelos. Recuerdo que antes se decía que los niños venían con un pan bajo el brazo. Ahora diremos que vienen con una tablet bajo el brazo.
Por ello, tengo cuenta en todas las redes sociales posibles. Y el otro día, mientras tomaba café, me puse a ojear una de ellas y me encontré con un artículo que daba unas pautas para ser feliz. La primera de ellas decía: “Sonríe, estás vivo, qué mayor alegría. Disfruta del paisaje, del amor de los seres queridos, de las pequeñas cosas que son da la vida y que a menudo despreciamos.” Cuando me dirigí a pagar el café, sonreí. Al salir de la cafetería salía sonriendo. Me dirigí al banco para hacer unas gestiones y caminaba sonriendo. No me lo podía creer. Daba resultado eso de sonreír. Gente que no conocía me saludaba. ¡Increíble!
Me tocó el turno en el banco. Iba para cobrar un cheque de la misma entidad pero expedido por otra oficina. Entonces fue cuando la sonrisa de mi rostro se desvaneció. Me querían cobrar 3 euros por pagarme el cheque en efectivo siendo de la misma entidad. Como no daba crédito a lo que estaba oyendo le volví a preguntar. La respuesta fue la misma: “Si te lo pago en efectivo tengo que cobrarte 3 euros. Ahora, si lo ingresas en tú cuenta no cobramos nada.” Por supuesto que lo ingresé en mi cuenta. Salí del banco enojado y pensando: “Encima que son ellos los que nos han metido en la crisis quieren que seamos notros quienes paguemos los platos que ellos han roto.” No duró mucho el enfado porque me vino a la mente el artículo sobre ser feliz y volví a sonreír. La sonrisa tampoco duró mucho. Me encontré con una amiga que venía de entregar un currículum. Radicalmente se me borró la sonrisa de la cara al contarme que le habían dicho: “Me han dicho que soy muy mayor.” Mi amiga tiene treinta años. Sí. Han leído bien, treinta años y le ha dicho que es mayor para trabajar. Hay que decirlo todo, en ese puesto de trabajo. Pero si con treinta años te van descartando del mercado laboral ¿qué hace el gobierno aumentando la edad de jubilación? Lo que debería de hacer es reducirla.
Groucho Marx dijo una vez: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna.” Yo no quiero ni un yate, ni una mansión y ni una fortuna. Solo quiere tener una vida tranquila y saludable con mi humilde casa, mi pequeño coche y mi digno trabajo. No quiero pagar la deuda de nadie. No quiero que me quiten aquello que es mío y me he ganado con el sudor de mi frente. No quiero asumir responsabilidades políticas, porque no soy político. No quiero que crean que me engañan, porque seré tonto, pero gilipollas no.


















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